The Objective
Hastío y estío

Lo de Àngels Barceló y Oughourlian en la SER

«No se me ocurre nada más democrático, justo y fácil de entender, que cada uno manda en su casa, pues para eso la ha pagado con el fruto de su trabajo»

Lo de Àngels Barceló y Oughourlian en la SER

Imagen generada con IA.

Usted está en su casa tan ricamente. Disfruta de un día soleado donde corre una leve brisa. Se sienta en su sillón favorito. Las cortinas descorridas aletean suavemente en una ventana donde la luz entra con la elegancia típica de una mañana primaveral. Esas condiciones externas hacen que se sienta especialmente bien consigo mismo. De su interior nace una sensación de tranquilidad de la que es consciente, y quiere disfrutar. Una sensibilidad arrebatadora domina ese momento. Nota el latido de su corazón con una cadencia perfecta. Ni taquicardia ni paro cardiaco. Disfruta del tacto de sus manos y de sus dedos entrecruzados. La vista se le va al exterior, hay belleza en ese silencio y en esos edificios que son los mismos de siempre. Incluso las palomas han decidido marcharse a otro lugar y no hacer sus necesidades en el reposabrazos de su balcón. Pero lo que le hace verdaderamente sentir bien está ahí dentro, en ese habitáculo donde se cumple esa expresión tan incontestable de «hogar, dulce hogar».

Observa esas paredes de una pintura blanca levemente rugosa. Se levanta para palparla y le hace recordar la buena decisión que fue elegir a esa empresa de profesionales de la pintura y lo bien invertido que estuvo ese dinero, que no fue poco. Lo mismo pasa con las lámparas que pensó que oscurecerían su cuenta bancaria hasta que fuera imposible ver en ella nada positivo. Pero el esfuerzo de su trabajo y de su ahorro hizo posible que se hiciera la luz en ese lugar. La cocina amueblada a su gusto, con esa vajilla no muy grande ni muy elegante para algunos, pero que a usted le parece que no tiene nada que envidiar a la de las casas reales. Y luego están sus estanterías, su capricho personal, donde coloca los cientos y cientos de libros que tiene y que son su tesoro personal. Tantos que, si un día se produjera un terremoto en la zona donde vive, no le importaría morir sepultado por ellos. 

Se levanta para prepararse un café y para que el resto de sus sentidos se despierten en su propia fiesta. Pasa por delante de la televisión, apagada como casi siempre. Igual que cuando está encendida. Puede que sea del único gasto de esa casa del que se arrepiente. Podría haber comprado una más pequeña y económica, para igualar la bajeza y lo barato de sus contenidos. Está haciendo tiempo para recibir en su casa a una persona que le han recomendado para que haga algunas de las tareas del hogar. Su trabajo es cada vez más exigente, y desde hace un tiempo tiene que dedicarle más horas, lo que le deja con menos energías para hacerlas. Ese esfuerzo se ve recompensado con un incremento en su sueldo que con gusto va a dedicar para pagar a esa persona. Su casa es su templo, y la hipoteca su relación más estable y duradera.

Esa persona tiene una apariencia impoluta. Sus referencias son inmejorables. Los primeros meses son maravillosos. Es eficiente y amable. Cumple con todas las labores que se le mandan, y si un día se queda diez minutos más del horario estipulado, no se lo cobra. Sabe que cuando ha tenido que hacer horas extras, han sido pagadas con una generosidad fuera de cualquier convenio laboral. A los pocos meses, ambos se conocían con la profundidad necesaria para saber la manera en que tenía que proceder el otro. La experiencia fue lo que le hizo saber a esa persona que a usted, dueño de la casa, no le gustaba que encendiera la televisión mientras planchaba o limpiaba el polvo de las estanterías y muebles de la sala de estar. Se lo hizo saber de la misma manera que cuando le dijo que no le gustaba que dejara tanto tiempo los grifos abiertos o las luces encendidas en habitaciones que ya había limpiado. 

Los problemas empezaron cuando empezó a dejar mucho tiempo a esa persona sola en la casa. Le dejó un juego de llaves para los días que no podía estar por cuestiones de trabajo. El primer día, al intentar entrar en su casa, se encontró con la puerta cerrada desde dentro. Cuando por fin pudo entrar, le dijo a esta persona que no quería que cerrase la puerta con llave cuando usted no estuviera. Pero esa persona siempre que se quedaba sola lo hacía. Decía que se sentía mejor de esa manera. Le volvía a decir que no lo hiciera, pero esa persona se quedaba callada y seguía actuando igual. También empezó a cambiar algunas cosas de sitio. Las camisas que le planchaba ya no las colocaba por colores en sus perchas para mantener su orden, sino que lo hacía por su tejido y diferenciándolas por si eran más propias para una estación calurosa o fría. Usted le dijo que volviera a hacerlo como antes, pero esa persona le dijo que su manera era más correcta, y así siguió haciéndolo. 

Había quedado con la persona trabajadora en negociar un nuevo salario de un contrato que expiraba en verano. Se reunieron en el salón de la casa a finales de mayo. Usted le dijo que en general estaba contento con su trabajo, pero que necesitaba que cambiase esas dos cosas para renovarle el contrato y cumplir con la subida salarial que le había prometido. Esa persona trabajadora en ese instante creyó que la que estaba en su casa era ella, y se negó en rotundo. «Mi forma de trabajar es esta y a mí nadie me tiene que decir cómo hacerlo». Usted le recordó que estaba en su casa, que la estaba pagando con mucho esfuerzo, al igual que su salario, sin retrasarse en ninguno de los dos casos. Fue el momento en el que le dijo que si no aceptaba esas condiciones tan razonables, no volviera nunca más a su casa, que fue lo que ocurrió.

Con esta historia he querido explicar lo que ha pasado entre la señora Barceló y el dueño de Prisa, Oughourlian. Hasta el más fanático sanchista debería entenderlo. ¿O ellos dejan que entren en sus casas a que les saqueen la nevera y duerman en sus camas, mientras son expulsados al ruido de la calle? No se me ocurre nada más democrático, justo y fácil de entender que cada uno manda en su casa, pues para eso la ha pagado con el fruto de su trabajo. Y quien dice casa, dice empresa. El que no esté de acuerdo, que se busque su carné de persona civilizada. No lo encontrará.

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