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Tierra vencida: Vivir y morir en los Apalaches, la profecía de Norteamérica

Foto: Shelby Lee Adams | Dirty Works

Nació en Virginia Occidental, uno de los estados más depauperados y olvidados de Estados Unidos, y aunque desde niña soñó con escapar de las altas tasas de desempleo y sus minas a cielo abierto, la tierra empezó a contarle sus historias no importa lo lejos que se fuera. Viajamos a la Tierra vencida (ed. Dirty Works) de Ann Pancake, un libro de relatos tan duro y excepcional como los montes Apalaches de los que Pancake se ha convertido en una de sus voces más representativas.

 

Una pata de venado entre la hojarasca, algunos restos de piel y carne todavía adheridos al hueso. Ocurrió pocos meses después de la victoria electoral de Donald Trump, la imagen de aquella pata arrancada de un ciervo empezó a trotar en su cabeza, un recuerdo de su niñez y adolescencia en los Apalaches, una tierra tan dura como las manos y la cara curtida de su gente, el aliento carambanado por el frío invierno, crecidas de ríos que arrastran las casas, minas de carbón que fueron el sustento de la vida a la vez que su destrucción. Suicidios, brazos aguijoneados por la droga, niños sucios y listos como el hambre aprendiendo a ser feroces en la feroz naturaleza, que agoniza a causa de la extracción de carbón y gas. Y es un presagio, se repite la escritora y activista Ann Pancake. Los Apalaches, dice, son la profecía de América.

“Solíamos jugar con las patas y las pezuñas que encontrábamos, las hacíamos saltar e imaginábamos que llevábamos a pasear a los ciervos, que éramos los ciervos, fluyendo rápidamente a un lado del abismo. Para otras personas los huesos significan la muerte; para nosotros, el origen”, contaba en una carta de amor dirigida a Virginia Occidental, al estado más pobre Norteamérica. Su hogar. Pero la tierra ya no le habla de la misma manera; no hay ciervos en Seattle, donde vive hace años, intentando enhebrar relatos más felices y menos oscuros que aquel primer libro que escribió en la facultad, Tierra vencida.

Tierra vencida: Vivir y morir en los Apalaches, la profecía de Norteamérica 1

“Trato de hundirme lo más posible en el lugar o la persona de la que estoy escribiendo. El tacto y el olfato en particular son para mí muy potentes a la hora de evocar recuerdos. Es lo más animal" -Ann Pancake.

La Tierra vencida de Ann Pancake está poblada de fantasmas. Leer sus relatos es recorrer la senda de Los Apalaches mirando a través de las ventanas de las casas donde la violencia histórica y la física se entremezclan: los espectros de la Guerra de Secesión persiguiendo a un padre y su hijo en el primer cuento que conforma el libro, Sin fantasmas; el niño “Jolo” con su piel brillante como las escamas de pescado creyéndose un profeta ignífugo; Wappatomaka, donde la tierra blanda y lodosa a merced de la inclemente lluvia y las crecidas se lleva cuanto hay a su paso y ella –o él.

La mayoría de sus personajes son voces adolescentes cuyo sexo se desdibuja, tratan de mantenerse a flote con una madurez como la que tienen los niños de las montañas, esculpida por la furiosa naturaleza. (“Buster no ladra. Lo veo por el rabillo del ojo, a mi padre, deslizándose Big Bottom abajo como un espíritu, con los calzones largos que se pone para dormir, entiendo de golpe que se ha levantado, en medio del negro vertiginoso que inunda la casa, para descubrir que hasta yo he desaparecido”). Gente que marcha, que odia y ama el lugar donde nació y vuelve, como en Renacimiento, porque su protagonista quiere creer de verdad que el bebé de su hermana se mueve en la tripa abultada. Humo de leña. Un tráiler en medio de las colinas desarboladas. Un frío que hiela los huesos. Su padre cortando un Big Mac con la navaja y el chico “salmodiando la cáscara de una oración”.

"Una hondonada que da a otra hondonada...

...que da a otra hondonada. Hasta que todo se cierra en un barranco y se acaban las hondonadas”. Desde la casa familiar de Ann Pancake se veían las minas a cielo abierto. Comían lo que mataban y desollaban, los niños vivían en estrecho contacto con la naturaleza y no había sanitarios en muchas casas, así que podías adivinar lo pobre que era alguien por cómo olía.

Luego vino la crisis de la minería; larguísimas colas de obreros en la oficina de empleo; la epidemia de la droga y los suicidios –“muerte de desesperación”, la llaman-. Y ella, que había crecido entre libros y arte, una excepción en un estado donde solo obtienen un graduado escolar el 20% de la población, soñaba con escapar de Virginia. Y lo logró. Vivió en Japón, en Samoa, en Nuevo México, pero la tierra seguía murmurando sus historias desde lejos –“Al graduarme a los veintidós me fui al extranjero con mi licenciatura en humanidades, por un lado porque no pensaba que hubiera nada digno de ser escrito a propósito de Virginia Occidental, y por otro porque no tenía trabajo y la tasa de desempleo era muy alta (…). Ahora que vivo fuera he llegado a comprender que crecer en los Apalaches suele significar haber crecido más cerca de la tierra que en otros lugares”.

“Sueño con mis hombros que atraviesan esa tierra de arriba a abajo, y las hojas muertas, secas como la piel de la serpiente, y resbaladizas”
Temporada de cuervos.

Cinco hermanos que abandonan el estado, uno que se queda. Uno que sigue enfrentándose a la adicción. La gente que nace en los Apalaches sigue pensándolos aunque estén lejos, tienen una conciencia de clase que Ann refleja en sus libros. Primero en La tierra vencida y luego en su novela Strange As This Weather Has Been.

Para el mundo son escoria blanca. Paletos. Hillbillies. Y cuantos escriben sobre ellos, especialmente quienes nunca han vivido los Apalaches, lo abordan desde el cliché del tipo con tirantes que escupe sentado en el porche. La tierra no les habla igual que a ella, que describe las montañas y la miseria con un estilo que es uno con el paisaje, donde la poesía se mezcla con el acento y el habla de la región donde se crió y narra ahora menos lentamente, porque el tiempo no es el que tiene sino el que le queda: “Trato de hundirme lo más posible en el lugar o la persona de la que estoy escribiendo, luego me imagino cómo responderían los sentidos del personaje a determinada situación, o cómo reaccionaría sensorialmente yo misma a determinado lugar. El tacto y el olfato en particular son para mí muy potentes a la hora de evocar recuerdos. Es lo más animal. También reviso mucho, así que al ir corrigiendo borradores va creciendo ese detallismo sensorial”, dice Ann.

Tierra vencida: Vivir y morir en los Apalaches, la profecía de Norteamérica 2

Virginia ha cambiado bastante desde los días en que veía en el horizonte las minas a cielo abierto, en la casa de sus padres, y las patas de venado con las que solían jugar: el acento de sus gentes se ha vuelto más neutro, la explotación de carbón que ha contaminado casi la mitad de los ríos de la región ha dejado sitio a la industria del gas, pero sigue la pobreza y sigue la crisis medioambiental. Y ella las ha convertido en su causa: “Veo los Apalaches como un microcosmos de las fuerzas destructivas más amplias que actúan sobre Estados Unidos, sobre todo las fuerzas empresariales capitalistas”, dice Ann. Ahora está escribiendo un nuevo libro no sobre cómo era o cómo es la Región de las Montañas, sino qué quedará de ella y de nosotros. Esa es su tesis. Su duelo. Un destilado de llamada América mainstream, Virginia Occidental.

Es octubre. Ha vuelto a la tierra que fue de su familia durante dos siglos. Camina por el bosque pisando troncos en parajes desarbolados. Mira hacia abajo y, de repente, la ve: una pata de venado.

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