El tipejo ante las «contundentes revelaciones» de Aldama
«Se trata de un individuo sin principios, sin conciencia, dispuesto solo a un fin: conservar la primogenitura»

Ilustración generada con IA.
Este miércoles, en una de las inútiles sesiones de control del Congreso de los Diputados, aparecerá —más que comparecerá— Pedro Sánchez para, sin recato alguno, mofarse de todos los españoles. El gran tramposo del país ha vivido las revelaciones de Ketty Garat sin que le produzcan la menor conmoción. En otro paraje occidental, en un Estado decente y digno, el tipejo estaría ahora mismo en su casa, expulsado del poder tras haber conocido todo el mundo que es un golfo, un granuja que un día intentó engañar a sus propios correligionarios para conquistar el objetivo que, al fin, conquistó: la Secretaría General del PSOE. Estos días estamos recordando todos aquella sentencia de curas veteranos escuchada en nuestra infancia y juventud: «Quien peca en lo poco, pecará en lo mucho». Claro está que Sánchez no tendrá la menor memoria de tal sentencia porque es muy posible que en su casa no le recriminaran fechorías de esta guisa. Se trata —esto ya es un tópico de mal olor— de un individuo sin principios, sin conciencia, dispuesto solo a un fin: conservar la primogenitura al precio que sea. Sus padres seguro que no le afearon la conducta. Así ha salido.
Y en esas estamos. Nada hay que esperar de las respuestas que pueda articular esta semana cuando se le interrogue en las Cortes sobre esa monumental maquinación, aquella celada con la que pretendió enredar a sus propios colegas del partido. Personalmente, recuerdo de aquellos días la confesión de un socialista, sobrado de fondo y forma, como Antonio Miguel Carmona, que me dijo: «Dávila, no hagas cuentas con este, puede entrampar incluso a su misma madre». Ahora se están sabiendo, gracias a este periódico, los pormenores de aquella descomunal trampa que, sin embargo, a él le salió gratis porque, al poco rato de haberse consumado la farsa, ganó —probablemente con dinero de la Masonería de los Calviño— el puesto que tenía entre ceja y ceja: la Presidencia del Gobierno. Ya para pasar ese trance compró sin ponerse colorado la toga de un magistrado que, tampoco sin despeinarse, sentenció que el Partido Popular era una organización estrictamente corrupta.
Y a la espera de las próximas revelaciones de la semana, el Tribunal Supremo, cuyos jueces (información, no especulación) están hasta el gorro de que algunos de los comparecientes o les tomen por tontos o por desalmados como ellos, quizá —digo— no haya tiempo en esta semana de escuchar las decisivas comparecencias de Ábalos, el ministro y socio de Sánchez, de Koldo, el chulo de discoteca, y del empresario Aldama, que, según noticias muy precisas, tiene muy negociadas sus confesiones con la Fiscalía Anticorrupción para, llegado el caso, gozar de una sentencia medianamente favorable que le evite la prisión. Habrá que esperar quizá hasta la primera semana de mayo, que empieza formalmente el 4, para contemplar cómo se defienden ante sus señorías los autores de una de las mayores estafas que ha tenido que soportar la democracia española. La pequeña demora no haría más que acrecentar la expectación ante las «contundentes revelaciones» (los términos no pertenecen al cronista) que el ingenioso Aldama tiene preparadas para librarse de entrar entre rejas. Un poco de tiempo para comprobar el desparrame del empresario.
Y mientras ocurre —si ocurre verdaderamente— esto que contamos, sería muy conveniente que, al tiempo, estemos al loro del garrotazo que nos puede arrear al Tribunal Superior de Justicia de la Unión Europea, sede Luxemburgo, a cuenta de la amnistía a los golpistas del octubre de 2017. Las informaciones que llegan de habituales visitantes de ese país diminuto son que la mayoría de los miembros del Tribunal concuerdan su opinión con la del abogado general y, por tanto, es muy posible que el forajido Puigdemont y toda su ralea dejen judicialmente de serlo y puedan regresar a su odiada España más pronto que tarde. Desde luego, en el Tribunal Constitucional, el cómplice de Sánchez, el jefe perdulario Conde Pumpido, ya tiene preparada toda su artillería seudojurídica para atizar un nuevo varapalo al Tribunal Supremo, y contra su dictamen, declarar conforme a Derecho aquellas amnistías que disimulaban el golpe de Estado que el citado malhechor y su tropa perpetraron declarando la independencia de Cataluña respecto a España. Por cierto: Sánchez debe poseer ya noticia aproximada de lo que estamos relatando porque, si no, ¿cómo se entiende que por dos veces seguidas haya confirmado en el Parlamento la existencia de dos países distintos, España y Cataluña? En cualquier hemisferio íntegro de los que nos referíamos al principio de esta crónica, un tipejo de este jaez estaría afectado por lo escrito en el Artículo 102 de la Constitución, que refiere que si un jefe del Gobierno fuera acusado de «traición», su responsabilidad criminal sería exigida ante la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo. ¿Qué mayor felonía que, por intentar asegurarse los votos independentistas, Sánchez les esté ofreciendo la ruptura formal del Estado?
Pero nadie va a articular esa maniobra legal. Todos estamos ahora siguiendo la obsesión del sanchismo de cazar al filtrador que ha puesto negro sobre blanco la catadura inmoral del secretario general del PSOE. A mi juicio, sería demasiado optimista pensar que la enorme revelación de los videos y los audios de Garat significa que algo, por lo menos un mínimo movimiento de resistencia interna, se está apreciando en el PSOE. ¡Ojalá! Pero es más que cierto que Sánchez ha ordenado a todas las fuerzas de investigación, CNI incluido, que le ofrezcan la cabeza del traidor. Está tan nervioso el tipejo que a lo peor no se da cuenta de que esa identidad está más cerca de lo que parece. Ha dejado muchos muertos en el camino y alguno, como Lázaro, ha resucitado. Importantes también serán para el país —si se producen al fin— las «contundentes revelaciones» que nos anuncia Aldama. Él insinúa que pueden poner el Estado boca abajo. Sería lo normal, pero en España estamos padeciendo la dictadura inmunda de un hombre sin escrúpulos, absolutamente inmoral, que le trae al pairo todo lo que se diga de él. Es, en sí mismo, pura miseria.
