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Gastronomía

Ni rebujito ni jamón ibérico: por qué el buñuelo es el verdadero rey de la Feria de Sevilla

El ritual nocturno exige devorar una sencilla mezcla de harina y agua que puede manchar cualquier traje o vestido

Ni rebujito ni jamón ibérico: por qué el buñuelo es el verdadero rey de la Feria de Sevilla

El instinto de supervivencia de la madrugada feriante: aceite a altísima temperatura y masa frita.

Vivimos una época obsesionada con la trazabilidad del ingrediente, el emplatado milimétrico y las fermentaciones de laboratorio. Sin embargo, cuando el reloj marca las cinco en el barrio de Los Remedios, toda la sofisticación gastronómica contemporánea colapsa ante el magnetismo primitivo de una sartén hirviendo. Es la hora de los buñuelos.

Los buñuelos de la Feria de Sevilla no entienden ni de menús degustación ni de técnicas vanguardistas. Son el ancla a la realidad tras horas de irrealidad folclórica. Hoy, mientras la alta cocina intenta reinventar constantemente la tradición en formatos cada vez más asépticos, la masa frita callejera se mantiene inalterable como el último reducto de honestidad en una de las celebraciones más codificadas del país. La élite y el pueblo llano convergen finalmente bajo el mismo toldo de lona a franjas.

Los buñuelos igualan a todos

El recinto ferial es un microcosmos diseñado sobre una estricta jerarquía espacial y social. Las casetas privadas, las invitaciones cribadas por apellidos y los vestidos a medida establecen barreras infranqueables durante las horas de sol. Abunda el jamón ibérico de bellota, las gambas blancas de Huelva, la manzanilla de Sanlúcar servida en su temperatura exacta y los guisos elaborados por caterings de alto presupuesto. Todo respira exclusividad y pertenencia.

Pero la madrugada andaluza impone sus propias reglas de supervivencia. Cuando la música cesa y la humedad del río Guadalquivir atraviesa los trajes de chaqueta, esas barreras de clase caen por puro agotamiento. El instinto dicta buscar refugio en la luz fluorescente de los puestos de buñuelos que flanquean las salidas del recinto. Allí, el empresario que ha facturado miles de euros en invitaciones y el estudiante que ha estirado un billete de 20 guardan exactamente la misma cola.

La escena funciona como un ejercicio impecable de justicia poética. No existen reservas previas, pases VIP ni atajos. Pides tu ración, pagas en efectivo y te quemas los dedos intentando sostener un cartón rebosante de grasa ardiente. La gastronomía popular reclama su trono justo cuando el lujo agota sus baterías.

Cuatro ingredientes para una masa perfecta

Hacer un buen buñuelo requiere una precisión mecánica que ninguna escuela de hostelería moderna enseña en sus aulas. La receta asusta por su simpleza: harina de trigo, agua, sal y levadura química o de panadero, según la casa. El secreto de su éxito no reside en el producto, sino en la proporción del amasado y en el gesto de quien lo ejecuta.

Las buñoleras ejercen de sacerdotisas frente a piscinas de aceite. Observar el movimiento de sus manos es asistir a una coreografía hipnótica pulida por la repetición infinita. Pellizcan la masa líquida, pegajosa y elástica, le abren un agujero central con los pulgares en apenas una fracción de segundo y la dejan caer en el aceite a temperatura extrema de ebullición.

Un joven prepara buñuelos en la Feria de Sevilla.

Ese choque térmico violento es el responsable del milagro físico. La masa se expande casi instantáneamente al entrar en contacto con el calor, creando una estructura cavernosa y hueca en su interior. Una corteza dorada sella la pieza, impidiendo que se empape en exceso, mientras el centro permanece tierno.

La herencia andalusí en la fritura

Rastrear el origen exacto de esta preparación nos obliga a mirar hacia el sur del Mediterráneo y retroceder varios siglos. Los recetarios y estudios históricos más rigurosos sitúan los antecedentes de esta masa en la repostería de Al-Ándalus. Las comunidades moriscas dominaban el arte de sumergir harinas refinadas en materia grasa abundante para combatir la escasez de otros ingredientes.

Aquellos primeros dulces, bañados habitualmente en miel hirviendo o siropes espesos de especias, evolucionaron con los cambios de frontera. La introducción del azúcar de caña a gran escala modificó los acabados finales, pero la técnica de la fritura profunda permaneció intacta en el sur de la península ibérica, arraigando en las festividades religiosas y profanas.

Hoy consumimos un descendiente directo de aquellos postres medievales de celebración. Las variaciones regionales en la geografía española son inmensas, desde los de viento consumidos en otoño hasta los candiles manchegos. Sin embargo, la variante ferial sevillana mantiene una conexión purista con la necesidad de alimentar a masas rápidamente: tamaño generoso, forma irregular y servicio inmediato.

Churros contra buñuelos: el debate de la madrugada

Toda tradición alimentaria lleva implícita una rivalidad territorial, y el alba feriante no supone una excepción. Aunque el buñuelo reina con holgura en el imaginario local de la fiesta, los defensores de los churros con chocolate plantean una resistencia firme.

El debate esconde fundamentos técnicos que dividen a los consumidores. El churro, especialmente el de rueda o tejeringo tan común en el sur, ofrece una textura más densa y un crujido uniforme. Exige una masa más firme que soporte la extrusión y el uso de una maquinaria de presión manual o mecánica. Resulta predecible y seguro.

El buñuelo, por el contrario, representa la anarquía visual. Al depender exclusivamente de la presión de los dedos, jamás salen dos piezas iguales de la sartén. Su superficie rugosa e imperfecta atrapa de forma mucho más eficaz los granos de azúcar blanquilla, creando unos contrastes de textura en un mismo bocado que la superficie estriada del churro no alcanza a igualar.

La sociología de la elección en la acera

Quienes conocen la cultura alimentaria de la ciudad saben que elegir qué comer tras una noche de jarana rara vez obedece al azar. Los forasteros, acostumbrados a la repostería clásica de churrería de sus lugares de origen, tienden a buscar la familiaridad del churro. Funciona como un ancla psicológica conocida ante la inmensidad del recinto ferial.

El sevillano veterano reconoce que la semana de farolillos es el ecosistema natural, casi exclusivo, de las ruedas de buñuelos. Consumirlos fuera de ese contexto temporal y espacial genera cierta disonancia. La extrema estacionalidad de este bocado callejero refuerza de manera dramática su valor simbólico.

El propio formato de venta condiciona la forma de interactuar. El churro invita a la individualidad ordenada de la porción servida en lazo. El buñuelo, despachado en docenas desordenadas dentro de un papel absorbente, obliga a compartir, a pringarse las manos en el mismo envoltorio y a competir en silencio por la pieza más crujiente del fondo.

La resistencia física de un oficio nocturno

Detrás de la imagen romántica de la madrugada y el fin de fiesta se esconde un desgaste físico devastador. Los puestos operan a pleno rendimiento bajo temperaturas ambientales asfixiantes durante más de 12 horas ininterrumpidas. El calor emitido por las sartenes industriales se suma a las habituales subidas del termómetro de la primavera andaluza, creando entornos de trabajo extremos.

Históricamente, este oficio callejero ha estado fuertemente vinculado a familias del pueblo gitano. Las matriarcas transmitían el punto exacto de humedad de la masa y el control de los tiempos de fritura de generación en generación. En la actualidad, aunque el perfil de los operadores se ha ampliado, la estructura de negocios familiares itinerantes sigue vertebrando la oferta gastronómica perimetral de la Feria de Abril.

Varias mujeres preparan rosquillas en la Feria de Sevilla. | María José López (EP)

Sobrevivir a una semana completa exige una logística de abastecimiento maratoniana. Toneladas métricas de harina, bidones de aceite y sacos de azúcar desaparecen a un ritmo vertiginoso. El volumen de venta compensa la inversión, pero escasos trabajos de la actual industria de la hostelería reclaman tal grado de dureza física continuada en el tiempo.

El sol termina de despuntar sobre los puentes del Guadalquivir. El tráfico matutino, con sus conductores camino de la oficina, empieza a cruzarse con los últimos rezagados de la Feria que caminan despacio hacia el centro histórico. Queda un rastro inequívoco de la noche superada. Al repasar la solapa de la chaqueta cortada a medida, o los pespuntes del traje que requirió meses de costura, aparece irremediablemente esa mancha blanca y pegajosa de azúcar y aceite. Una condecoración invisible pero persistente. La marca de agua que certifica que, por muy alto que intentes volar durante el día, la noche se encarga siempre de devolverte a la tierra.

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