Rezar ya no da vergüenza: el 'efecto Rosalía' y la fe que vuelve sin pasar por la Iglesia
Tres expertos analizan por qué crece el interés de los jóvenes por la fe, la oración y la búsqueda de sentido

Rosalía y el catolicisimo | Ilustración de Alejandra Svriz.
La relación de Rosalía con la fe y la religión católica ha experimentado una transformación evidente con el paso de los años. Lo que en un primer momento aparecía ligado sobre todo a referencias culturales, símbolos heredados y una sensibilidad estética vinculada a la tradición española, se ha convertido ahora en uno de los ejes creativos más visibles de su discurso artístico. En esta nueva etapa, la cantante catalana incorpora la fe desde una perspectiva íntima, personal y alejada de cualquier ortodoxia religiosa.
Desde hace años, Rosalía ha explicado que entiende la espiritualidad como una búsqueda interior más que como una pertenencia institucional y ha reconocido que no mantiene un vínculo con la Iglesia católica: no está bautizada y creció en una familia que no seguía la práctica religiosa habitual. De hecho, era su abuela la que la llevaba a misa: «Pero yo me fijaba en la música». Esa frase resume bien una constante en su trayectoria, pues su interés por lo religioso ha pasado muchas veces por lo sonoro, lo ritual y lo emocional antes que por la doctrina.
Con el tiempo, esa inquietud se ha consolidado. La propia artista ha admitido que hablar de espiritualidad sigue generando recelos por la tendencia a asociarla con estructuras religiosas tradicionales: «Es cierto que hoy día no se habla tanto de esto por el prejuicio de vincular lo religioso con las instituciones, pero para mí no tiene nada que ver».

En otras intervenciones públicas también ha desarrollado esa idea. Rosalía ha llegado a definir a Dios como el «mejor artista», vinculando la divinidad con el origen de la creatividad. En esa misma línea, ha señalado que cuando compone intenta ponerse «al servicio de Dios», y ha reflexionado sobre la existencia de un «vacío espiritual» que, a su juicio, muchas personas tratan de llenar con éxito profesional o relaciones personales. Para ella, la música puede actuar como una vía de conexión trascendente: «Cantar es rezar de otra manera».
Rosalía vuelve a poner a Dios en el centro de la conversación: «Rezo más de lo que voy al psicólogo; no me da tiempo a todo»
Las referencias religiosas no son nuevas en su discografía, aunque sí ha cambiado la manera de utilizarlas:
- En su álbum El mal querer (2018), Rosalía empleó imágenes asociadas al sacrificio, la culpa o la redención para construir el relato dramático de una relación marcada por la toxicidad.
- En Motomami (2022), esa presencia adoptó un tono distinto: más irónico, híbrido y conectado con la afirmación identitaria. El álbum mezclaba códigos urbanos y experimentales con alusiones explícitas a lo divino. Ejemplo de ello son versos como «Dios bendiga a Pastor y Mercé» o la frase «una motomami sabe que el mejor artista es Dios», incluida en sus populares mandamientos. La dimensión espiritual seguía presente, aunque aparecía de forma puntual y ligada al lenguaje creativo.
- La diferencia llega con Lux (2025), su último trabajo, en el que ese universo simbólico deja de ocupar un plano secundario y pasa a protagonizar todo el proyecto. En este trabajo, Rosalía se acerca a figuras históricas de la mística femenina como Hildegarda de Bingen, Santa Teresa de Jesús o Simone Weil, buscando una lectura de lo sagrado atravesada por la experiencia femenina y por el desapego material.
Rosalía ha insistido en que su aproximación a la fe no responde a ninguna adscripción religiosa cerrada. Más bien plantea la espiritualidad como una herramienta de conocimiento personal y una vía para formular preguntas esenciales. Al mismo tiempo, revaloriza el peso cultural del catolicismo en España, no tanto desde la práctica creyente, sino desde su dimensión simbólica e histórica: cruces, procesiones, imaginería popular o peregrinaciones forman parte de un legado colectivo que la artista reinterpreta en clave contemporánea.
El impacto de este giro ha trascendido lo musical y ha vuelto a situar la fe en el centro del debate. Y no solo como religión, sino también como posible sustituto a terapias psicológicas o psiquiátricas. «He ido durante un año al psicólogo, pero ahora rezo más de lo que voy a terapia, la verdad. No me da tiempo a todo», dijo recientemente en una entrevista con Ana Milán.
Después matizó que no entiende ambas experiencias como opuestas, sino como formas distintas de exploración interior: «Depende de lo que Dios sea para ti, yo creo que todo son diferentes formas de conocimiento. Al final, abrir un proceso de terapia creo que es un tipo de conocimiento muy interesante, pues te permite acceder a otro tipo de conocimiento que también transforma. Hay terapias que son muy interesantes y que no tienen que ver con lo racional».
Más jóvenes interesados por la espiritualidad (y el papel de Rosalía)
Durante las últimas dos décadas, los datos sobre religiosidad en España parecían avanzar en una única dirección: menos identificación católica, menor práctica religiosa y una secularización especialmente visible entre los jóvenes. Sin embargo, en los últimos años ha habido un cambio de tendencia.
Según los datos del CIS, en el año 2020 apenas un 29% de los jóvenes de entre 18 y 24 años se declaraba católico. Hoy, distintas encuestas y estudios sitúan esa cifra entre el 34 y el 38%, lo que supone un repunte moderado pero significativo al tratarse del primer freno claro a una caída sostenida desde hace décadas. Aun así, el reciente Barómetro sobre Religión y Creencias en España (2025) refleja que solo una minoría de la población (18%) se considera católica practicante, lo que confirma el desgaste de la religiosidad institucional.

Es decir, no se observa tanto una vuelta masiva a la Iglesia tradicional como una transformación en la manera de vivir la espiritualidad. Muchos jóvenes continúan alejados de las estructuras eclesiales, pero muestran interés por cuestiones relacionadas con la fe, el sentido vital, la trascendencia o la búsqueda interior. En ese nuevo escenario cultural es donde aparece Rosalía. La artista no explica por sí sola este cambio generacional, pero sí se ha convertido en uno de sus símbolos más visibles de este cambio. Su discurso ha contribuido a normalizar conversaciones que hasta hace poco parecían ajenas a la juventud.
La religión pierde peso, pero la necesidad de sentido no desaparece: solo cambia de forma
Hablar de espiritualidad ya no se percibe necesariamente como algo antiguo o exclusivamente religioso. Puede presentarse como introspección, sensibilidad estética o búsqueda emocional. Y en eso Rosalía conecta con una generación marcada por la ansiedad, la hiperconectividad y la incertidumbre.
La cuestión de fondo, por tanto, no es solo si hay más jóvenes creyentes, sino qué significa creer hoy. Para analizar todo ello, en THE OBJECTIVE hablamos con tres expertos que dibujan un mapa más complejo que la simple oposición entre fe y secularización.
José Guillermo Fouce, doctor en Psicología, profesor en la Universidad Complutense de Madrid y presidente de la Fundación Psicología Sin Fronteras, sitúa el debate en un marco amplio en el que la religión institucional pierde peso, pero la necesidad de sentido no desaparece, sino que cambia de forma: «La fe o la creencia religiosa, cuando forma parte de un sistema de valores sólido y coherente —y daría igual que fuese religioso o no—, puede actuar como un factor protector. Nos proporciona, además, relaciones con otros, la posibilidad de formar parte de una comunidad y de pedir ayuda. Eso previene malestares o ayuda a sobrellevar los malestares de la vida y las dificultades».

Ese papel protector de la comunidad aparece también en la reflexión del reconocido psiquiatra Sergio Oliveros Calvo, licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid, especialista en Psiquiatría y doctor cum laude. Desde una mirada más antropológica, subraya que la religión ha cumplido históricamente una función de cohesión: «La religión católica —u otra— ofrece al individuo una vertebración imperativa externa que le permite ordenar su vida y funcionar con normalidad en la comunidad. Dawkins lo pone de manifiesto: un individuo puede ser ateo, una sociedad no. Eso ocurre desde la civilización sumeria. Sentimos bienestar cuando somos buenos y seguimos las normas y la moralidad de nuestra comunidad».
Además, «se ha comprobado que, incluso en ocasiones terribles, las personas creyentes son más felices. Se han realizado estudios sobre pacientes hospitalizados en los que se analizaba si recibir oraciones a distancia podía influir en su evolución. Algunos de esos trabajos apuntaron a una mejor recuperación o a menos complicaciones. La oración, al igual que la meditación, puede generar bienestar emocional y reducir el estrés, algo que también influye en la salud», añade el Doctor Oliveros.
Ambos coinciden, por tanto, en una idea central: más que una cuestión puramente doctrinal, la fe puede funcionar como estructura, pertenencia y red de apoyo. Esa necesidad de estructura conecta con la psiquiatra Lucía Torres Jiménez, directora médica de TranquilaMente, quien afirma que la fe no es una simple adhesión doctrinal, sino una forma de ordenar la experiencia humana: «La fe no es solo una creencia. Es, muchas veces, una forma de organizar el caos. Quizá no se trate de elegir entre fe o terapia —como Rosalía—, sino de entender qué necesidad humana hay debajo de ambas. Introduce sentido donde hay incertidumbre, límites donde aparece la omnipotencia, y narrativa donde la experiencia se vuelve difícil de sostener».
Su reflexión permite entender por qué figuras como Rosalía pueden conectar con una sensibilidad generacional concreta. En un mundo de hipercontrol, exposición y ansiedad, el lenguaje espiritual vuelve a ofrecer algo que la cultura de la optimización no resuelve del todo: «Hemos pasado de convivir con la incertidumbre a intentar eliminarla», señala la Dra. Torres. «Y cuando no ocurre así, no lo vivimos como un desvío, sino como un fallo. Solo hay una forma válida de que las cosas sean: la que yo esperaba. Y si no sucede, la vida pierde sentido».
La religión y la fe no siempre son positivas para el ser humano
A pesar de todo ello, la relación entre religión y bienestar psicológico no es lineal. La fe puede ser una fuente de apoyo emocional, comunidad y sentido, pero también puede volverse perjudicial cuando deriva en rigidez, culpa o aislamiento. Los tres expertos coinciden en que todo depende de cómo se viva y del papel que ocupe en la vida de cada persona.
El Dr. Fouce advierte de que un sistema de creencias deja de ser protector «cuando se convierte en perjudicial, cuando es radical, cuando no se adapta a la realidad, cuando aparecen rasgos sectarios o de cierre de relaciones con los demás o cuando se marcan claramente los míos frente a los otros, por ejemplo. También cuando nos aísla del resto de la gente porque se exige vivir una fe pura o extremadamente rígida».

Desde una perspectiva psiquiátrica, el Dr. Oliveros recuerda que la religión ha tenido históricamente una doble cara. Por un lado, ofrece cohesión y pertenencia; por otro, también puede fomentar dinámicas excluyentes: «La religión nos cohesiona socialmente, es su papel más importante. Pero en otros tiempos, al delimitar un claro nosotros y un ellos, nos permitía ejercer la barbarie con los que no profesaban nuestra fe. Aún hoy esto ocurre en religiones no católicas».
«Hay ideas terroríficas dentro de la religión que causan un grave sufrimiento en pacientes obsesivos. Tuve un paciente que se confesaba unas treinta veces al día por temor a haber tenido un pensamiento impuro sin haberlo advertido. Incluso así, nunca estaba seguro de estar en paz con el cielo».
Dr. Sergio Oliveros
El especialista también señala que determinadas creencias pueden convertirse en una fuente de sufrimiento psicológico, especialmente en personas vulnerables: «Sin duda, hay ideas terroríficas dentro de la religión —el fuego eterno, el juicio final, la venganza de Dios, etc.—. Muchas de esas ideas causan un grave sufrimiento en pacientes obsesivos». Y pone un ejemplo clínico especialmente gráfico: «Tuve un paciente que se confesaba unas treinta veces al día por temor a haber tenido un pensamiento impuro sin haberlo advertido. Incluso así, nunca estaba seguro de estar en paz con el cielo».
El Dr. Oliveros añade, además, que la religión puede utilizarse como una vía de evitación emocional para no afrontar conflictos internos: «La represión, la negación y la supresión del deseo son mecanismos de defensa que empleamos cuando ese deseo nos resulta inaceptable. Una vez alejado de la conciencia el conflicto, nos hace sentir mejor, pero de forma precaria».
Al respecto, el Dr. Fouce advierte: «La fe, en su lado negativo, puede reforzar la culpa, puede individualizar los problemas —hacer pensar que uno es culpable o pecador por no haber sido capaz de lograr determinadas cosas— y puede generar indefensión, es decir, no querer cambiar nada, quedarse paralizado».
El poder de la oración frente a la terapia psicológica y psiquiátrica
En una línea similar, Jiménez introduce una distinción especialmente útil para comprender por qué algunas personas recurren a la oración antes que a la terapia, como es ahora el caso de Rosalía. «Rezar puede calmar, ordenar el pensamiento y generar una sensación de acompañamiento. Puede incluso ofrecer algo que muchas veces se ha perdido: la experiencia de no estar solo frente al dolor», afirma la Dra. Torres. Sin embargo, marca una diferencia esencial entre ambos recursos: «La oración puede consolar, pero la terapia, además, confronta».
Es decir, mientras la fe puede ofrecer alivio, contención y esperanza, la terapia exige también revisar conflictos, asumir responsabilidades y enfrentarse a aspectos dolorosos de uno mismo. Por eso, más que preguntarse si creer es bueno o malo para la salud mental, los expertos sugieren mirar cómo se utiliza esa fe: si sirve para sostenerse y crecer o para esconder lo que duele.
«La religión tiene que ver con una creencia, con creer algo y trabajarlo con uno mismo; pertenece al ámbito privado. La intervención terapéutica, en cambio, tiene que estar basada en la evidencia, contrastada y ser generalizable. No es una cuestión de fe ni de creencia, es algo totalmente distinto».
Dr. Guillermo Fouce
Esa diferencia es central para el Dr. Fouce, que insiste en no confundir planos: «Hay un riesgo de sustitución de la ayuda profesional por las prácticas religiosas, y no deberían confundirse». Y desarrolla esa idea con contundencia: «La religión tiene que ver con una creencia, con creer algo y trabajarlo con uno mismo; pertenece al ámbito privado. La intervención terapéutica, en cambio, tiene que estar basada en la evidencia, contrastada y ser generalizable. No es una cuestión de fe ni de creencia, es algo totalmente distinto».
El Dr. Oliveros coincide, aunque reconoce cierto efecto subjetivo en el hecho de rezar: «El rezo es un trabajo introspectivo en esencia, un diálogo con nosotros mismos. Puede ayudarnos a relativizar nuestros problemas, salir de nuestro microcosmos personal al mostrarnos un mayor dolor externo. En ese sentido puede producir un efecto cuasipsicoterapéutico, pero nunca será equiparable a una psicoterapia estructurada. Rezar solo puede proporcionar bienestar cuando nuestro padecimiento no es grave».
«Muchas personas aplazan acudir a consulta mientras rezan o refuerzan sus actos piadosos y, solo acuden cuando se ha producido un deterioro notable. Otras personas creyentes pueden temer que el tratamiento les cambie su forma de ser, sus creencias o sus adhesiones; es decir, pueden percibir el tratamiento como algo pernicioso y peligroso y no como una ayuda».
Dr. Oliveros
E incide en los efectos positivos del rezo: «En todas las religiones, la oración cuenta con elementos rítmicos y repetitivos (el Rosario en cristianismo, respiración en budismo cabezazos en judaísmo, genuflexiones en musulmanes, sanza y tambores en tribus africanas, etc.). Esa repetición busca una desconexión de la conciencia y la entrada en un cierto estado disociativo que permite al individuo ‘trascender’ a la realidad, salir de las tres dimensiones y facilitar, por tanto, la introspección», matiza el experto.
No obstante, en muchas ocasiones, refugiarse en la fe no es suficiente y puede causar que personas que realmente necesitan ayuda profesional no la pidan: «Muchas personas aplazan la consulta mientras rezan o refuerzan sus actos piadosos y, solo acuden cuando se ha producido un deterioro notable. Otras personas creyentes pueden temer que el tratamiento les cambie su forma de ser, sus creencias o sus adhesiones; es decir, pueden percibir el tratamiento como algo pernicioso y peligroso y no como una ayuda», asegura el reconocido psiquiatra.
Cómo la fe modifica la relación con el sufrimiento
Otra cuestión clave es cómo la fe modifica la relación con el sufrimiento. Si para algunos funciona como sostén, para otros puede fomentar resignación, culpa o indefensión. En este sentido, el Dr. Fouce señala que «existe cierta evidencia de que las personas creyentes puedan ser más felices o estar más protegidas, en parte por factores como el sentido de comunidad, el apoyo social o por sentirse parte de un colectivo que protege y que normalmente se ayuda entre sí». Pero introduce la otra cara: «Aunque ello también puede generar dificultades. A veces, la Iglesia genera una sensación de indefensión, promoviendo, de algún modo, que la gente se conforme ante situaciones injustas y asuma cosas que en otras circunstancias serían inasumibles».
Por su parte, el Dr. Oliveros plantea algo similar al referirse al poder de las creencias religiosas: «El ser humano es social, sabe que juntos podemos más que separados, y tenemos escrito en nuestros genes la necesidad de pertenencia. Eso explica los fenómenos de conformidad social que facilitaron el nazismo, el estalinismo o los extremismos religiosos. Solemos sentirnos más seguros dentro de la caverna de la comunidad aunque discrepemos privadamente de sus creencias».
«Quizá la pregunta no sea si Dios ayuda más que un psicólogo, sino qué hacemos con nuestra vulnerabilidad: si la colocamos fuera para no tener que mirarla, o si encontramos espacios —religiosos o terapéuticos— donde poder sostenerla, entenderla y transformarla».
Dra. Lucía Torres
En esta línea, el psiquiatra reconoce que la práctica religiosa influye en la percepción del sufrimiento o la adversidad: «A medida que envejecemos, nos hacemos más religiosos; eso se ha observado en cualquier religión. La cercanía de la muerte (resurrección), las patologías graves (prueba del cielo), el estrés económico (Dios proveerá), etc. son situaciones que incrementan la religiosidad. Las creencias religiosas ‘explican’ cosas inexplicables, y eso nos reconforta».

La Dra. Torres introduce aquí una reflexión especialmente sugerente: «Algo similar ocurre con la confesión, una práctica hoy ampliamente cuestionada pero que sigue cumpliendo una función psicológica clara: ofrecer un espacio donde reconocer el error sin quedar definido por él. Asumir que uno se equivoca, que hiere, que no es perfecto… y que aun así puede reparar». Su mirada desplaza el debate hacia una pregunta más profunda: «Quizá la pregunta no sea si Dios ayuda más que un psicólogo, sino qué hacemos con nuestra vulnerabilidad: si la colocamos fuera para no tener que mirarla, o si encontramos espacios —religiosos o terapéuticos— donde poder sostenerla, entenderla y transformarla».
Rosalía ejemplifica que hay una sensibilidad nueva en torno a la religión y las creencias
Plantear el fenómeno Rosalía en términos de si está devolviendo a los jóvenes a la religión probablemente simplifica demasiado lo que está ocurriendo. Los expertos coinciden en que no se trata tanto de conversiones masivas ni de un regreso automático a la Iglesia tradicional, sino de un cambio cultural más sutil, en el que la espiritualidad vuelve a ocupar espacio en la conversación pública, aunque lo hace con códigos nuevos, alejados de los formatos clásicos.
Es decir, no necesariamente hay más práctica religiosa institucional, pero sí una mayor naturalidad para hablar de fe, trascendencia, vacío interior, oración o necesidad de sentido. Cuestiones que durante años quedaron relegadas al ámbito privado o asociadas a generaciones mayores reaparecen ahora entre muchos jóvenes sin el estigma de lo anticuado. En ese contexto, figuras como Rosalía reabren el debate público. Su impacto no estaría tanto en convencer a una generación para volver a creer, sino en mostrar que lo espiritual también puede expresarse de muchas formas diferentes, incluso al margen de la práctica religiosa tradicional.
Para muchos jóvenes, la espiritualidad no aparece tanto como doctrina cerrada, sino como refugio emocional, lenguaje simbólico o herramienta para ordenar el caos
Desde la psiquiatría, el Dr. Oliveros apunta a una necesidad humana muy básica que ayuda a entender este momento: la búsqueda de pertenencia. Esa necesidad puede canalizarse a través de la religión, pero también mediante comunidades culturales, ideológicas o emocionales. En la misma línea, recuerda que las creencias suelen fortalecerse en momentos de incertidumbre: «La cercanía de la muerte, las patologías graves, el estrés económico o las situaciones límite incrementan la religiosidad».
Ese punto conecta con una generación joven marcada por la ansiedad, la precariedad, la saturación digital y la dificultad para proyectar el futuro. Para muchos jóvenes, la espiritualidad no aparece tanto como doctrina cerrada, sino como refugio emocional, lenguaje simbólico o herramienta para ordenar el caos. Así lo explica la Dra. Torres: «La fe no es solo una creencia. Es, muchas veces, una forma de organizar el caos. Introduce sentido donde hay incertidumbre, límites donde aparece la omnipotencia, y narrativa donde la experiencia se vuelve difícil de sostener».
Por eso, más que hablar de una vuelta a la religión en sentido clásico, quizá habría que hablar de una nueva sensibilidad espiritual: más individual, menos institucional; más emocional que doctrinal; más abierta que dogmática. Una espiritualidad que convive con la terapia, con la cultura pop, con la meditación y con la necesidad de comunidad. Lo que reflejan Rosalía y el repunte de interés espiritual entre los jóvenes no es necesariamente un regreso al pasado, sino la búsqueda de nuevas formas de sentido en una época marcada por la incertidumbre. Como resume la Dra. Torres: «Porque no se trata de tener fe o no tenerla. Se trata de si lo que hacemos con el dolor nos transforma… o nos encierra».
