Sánchez, el único presidente de dos países
«España y una fantasía. Algo histórico, como cuando dentro de un año nos lo quitemos de encima»

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, conversa con la portavoz de Junts en el Congreso, Míriam Nogueras. | Eduardo Parra (Europa Press)
Hace tiempo que a Pedro Sánchez se le quedó pequeña España. Él es un líder demasiado grande como para que no se den cuenta en otros lugares del mundo. Por eso preside la Internacional Socialista, para que los suyos, los que piensan igual que él, no tengan duda de que están ante el mejor socialista del planeta. Pero eso es poco para él. Necesita convencer a otros que estén dudosos y no den ese paso definitivo al paraíso sanchista. No basta con ser el gran líder de la izquierda en el mundo; hay que enfrentarse al otro bando mayoritario y combatir con sus líderes principales, Trump y Netanyahu. En América del Sur, hacerlo con Milei o con toda una nobel de la paz, María Corina Machado, que le ha dado una dignidad a Venezuela que su compañero de batallas, Zapatero, se ha encargado de quitarle con cada uno de sus viajes a ese país donde se reunía con un régimen tiránico con el que siempre se le ha visto muy cómodo.
Y es que Pedro Sánchez ha nacido para hacer historia. Para ser el gran estadista del siglo XXI. Para dejar a Churchill o Adenauer a la altura del betún en la comparación con semejante deidad política. Y es que al lado de Sánchez, ese inglés y ese alemán se parecen más a Koldo, Ábalos o Santos Cerdán, por lo menos a ojos de Patxi López, Óscar Puente o Félix Bolaños, o cualquiera de sus ministros y ministras. Con que mire a cualquiera de ellos y ellas durante unos segundos, se derriten como una fondue de queso suizo. Y es que Sánchez utiliza la estrategia del que está acomplejado consigo mismo. Hacia fuera muestra una actitud extremadamente segura, incluso desafiante. Hay que demostrar confianza absoluta en uno mismo si se quiere que los demás le vean como un líder. El segundo punto es rodearse de gente fiel y que esté aún menos preparada que uno. Se mostrarán tan agradecidos por ocupar unos cargos tan importantes, conocedores de que no los merecen, que se convierten en la mejor de las guardias pretorianas posibles. Si tienen que dar la vida, lo harán. Si tienen que despellejar a quien ose enfrentarse a su amado líder, lo harán sin pensarlo un segundo.
Pero, como ya he dicho, todo esto a Pedro Sánchez se le queda pequeño. Es sabedor de que todo lo que sube, baja. Que Orbán fue el gran referente en Europa de una derecha radical, y hace poco perdió hasta las elecciones en su país. Que Macron parecía el gran líder del centroderecha y ahora su figura va siendo cada vez más pequeña. Y Sánchez sabe que a él le pasará lo mismo como referente de la izquierda en Europa y en el mundo. Por eso es conocedor de que, para quedar como un líder político para la historia, tiene que hacer algo que ninguno haya conseguido. Se puso a pensar y, tras pasar varios días, se le encendió la bombilla: nadie había sido presidente en dos países distintos.
Así fue como el pasado miércoles en el Congreso de los Diputados, tras la intervención sobreactuada de la representante de Junts, Miriam Nogueras, donde quiso evidenciar una firmeza que con cada una de sus palabras se iba erosionando y haciendo más endeble. La catalana pidió elecciones generales temerosa de que, si llegan antes en Cataluña, Silvia Orriols no les deje ni las migajas. El único argumento noble esgrimido por la nacionalista catalana fue decirle a Sánchez que no le quedaba ningún argumento democrático para seguir gobernando. Y en ese momento llegó la respuesta de nuestro héroe. Supo que era ahora o nunca. Que la historia le esperaba a la vuelta de la esquina de una calle de las Ramblas o de una cala de una playa de la Costa Brava.
Pedro Sánchez se levantó de su asiento, encantado de haberse conocido, como siempre, pero esta vez en su rictus se manifestaba la alegría de a quien se la dejan botando para rematar a puerta vacía. Miró a la señora Nogueras y le dijo: «Este Gobierno lo que va a hacer es reconocer derechos, y eso va a hacer a Cataluña y a España países mejores». Con esas palabras defendía la regularización masiva de inmigrantes que había sido criticada en la intervención de la política nacionalista. Sánchez volvía a torearla una vez más, y la supuesta amenaza de esta de querer unas elecciones que sólo empezarían a ser posibles si su partido dejara de apoyarlo y se sumara a una moción de censura con el PP y Vox, quedó en una pataleta más de niña pequeña. Tras la réplica de Sánchez, Nogueras y Junts eligieron el silencio. Y ya se sabe eso de que el que calla otorga.
Tras la reprimenda del presidente del Gobierno a Nogueras por no entender las «bondades» de que España se llene de todo tipo de gente, Miriam volvía a amagar, pero a no dar, y se quedó en otro perro ladrador nada mordedor. Con su silencio e inacción, Sánchez se erigía como el líder que sabía cómo hacer mejores a dos países como España y Cataluña, gracias a las políticas que él estaba llevando a cabo en ambos lugares. Mirian Nogueras estaba reconociendo las palabras del presidente, y asumiendo que era quien tomaba las decisiones en ambos territorios. Sánchez le ganaba una batalla más a Junts, pero endulzándola, masajeándoles el oído diciendo que Cataluña es un país. Un caramelo envenenado, pues quien toma las decisiones en un país suele ser el presidente como cabeza visible del Gobierno, y los que acatan son los que se quedan callados porque les beneficia, o porque no les queda otra. Sánchez se cree ahora presidente de dos países. España y una fantasía. Algo histórico, como cuando dentro de un año nos lo quitemos de encima, y como mucho pueda presidir la comunidad de vecinos. Si es que todavía queda alguien que quiera tenerle tan cerca.
