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¿Es prueba de especial inteligencia darse cuenta de que las banderas son meros “trapos”?

Miguel Ángel Quintana Paz

A todos nos habrá sucedido alguna vez. Alguien (normalmente tirando a modernete) habrá puesto esa cara que ponen los modernetes cuando van a pronunciar cualquiera de sus sentencias sapienciales (mirada algo perdida, voz levemente más profunda) y habrá aseverado: “Yo es que pienso que las banderas son meros trapos”. (Existen algunas variaciones para dulzaina y orquesta de esa frase: por ejemplo, “yo pienso que las banderas son solo un trozo de tela”). Es habitual que quien así habla crea por ello haberse elevado a ciertas cotas cosmopolitas que nos están vedadas al resto de los mortales, enfangados como estamos en esa cosa tan pegajosa que es tener vínculos con tus paisanos, qué ordinariez. También es frecuente que quien así habla crea haber realizado un descubrimiento empírico importante: “¿Pero es que no veis que las banderas son de tela? Mira, tócala. Tela, lo que yo te dije. Qué absurdo eres que te crees que es distinta esta bandera al material de tus calzoncillos”.

Yo soy muy partidario en general de empezar por lo más básico y sí, hay que reconocer a nuestros modernetes que la mayoría de las banderas están hechas de tela. Ahora bien, cuando hablo con ellos de estas cosas trato de extraer todas las consecuencias debidas de esta su perla de sabiduría. Es decir, así como las banderas son de tela, entonces los billetes que tenemos en el bolsillo serán meros papelitos de colores. Y, sin embargo, solo las incautas víctimas del timo del tocomocho cambiarían esos papelitos por otros papelitos cualesquiera (con lo que a mí me gustan, sobre todo, los papelitos de color rosa). ¿Por qué? La respuesta es tan simple que hasta un niño la entiende. Pero hemos de ser pacientes con nuestros modernetes y explicárselo todo un poco desde el principio: mira, los billetes son de papel, sí, pero eso no los hace un papelito cualquiera; y las banderas son de tela, sí, pero eso no significa que sean iguales a la tela de tus enaguas.

El caso es que los seres humanos tenemos una cosa excepcional, y es que somos animales simbólicos. Es decir, somos capaces de ver una cosa como signo de otra. Podemos dar sentido a las cosas. Esto, lejos de ser una extravagancia, es lo que nos permite algo tan importante como hablar y pensar: cuando yo digo “patata”, o pienso en la imagen de una patata, ni las letras p-a-t-a-t-a ni mi imagen mental son una patata comestible, pero eso no impide que la simbolicen y gracias a eso nos entendamos. Cuando alguien le dice a usted, amigo lector, y espero que frecuentemente, que “eres adorable y te quiero mucho”, lo que usted percibe por su oído son meras ondas en que se agita el aire por culpa de las cuerdas vocales de otra persona; pero usted seguramente no pensará solo “uy, mira, me han llegado unas ondas a mi oído interno”, sino que sabrá que eso que ha captado simboliza algo. Y (generalmente) se alegrará.

¿Es entonces razonable sentir cariño por tu bandera? La respuesta la tenemos en el billetero de mucha gente; pero no nos fijemos ahora en los papelitos de colores que allí lleven, sino en otro objeto que frecuentemente los acompaña: la fotografía de algún ser querido. Normalmente los modernetes se enfadan mucho si, tras su descubrimiento de que una bandera es solo una tela, les pido una foto de sus hijos para limpiarme con ella la suela de los zapatos, dado que convendremos todos en que un retrato no es más que un papel impreso más. Se enfadan, naturalmente, porque para ellos esa instantánea simboliza algo querido. Ajá, nos vamos acercando a entender de qué van las banderas. Incluso quizá a veces un modernete u otro bese alguna foto, lo cual, si lo viera un extraterrestre, lo consideraría un rito bien extraño: “¿Qué piensan estos humanos, que acaso por besar un trozo de papel sus labios tocan de algún modo al ser pequeñito ahí representado? Qué irracionales que son”.

Aclararé que no me parecería bien que nos obligasen a todos a llevar la foto de nuestros amantes en nuestra cartera; y aún peor vería que nos obligaran a besuquearla cada cierto tiempo. Por ese mismo motivo, soy en general poco partidario de obligar a la gente a besar su bandera o mostrar hacia ella otros fervores. No me gustaría que, cuando visito la casa de alguien, el anfitrión me obligara a darle un sonoro ósculo al retrato que exhibe encima del televisor, entre una flamenca y un geranio, instantánea de cuando era joven y viajó con su pareja a Torremolinos. Pero al igual que ante ese portarretratos, por horrendo que sea, jamás se me ocurriría la idea de escupirlo, o ponerme científico y explicarle que no son más que fotones que llegan hasta nuestras retinas, así también me gustaría que los modernetes no se portaran de forma maleducada ante las banderas. Ni se pusiesen a explicarnos, de modo condescendiente, su obvia relación con la industria textil.

A veces, de hecho, cuando un modernete actúa así, estoy tentado de describirlo en artículos como este como un redomado idiota. Y luego, cuando se ofenda porque crea que le insultado, ponerme a explicarle pacientemente que lo que él cree un insulto no son más que píxeles negros en la pantalla de su ordenador, y que cómo puede sentirse insultado por meros cuadraditos pequeños y oscuros. Estoy seguro de que mentalidades tan empíricas como la suya enseguida convendrán conmigo en que tengo toda la razón.

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El pueblo más independentista de Cataluña tolera (de momento) disidentes

Borja Bauzá

Foto: Borja Bauzá
The Objective

En el pueblo más independentista de Cataluña se puede vivir sin hablar catalán y ceceando. Es el caso de Antonio, un jubilado que nació hace 74 años en Sevilla y lleva casi medio siglo en Arenys de Munt. El municipio, situado a 50 kilómetros de Barcelona, ha acaparado titulares desde que en 2009 varios vecinos sacasen adelante la primera consulta popular sobre la independencia. Ganó el sí. En las últimas elecciones autonómicas, las del 2015, el 62% de los votos fue a parar a Junts pel Sí. El segundo partido más votado fue la CUP. De los 8.500 habitantes que tiene la localidad, sólo un millar votó a partidos contrarios al referéndum anunciado para este domingo. Antonio resume todos esos datos en una sola frase: “Este es el pueblo más malo de toda Cataluña”.

Cabe preguntarse si Antonio se ha planteado una mudanza. Contesta que no, que mientras le dejen en paz –“como hasta ahora”– no tiene pensado moverse. Tampoco cree que el próximo domingo, bautizado en toda España como el 1-O, vaya a darse ningún referéndum. Pero en el hipotético caso de que se celebre, él insiste: mientras nadie le pida explicaciones todo en orden. “Y si se quejan pues que me paguen lo que cuesta mi casa y me voy”, aclara. No parece preocupado.

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Plaça de Arenys de Munt | Imagen vía Borja Bauzá/The Objective

Sus declaraciones sorprenden a quien ha llegado hasta Arenys de Munt esperando encontrarse una suerte de reducto abertzale a la catalana. Sin embargo, no muy lejos del banco en el que toma el sol Antonio hay un bazar chino que vende banderas de España. La mujer que se sienta en la caja no quiere contestar preguntas, pero la clientela –que se expresa en catalán– no parece tener ningún reparo con el souvenir.

Frente al bazar oriental, cruzando la carretera que parte el municipio en dos, se encuentra un bar llamado ZiamClub. Es bastante popular en el pueblo gracias a un generoso menú del día que sale por 10 euros todo incluido. El almuerzo discurre plácidamente –y en catalán– hasta que un comensal sentado consigo mismo decide poner una canción a todo volumen en su teléfono: “No vais a votar, referéndum ilegal; no vais a votar, os van a calentar”. Las mesas de alrededor callan y miran de reojo, pero nadie dice nada. Cuando termina la canción el comensal, un hombre en la cincuentena, se saca un puro del bolsillo y pide fuego al camarero. Saliendo del ZiamClub, en una casa en obras, se observa una pintada castigada por el paso del tiempo: “No a la independencia”. Nadie la ha tachado.

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Los “Sí” del independentismo están por muchas partes de Cataluña, Arenys de Munt no es la excepción | Imagen vía Borja Bauzá / The Objective

La mayor concentración de bares en Arenys de Munt se da, como es lógico, en su arteria principal: la Rambla de Sant Martí. A seis días de la fecha del referéndum, y coincidiendo con la cita del alcalde, Joan Rabasseda (ERC), en la Fiscalía de Mataró por su apoyo al Govern de la Generalitat, muchos parroquianos optan por discutir las victorias del Barça y del Espanyol en la última jornada de Liga.

En un tiempo en el que el periodismo tiende a magnificar anécdotas, conviene no llevarse a engaño: pese a todo lo anterior, y como demuestran los últimos comicios, Arenys de Munt es un pueblo independentista. Los periódicos que más se venden, y con diferencia, en los dos kioscos de la localidad son El Punt Avui, el Ara y las ediciones en catalán de La Vanguardia y El Periódico. La calle principal está plagada de esteladas, pancartas a favor de la independencia y carteles que animan a votar “para ser libres”. En el ayuntamiento lucen las banderas catalana y europea; en el mástil central, donde debería ondear la española, no hay nada.

Un vecino que prefiere no ser citado explica que lo que se vive estos días en Arenys de Munt y, por extensión, en toda Cataluña es la calma que precede a una gran tormenta. En su opinión, la chispa puede saltar en cualquier lado. “Fíjate en cómo empezó la Primavera Árabe, con un tendero quemándose en Túnez porque no le devolvían su carro ambulante”, dice.

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Lo que se vive estos días en Arenys de Munt es la calma que precede a una gran tormenta.| Imagen vía Borja Bauzá / The Objective

Es posible que de momento la convivencia entre vecinos se mantenga porque todos, los partidarios del referéndum y los que se oponen a él, están convencidos de que lo deseado es lo que va a suceder. Esperan que la realidad golpee al adversario y luego ya veremos. Muchas personas en el pueblo parecen pensar de esta manera. Cuando pregunto a Teresa, encargada de una tienda de ropa en la misma Rambla de Sant Martí, qué cree que sucederá el domingo me devuelve una sonrisa radiante: “Que votaremos”. No percibo el menor atisbo de duda.

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¿Por qué no ha acogido España a todos los refugiados que debía?

María Hernández

Foto: ALVARO BARRIENTOS
AP

Este martes se acaba el plazo para que España cumpla la cuota de acogida de refugiados establecida por la Unión Europea. Sin embargo, España solo ha recibido al 11% de los refugiados que debía acoger obligatoriamente. La Unión Europea estableció que debía acoger a 17.337 personas, 9.323 de las cuales eran de obligado cumplimiento.

La media de cumplimiento con el cupo de acogida obligatoria en Europa se sitúa en torno al 50%, lo que demuestra que a España aún le queda mucho por hacer en este aspecto, aunque no es la única. El 86% de las personas refugiadas en todo el mundo son acogidas en algunos de los países más empobrecidos, como Pakistán, Irán, Etiopía o Jordania, por lo que Europa solo recibe un pequeño porcentaje de los más de 65 millones de personas que se han visto obligadas a huir de su país, explica la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR).

Los motivos del incumplimiento

Las organizaciones de defensa de los refugiados denuncian a menudo los diferentes motivos por los que la Unión Europea en general, y España en concreto, no cumplen con las cuotas establecidas de acogida de refugiados.

El primero de estos motivos es la limitación de reubicación a personas que tengan una nacionalidad que supere el 75% de reconocimiento de protección internacional por parte de los estados miembro. CEAR critica que este criterio de nacionalidad está dejando fuera a refugiados de países como Afganistán, Sudán o Nigeria.

Además, los criterios de reconocimiento no son iguales en todos los países, por lo que existe una falta de coordinación, especialmente entre la Oficina Europea de Apoyo al Refugiado (EASO) y países como Italia o Grecia.

Otro aspecto de gran importancia respecto a la acogida de refugiados es el acuerdo al que llegaron la Unión Europea y Turquía en marzo de 2016, tras el cual los estados miembros decidieron que las personas que llegaran a Grecia desde ese momento no podrían solicitar su reubicación a otro país europeo.

Esta decisión está estrechamente relacionada con la última comunicación la Unidad de Reubicación Griega, en la que afirmaba que no hay en Grecia más personas con un perfil adecuado para la reubicación. CEAR asegura que esto no es cierto, pues la Comisión Europea cifra en 4.700 las personas “potencialmente elegibles” para ser reubicadas desde Grecia, sumadas a las más de 7.200 personas que han llegado este año a Italia.

Además, CEAR destaca que existe una gran falta de voluntad política en los países de la Unión Europea, cuyos gobiernos han utilizado el discurso del miedo para justificar el incumplimiento de las cuotas de acogida de refugiados que ha establecido la Comisión Europea.

Las peticiones de CEAR

El hecho de que no exista un mecanismo efectivo de sanciones a los países que incumplen las cuotas establecidas por la Comisión Europea ha sido uno de los principales motivos por el que ningún país de la Unión Europea ha cumplido con el 100% de las acogidas obligatorias.

Por esta razón, desde CEAR piden que se impongan sanciones al Gobierno español y al resto de incumplidores para “que no queden impunes”, explica la secretaria general de la organización, Estrella Galán.

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Un grupo de manifestantes pide que España acoja más refugiados. | Foto: Emilio Morenatti/ AP

Además, Galán ha recordado que España cuenta con una ley de asilo que no se está aplicando, así como con una directiva de protección temporal que le permitiría trasladar a personas con necesidades concretas durante un tiempo determinado, por lo que “no hay excusas, España debe seguir con su cumplimiento”, dice Galán.

Desde CEAR también piden a las autoridades que eliminen la discriminación por nacionalidad en el proceso de aceptación de solicitudes de asilo, así como que se deje de discriminar a las personas con vulnerabilidad, especialmente a los menores no acompañados, un grupo a menudo más rechazado por los países europeos debido a que necesitan más recursos que el resto.

El cumplimiento del acuerdo no acaba ahora

La directora de Políticas y Campañas de CEAR, Paloma Favieres, recuerda que, aunque el plazo fue establecido para el 26 de septiembre, el cumplimiento de la cuota de acogida de refugiados no debe finalizar.

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Un grupo de manifestantes protestan contra el acuerdo de la Unión Europea con Turquía. | Foto: Jon Nazca/ Reuters

La Comisión Europea habla de un plazo “razonable” para seguir acogiendo refugiados hasta cumplir con la cuota establecida, explica Favieres, que insiste en que España debe seguir recibiendo a los solicitantes de asilo hasta cumplir con el número fijado a pesar de que se haya cumplido el plazo.

Además, señala que “la carta de Grecia no puede ser la excusa” para dejar de recibir refugiados, sino que todos aquellos que llegaron tras el acuerdo con Turquía también deben ser reubicados, así como los que lleguen hasta el día 26 de septiembre a las costas griegas.

El proceso de acogida en primera persona

Las cifras nos muestran que España se queda muy atrás en lo que respecta a acoger e integrar refugiados, pero son los propios refugiados los que mejor transmiten cómo es el proceso de reubicación a España.

Nedal, un refugiado sirio que llegó a España tras más de dos años de espera, explica que “mucha gente en España no acepta a los refugiados”, por lo que la integración en la sociedad es difícil en algunos casos.

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Un manifestante protesta por los largos procesos que viven los refugiados para entrar en España. | Foto: Francisco Seco/AP

Nedal fue a la universidad en Siria, pero la guerra le impidió llevar una vida normal y tuvo que huir a Líbano, desde donde comenzó el proceso para venir a España. Aquí estudia español, alemán y un curso de Administración y Asistencia a la Dirección.

Todo suena muy bien, pero acabar sus estudios en España tampoco está siendo fácil para Nedal. “No todo el mundo acepta a los refugiados aquí”, explica, motivo por el que le está resultando muy complicado encontrar una empresa donde llevar a cabo las prácticas necesarias para acabar su curso.

También son difíciles otras situaciones cotidianas como la búsqueda de piso. Nedal asegura que en numerosas ocasiones le han denegado el alquiler de un piso por el simple hecho de ser un refugiado árabe. A pesar de todo, asegura que hay mucha gente que le ha ayudado en España y que “claro está, no todos son iguales”.

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Subastas de caballos: entre el glamour y la pasión

Enrique Redondo de Lope

Foto: Alex Rolo
The Objective

Si hay un mundo donde la tradición es ley, ese es el de las carreras de caballos. Dinero, apuestas y por supuesto glamour, mucho glamour, hacen de este mundillo un ambiente muy especial, que tiende a respetar unos códigos muy determinados. Grandes fortunas, altos ejecutivos, aristócratas y estrellas del mundo del espectáculo son habituales en los hipódromos de toda Europa. Así, la Reina de Inglaterra, el Jeque de Dubai, los dueños de Chanel, navieros como la familia Niarchos, o banqueros como los Rothschild son propietarios de algunas de las cuadras de caballos más importantes del mundo, y donde la afición se ha ido heredando de padres a hijos.

Subastas de caballos; entre el glamour y la pasión
Glamourosas yeguas en el Hipódromo de Madrid | Imagen vía Alex Rolo

Dicen que todos los caballos de carreras descienden de tres sementales árabes traídos a finales del siglo XVII de Oriente Medio a Inglaterra para ser cruzados con las yeguas británicas. Sea o no verdad, lo que está claro es que rápidamente las carreras de caballos se convirtieron en el pasatiempo favorito de la aristocracia, y desde el Siglo XVIII existe un escrupuloso registro de todos los caballos purasangres de carreras, donde se apunta su genealogía.

Y así, generación tras generación, se han ido mejorando los purasangres, buscando ejemplares más veloces y más resistentes, y donde las grandes fortunas del mundo no escatiman ningún tipo de gasto en la búsqueda del campeón que cruce en primer lugar el poste de meta en carreras tan míticas como el Derby de Epsom. Y toda esta batalla de egos comienza en un ring de subastas, donde los más selectos ejemplares son ofrecidos en pública subasta.

“Porque como dice un viejo dicho del mundo de las carreras, “si comprar fuera fácil, los propietarios de los caballos serían los fondos de inversión”.

El funcionamiento de una subasta de caballos tiene mucho en común con las subastas de arte. Unas semanas meses antes de la fecha fijada para la subasta se publica un catálogo que recoge exhaustivamente todos los datos de cada ejemplar, fundamentalmente su origen y sus blasones familiares.

Unos días antes de la subasta los caballos se desplazan desde las maravillosas yeguadas para que los compradores tengan la posibilidad de examinarnos y estudiarán al detalle su conformación, si tiene algún defecto, y se intenta adivinar cómo evolucionará su físico en un futuro cercano (los caballos a esa edad todavía están en formación). Al margen de expertos y agentes que trabajan para los posibles propietarios, también tienen su espacio los veterinarios especializados en caballos de carreras, que hacen un estudio pormenorizado de los posibles defectos físicos, haciendo hincapié en su conformación ósea y muscular.

Y es que todo influye.

Su físico, sus ancestros, su forma de moverse, como sea de dócil… y, por supuesto, la intuición de los compradores.  Porque la compra de un potro no deja de ser una lotería, dirigida y estudiada, pero lotería al fin y al cabo. Porque como dice un viejo dicho del mundo de las carreras, “Si comprar fuera fácil, los propietarios de los caballos serían los fondos de inversión”.

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La subasta de caballos es un evento de alto standing en todo el mundo | Imagen vía Alex Rolo

“La estrella de la subasta fue un potro irlandés con un físico y un pedigree verdaderamente brillante, que tras alcanzar la cifra récord de 110.000 € no cubrió el precio de reserva fijado por su criador”

El sábado 16 de septiembre se celebró en el coqueto y precioso Hipódromo de la Zarzuela de Madrid la subasta anual de potros de carreras que se celebra en España, y donde los criadores presentaron sus caballos nacidos en el 2016 (todos los caballos cumplen años el 1 de enero, al margen del mes en que hayan nacido). Los mejores ejemplares llegados de las diferentes yeguadas españolas e incluso potros nacidos en Gran Bretaña, hicieron su presentación en sociedad.

Lo primero que llama la atención en la expectación y los nervios que se palpan en el ambiente. Por un lado los criadores verán cómo su trabajo de casi dos años, desde que deciden qué semental cubrirá a su yegua hasta que su caballo es mostrado a los posibles compradores, será valorado en los escasos minutos que su caballo es ofrecido en el ring de subastas, y por otra parte los propietarios tienen que decidir qué ejemplares albergarán en su cuadra durante los próximos años.

Medio centenar de potros salieron a la venta, y en poco más de 2 horas se cruzaron pujas por alrededor de medio millón de euros. La estrella de la subasta fue un potro irlandés con un físico y un pedigree verdaderamente brillante, que tras alcanzar la cifra récord de 110.000 € no cubrió el precio de reserva asignado por su vendedor, lo que significa que el criador no consideró suficiente ese remate para desprenderse de su caballo.

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El funcionamiento de una subasta de caballos tiene mucho en común con las subastas de arte. | Imagen vía Alex Rolo

“Hasta el año que viene todos los flamantes adjudicatarios de la subasta pensarán que tienen en su cuadra al campeón de su generación.”

Hay que recordar que hasta mediados del año que viene no se podrán ver en las pistas a estos ejemplares, y que bastantes de ellos no llegarán ni siquiera a debutar en carreras oficiales por problemas físicos. Y es que esta raza de caballos a los que se podría denominar como los Fórmula 1 de los caballos, son tan veloces como delicados.

Pero hasta el año que viene todos los flamantes adjudicatarios de la subasta pensarán que tienen en su cuadra al campeón de su generación, el caballo que hará palidecer de envidia a sus rivales en este circo de vanidades que se denomina con el anglicismo de turf.

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Rajoy, Trump y Cataluña de fondo

David Blazquez

Cataluña arde. Y Rajoy busca bomberos. Los ha encontrado en Bruselas y en otras capitales, y ahora cruza el Atlántico a traerse bajo el brazo un titular, una palmadita en la espalda, un “Mariano, Make Spain great again”. La reunión con el presidente estadounidense –lo saben los adláteres de Dastis y las gentes de Moncloa–, sin embargo, es de alto riesgo. Las cosas en esta Casa Blanca no funcionan de manera tan linear como antaño.

Las relaciones entre España y EEUU se concentran desde hace años en torno a dos temas fundamentales: las relaciones comerciales y los asuntos de defensa. Con el acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión (TTIP) sepultado, es previsible que Rajoy no le dedique un minuto a un tema que, por otra parte, se decide mayormente desde Bruselas. España es, sin embargo, esencial para la estrategia militar de EEUU. Y es ahí donde Rajoy podría enseñar las cartas de Rota y Morón de la Frontera. La Base Naval de Rota es la base más importante de EEUU en Europa. Con casi 3.000 militares destinados en la zona es, además, base del escudo antimisiles de la OTAN y de cuatro importantes destructores. Morón es desde junio de 2015 base permanente y sede de la Fuerza de Reacción de Crisis para África. La apuesta de EEUU por España desde el punto de vista militar es clara y el rédito por parte española demasiado bajo hasta la fecha. Otro aspecto esencial y con mucha frecuencia olvidado es la presencia cultural de lo español en EEUU. Casi cincuenta millones de hispanohablantes deberían ser un activo indiscutible. Así fue durante la administración Obama. Por desgracia, lo español es, a día de hoy, anatema para gran parte de los votantes de Trump y puede ser difícilmente usado como piedra sobre la que construir la relación con la Administración actual.

La visita de Rajoy a Washington estará marcada de manera inevitable por el 1-O. En su visita a España en 2016, Obama pasó por Rota y lo hizo regalando al gobierno un importante titular al hablar de una “España fuerte y unida”. Si así fue hace más de un año, imagínense a poco menos de una semana del aciago día. El respaldo público y sin fisuras de EEUU es esencial para combatir una causa, la del independentismo, cuya tracción depende en gran medida de la vendimia de legitimidades a nivel internacional. En su conversación, Rajoy probablemente recordará a Trump la relevancia estratégica de España, presumirá de fidelidad y exigirá ayuda con el tema territorial. Las relaciones entre ambos países pasan ahora por un momento relativamente dulce, comparadas con la luna de hiel que siguió al naufragado matrimonio de las Azores. Rajoy, quien ha hecho de la ausencia emblema, acude a Washington con la hoja de servicio sin faltas graves al no haberse sumado activamente al aluvión de críticas vertidas contra Trump desde Europa. En los últimos días, además, el ejecutivo ha ido sazonando la visita con guiños como la expulsión del embajador de Corea del Norte.

Es importante –lo saben en Moncloa– que el apoyo de Trump a la respuesta del gobierno a la crisis en Cataluña sea formulado de manera que encaje en una narrativa institucional duradera. Rajoy no quiere el apoyo de “Trump”, sino de EEUU, por eso irá buscando una frase clara pero no estrambótica, contundente pero fácilmente desvinculable de un presidente al que pocos quieren presentar como mentor. Las posibilidades de que Trump se salga del guión previamente acordado por la Casa Blanca y Moncloa son altas. Evitar uno de esos tweets que abran la enésima Caja de Pandora o un comentario que dé alas a Puigdemont es un objetivo prioritario. Rajoy necesita munición contra el procès, (Cospedal ya ha conseguido unas declaraciones importantes del Secretario de Defensa norteamericano, James Mattis) pero también evitar dar demasiada publicidad a una situación que siempre ha querido mantener a lejos del parloteo internacional. Rajoy el cauto lo sabe: Pedirle ayuda a Trump para calmar una crisis es poco menos que pedirle a un pirómano que te ayude con el incendio en tu cocina.

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