The Objective
Gastronomía

La trampa de la alta cocina: por qué ganar una estrella Michelin puede arruinar un restaurante

Costes inasumibles, presión extrema y márgenes mínimos… El máximo galardón gastronómico es, a veces, una condena

La trampa de la alta cocina: por qué ganar una estrella Michelin puede arruinar un restaurante

El legendario comedor histórico de elBulli en Cala Montjoi. | elBullifoundation

Desde la barrera, el firmamento Michelin parece el Olimpo del éxito. Para la opinión pública y el comensal aficionado, que un inspector anónimo otorgue el codiciado galardón a un establecimiento es sinónimo de mesas llenas durante meses, prestigio internacional y, por ende, una cuenta de resultados rebosante. Sin embargo, en ocasiones, la estrella Michelin no es un salvavidas, sino un ancla que hunde un negocio previamente rentable.

Durante los últimos años, y con especial crudeza tras el cierre de la guía en sus ediciones de 2025 y 2026, hemos asistido a una silenciosa epidemia de cierres en la alta cocina. No cierran por falta de talento ni por platos defectuosos; cierran porque el modelo de negocio tradicional de la alta gastronomía contemporánea se ha vuelto, en muchos casos, matemáticamente insostenible.

El coste oculto de la excelencia: el estudio que alertó al sector

Para entender por qué la excelencia puede llevar a la bancarrota, hay que despojarse del romanticismo culinario y mirar la cuenta de explotación. Un revelador estudio publicado en Strategic Management Journal, respaldado por la Escuela de Gestión del University College de Londres, analizó los restaurantes de Nueva York a lo largo de dos décadas. El resultado fue demoledor: alrededor del 40% de los establecimientos galardonados con una estrella Michelin acababan cerrando en los años posteriores a recibir el premio, una tasa de mortalidad superior a la de negocios similares sin la condecoración.

¿La razón? El llamado ‘efecto Michelin’. Cuando un restaurante recibe la estrella, las expectativas del cliente se disparan. Para mantener el galardón y satisfacer a un comensal mucho más exigente, el empresario se ve obligado a invertir masivamente: se multiplican las horas de investigación, se adquieren ingredientes de un coste prohibitivo (cuyas mermas no siempre se pueden repercutir en el ticket), se renueva la vajilla, se amplía la bodega y, sobre todo, se dispara el gasto en personal.

En la alta cocina no es extraño ver una ratio de un cocinero y un camarero por cada dos comensales. A esto se le suma un daño colateral propio de la especulación inmobiliaria: los propietarios de los locales, al saber que albergan a un ‘estrellado’, tienden a subir drásticamente los alquileres cuando toca renovar el contrato. Los márgenes de beneficio, que en hostelería rara vez superan el 10% o 15% en el mejor de los casos, quedan pulverizados.

Casos emblemáticos: cuando el prestigio no paga las facturas

Si hay un paradigma de que la afluencia de público no garantiza la rentabilidad, ese es elBulli. El que fuera considerado el mejor restaurante del mundo bajo la batuta de Ferran Adrià tenía una lista de espera imposible, pero el restaurante como tal perdía dinero. El negocio se sostenía por el ecosistema creado a su alrededor: las asesorías, la venta de libros, las conferencias y la imagen de marca. Más recientemente, el terremoto lo provocó Noma en Copenhague (más allá de las denuncias por abusos físicos y verbales).

René Redzepi, el que fuera emblema de la nueva cocina nórdica, decidió que su restaurante dejara de operar en su formato habitual de servicio regular. Sus propias palabras fueron lapidarias: calificó el modelo de la alta cocina moderna, basado en jornadas maratonianas y ejércitos de stagiers, como «insostenible» desde el punto de vista financiero y humano. Cuando hasta el número uno del mundo admite que la ecuación no cuadra, es evidente que el sistema entero necesita una revisión.

El chef danés René Redzepi, fundador y hasta ahora jefe de cocina del prestigioso restaurante Noma.
El chef danés René Redzepi, fundador y exjefe de cocina del prestigioso restaurante Noma.

La sangría en España: cierres recientes que encienden las alarmas

En España, país con una de las mayores concentraciones de alta gastronomía del mundo, el goteo de cierres es una realidad que la Guía Michelin no puede ocultar. Revisar las bajas de las guías recientes (2025 y 2026) es hacer la autopsia a proyectos de enorme valía que no lograron sobrevivir al mercado.

Hablamos de instituciones históricas en Madrid como El Club Allard, que llegó a atesorar dos estrellas Michelin y por cuyos fogones pasaron figuras como Diego Guerrero o María Marte. Su intento de reinventarse con el asesoramiento de Martín Berasategui —quien en apenas ocho meses volvió a colocar al local en el mapa con una nueva estrella— se torció cuando el chef vasco abandonó el proyecto en verano de 2024 sin haber cobrado un solo euro por su trabajo. La persiana acabó bajando en febrero de 2025, evidenciando que el lujo en la capital es un campo de batalla feroz en el que ni el prestigio más avalado salva a un negocio mal gestionado.

Aún más sintomático es el cierre de proyectos jóvenes y personales. El caso de Tohqa, en El Puerto de Santa María (Cádiz), es el perfecto reflejo de la otra cara de la moneda. Edu Pérez, su chef y artífice de una de las propuestas más revolucionarias del sur basada en el fuego y la identidad andaluza, anunció el cierre en octubre de 2025, perdiendo su estrella para la edición de 2026. En su despedida, la palabra que resonaba no era fracaso, sino agotamiento.

Otros casos de estrellas perdidas

Más matizada es la lectura de otros dos casos que también han desaparecido del radar Michelin, aunque por razones distintas al cierre definitivo. Zuara Sushi, la pequeña y refinada barra omakase del itamae David Arauz en Madrid, perdió su estrella en la edición 2025 al cerrar temporalmente para trasladarse a una nueva ubicación en la capital —un movimiento que la guía penaliza de forma automática, al evaluar el restaurante en su emplazamiento concreto—.

Ment by Óscar Calleja, en Salamanca, protagonizó otro episodio bien conocido en la alta cocina: cuando el chef que da nombre y alma al proyecto abandona, la estrella se marcha con él. Calleja se desvinculó del hotel que acogía el local en febrero de 2024; el restaurante siguió operando bajo la denominación Ment con un nuevo equipo, pero sin la firma que lo había hecho brillar. Ambos casos demuestran una verdad incómoda del sistema: la estrella rara vez es del local; casi siempre es del cocinero.

La presión psicológica: el otro gran peaje

Al asfixiante plano económico hay que sumar el coste emocional. La Guía Michelin es, en palabras del chef surcoreano Eo Yun-gwon (quien llegó a demandar a la guía para que no incluyeran su restaurante), un «sistema cruel».

Las nuevas generaciones de chefs están entendiendo que el romanticismo no paga las nóminas a final de mes

Los chefs viven aterrorizados con la visita anual del inspector. El nivel de estandarización exigido obliga a una repetición mecánica de la perfección que aniquila la espontaneidad. El miedo a perder la estrella —y con ella, la categoría y la afluencia de cierto turismo gastronómico— genera cuadros de ansiedad y estrés crónico en las cocinas. Muchos cocineros descubren que, tras años de esfuerzo sobrehumano para llegar a la cima, la verdadera tortura es mantenerse en ella.

¿Es el fin de la alta cocina tal y como la conocemos?

No asistimos a la muerte de la alta gastronomía, pero sí a su necesaria metamorfosis. Las nuevas generaciones de chefs están entendiendo que el romanticismo no paga las nóminas a final de mes.

Hoy, los proyectos que triunfan y sobreviven lo hacen porque tienen un plan de negocio férreo desde el primer día. Las tendencias viran hacia estructuras más ágiles: locales más pequeños, reducción drástica de los días de apertura para garantizar la conciliación del personal (muchos estrellados ya solo abren cuatro días a la semana) y una apuesta firme por los recomendados o la categoría Bib Gourmand (excelente relación calidad-precio), donde la presión es menor y la rentabilidad, a menudo, mayor.

La estrella Michelin sigue siendo el sueño de cualquier cocinero y el mayor empuje mediático del planeta. Pero el sector ha aprendido la lección a base de cicatrices y concursos de acreedores: el verdadero arte en el siglo XXI no está solo en esferificar una aceituna o dominar las fermentaciones, sino en conseguir que, al final del año, los números salgan en verde. Porque, como repiten los veteranos de este oficio, esto, antes que arte, es un negocio.

Publicidad