Eran las seis de la tarde en Ciudad de México. Íbamos al aeropuerto. Llovía a cántaros y tronaba.
— ‘Vaya pinche tráfico. Esto no se aguanta más, joven’
En México lo primero que nos dicen a los visitantes es que de la calle no se deben coger taxis. Que mejor llamar a una línea, o coger un Uber. Pues la amenaza no es solo que le den a uno vueltas laberínticas en una de las megalópolis del mundo, sino que, en algunos casos extremos, la vida misma entre en peligro.
Al terminar el largo ritual de vestirme formalmente, ya amarrándome la corbata, me veo al espejo, saco pecho, y me repito: “soy un científico y la ciudad es mi laboratorio”. Esos suelen ser los días que cojo taxis.
Los taxistas han parado Madrid y Barcelona en protesta contra el incumplimiento de las cifras de licencias de VTC. La normativa dice que debe haber una proporción de una VTC por cada 30 taxis, pero las cifras dicen que estamos en una VTC por cada siete.
Seguramente Uber sea una buena noticia, pero el taxi seguirá siendo el mejor medio de transporte para todos aquellos que todavía no tenemos yate.
Años desunidos y a la gresca, donde solo nos ponemos de acuerdo para emitir Eurovisión el mismo día sacrificando federalismos centrífugos, y los taxistas muestran una amalgama que ya quisieran los mandamases de la Unión.