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Lo único que crítico es que a estas horas echo de menos un atril como el de la foto. Un atril que en Estados Unidos es utilizado cada 6 horas por la Secretaría de Estado para dar la cara en su crisis del Ébola.
Lo único que crítico es que a estas horas echo de menos un atril como el de la foto. Un atril que en Estados Unidos es utilizado cada 6 horas por la Secretaría de Estado para dar la cara en su crisis del Ébola.

Pero en España ha anidado el pesimismo, y la desconfianza en los que mandan. Y desbarra la demagogia barata, de quinta. Los verdaderos expertos son escuchados por pocos y a la mayoría le gusta el lío, el jaleo, montarla parda. Ahora es el perro. Otras veces puede ser un gato. O un pajarillo.

Decía G.K. Chesterton que cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa. Hace dos siglos se comenzó por adorar el raciocinio y ciencia.

Pero el ébola ha tenido que aterrizar en los países supuestamente desarrollados para pasar a ser noticia frecuente. Mientras en África morían miles daba igual. ¿Cuándo entenderemos que aquello que toca a los pobres es asunto de todos?


Hay que ver cómo somos los españoles. Se ha armado un lío increíble por la muerte del perro mascota del marido de la enfermera internada con ébola. Hemos salido en las televisiones de medio mundo como seres crueles, inhumanos, faltos de sentimientos, dispuestos a sacrificar a un pobre perro.

Sanidad admite que debería haber aislado a la enfermera con los primeros síntomas de ébola y es que la trabajadora informó de sus síntomas hace 7 días, pero no fue aislada y siguió de vacaciones.

Voy a esforzarme en escribir con prudencia y sentido común, algo que se presupone al periodista pero no siempre cumplimos. Esto es porque como humanos se nos escapa la imperfección entre tecla y tecla, más si leemos en la fotografía emergencia.


No se trata, pues, de una histeria sino de una historia estúpida más o menos bien urdida para desgastar al gobierno del PP. En las redes sociales se llega, incluso, a pedir la dimisión de la ministra Ana Mato.

Decía Aristóteles que la naturaleza nunca hace nada sin motivo. Y no hay nada más espectacular que apreciar sus procesos, de los que nosotros formamos parte. Una ínfima parte. Jamás superiores a ella, sólo un eslabón de la cadena.
Ni soy médico ni experto en epidemiología, lo cual me sitúa en un plano parecido al de la Ministra de Sanidad. De tal forma que mi acercamiento a lo que sucede con el ébola lo hago desde mi presunto sentido común, si es que lo tengo.


Ya no puedo más. Estoy empezando a perder la paciencia y la confianza en el ser humano. A veces pienso en emigrar a cualquier pueblo de esos medio abandonados, y pasar de este perro mundo que parece no tener remedio.

Ver a los niños clamar por una cura. Si sabrán lo que significa el ébola en su continente: una devastación humana que ya tiene casi 3000 muertos en su saco.

Stop ebola pide un niño con un cartel. Que paren este infierno, quiere gritar esa inocencia diminuta que desde que llegó a la vida solo ha visto muerte. Porque esto no para, y si sigue así (por ahora nada parece apuntar a lo contrario) esta criatura habrá vivido más años en el infierno que en el cielo.





Es muy fácil escribir sobre el Hermano Manuel, pero muy difícil en un momento como este. No porque Manuel esté enfermo de ébola, porque además se curará, sino porque tenemos la mala costumbre de dramatizar y matar al protagonista antes de tiempo.

La incultura es el mayor peligro para el propio hombre. El exceso de cultura a veces también. Algunos que luchan contra ciertos dogmas pagan con sus vidas verdades muy difíciles de cambiar.
