Puerto Hurraco, la tragedia como espectáculo
El escritor Luis Roso desvela los excesos de la prensa y rebate el falso relato del terrible suceso

Luis Roso, el autor de 'Puerto Hurraco: El espectáculo del horror'. | Redes Sociales
El despertar del lunes 27 de agosto de 1990 no pudo ser más abrupto. Una llamada muy temprana del director de El Mundo —periódico que aún no había cumplido el año de vida— alertaba de un suceso terrible en una localidad extremeña. Lo definió como una masacre similar a la de la familia Clutter en la Kansas profunda, que inmortalizó Truman Capote en A sangre fría.
A esas horas, aún se sabía muy poco. La información entonces circulaba a paso de tortuga. El crimen tenía el componente rural de la España profunda, había muchos muertos y heridos, el móvil se debía a un conflicto ancestral entre familias, los asesinos eran dos hermanos enloquecidos dispuestos a acabar con todos sus vecinos… Datos provisionales que calaron tanto en la opinión pública que muchos de ellos aún se dan por buenos hoy en día.
Imagino que, al igual que en muchas redacciones de España, preparamos un plan para hacer frente a semejante suceso. Nuestro periódico se había caracterizado por la utilización de la infografía para contar acontecimientos complejos y este lo era. Qué mejor que un gráfico para explicar un suceso que había permanecido activo durante toda la noche, que se había desarrollado en diferentes lugares de la población.
Así que, convencidos de que eso era lo mejor que nosotros podíamos aportar, enviamos de inmediato a Puerto Hurraco a Mario Tascón, responsable de infografía, junto con el fotógrafo Ángel Casaña, ambos hoy ya fallecidos. Fue un hito en la profesión. Si no me equivoco, era la primera vez que alguien de la sección de gráficos iba de enviado especial, aparte de a los juicios para dibujar los tradicionales bocetos que sustituían a las fotografías. Hasta entonces, los plumillas, únicos enviados junto a los fotógrafos, explicaban por teléfono al infógrafo lo que habían visto para que este elaborara el gráfico de oídas.
Me ha venido esta historia a la mente al leer Puerto Hurraco. El espectáculo del horror (Ediciones B), de Luis Roso. El profesor de Literatura, dedicado a la novela negra en la última década, ha reconstruido el terrible suceso de Puerto Hurraco entrelazando dos relatos. El de la propia tragedia, que se ha visto distorsionada a lo largo de los años por falsedades, lugares comunes, falsedades que a base de repetirlas se han dado por buenas.
Y el del papel nefasto que jugaron los medios de comunicación en el tratamiento de un suceso tan «sabroso» informativamente como este: nueve muertos, entre ellos dos niñas, y una docena de heridos graves, algunos discapacitados de por vida; un pueblo remoto de Badajoz a 150 kilómetros de la capital; con un nombre tan siniestro como Puerto Hurraco; vecino de Zalamea y Fuente Obejuna, inmortalizadas por Calderón y Lope; dos familias enfrentadas desde tiempos ancestrales…
Hay un factor decisivo para que Puerto Hurraco se convirtiera en un Gran Carnaval —el feroz retrato de Billy Wilder de la prensa carroñera— y es que en 1990 acababan de nacer las televisiones privadas. Se sumaron a algunas autonómicas ya en funcionamiento y a TVE, que, aun siendo públicas, no se libraron del amarillismo. Es cierto que las privadas carecían de experiencia en el tratamiento de grandes sucesos, pero no se pueden atribuir los excesos solo a la bisoñez, sino a una competencia feroz que se desató entre todos los canales.
Utilizaron todos los recursos a su alcance. Entre ellos, sus rostros más famosos, donde jugó un papel fundamental la muy popular Margarita Landi, la señora tipo Miss Marple que fumaba en pipa, llevaba pistola y presumía de estrechos contactos policiales cuando, en realidad, pontificaba sobre los sucesos sin más información que lo que leía en los periódicos.
Si las televisiones tiraron de sus caras populares, la prensa escrita intentó dar glamur a aquel suceso tan literario, que recordaba la atmósfera de la España profunda de Los santos inocentes o Pascual Duarte, ambas localizadas en Badajoz, con firmas de escritores consagrados como Juan Madrid, José Antonio Gabriel y Galán o Alejandro Gándara y periodistas reconocidos como Maruja Torres y Gregorio Morán.
Se adornó con tanta literatura la masacre de Puerto Hurraco que acabaron pudiendo más las referencias que se ajustaban más a la idea preconcebida de la España negra que a la realidad de los hechos. Luis Roso ofrece en su libro numerosos ejemplos de lo que él llama «ficciones morbosas», en las que se rebasaron los límites más elementales del respeto a la verdad.
Nunca hasta ahora se había revisado el comportamiento irresponsable de la prensa en Puerto Hurraco. La teoría de Roso es que el análisis de ese comportamiento indigno quedó opacado por otro suceso terrible, solo dos años después, que pasaría a la historia como el mayor abuso del dolor ajeno por parte, sobre todo, de las televisiones. Se trata del crimen de las niñas de Alcàsser en 1992. Para entonces, las televisiones ya habían adquirido la experiencia suficiente para montar platós en los lugares del crimen, desde los que exhibir el dolor de las familiares, o para organizar tertulias en las que se aventuraban todo tipo de teorías conspiranoicas sin fundamento alguno.
Los asesinos de Puerto Hurraco, los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo, sin duda dos personajes sanguinarios y crueles, fueron presentados como dos semianalfabetos, aislados de la sociedad, cuya vida no tenía otro motor que la sed de venganza. «El relato público exigía deshumanizar a los asesinos», según el autor.
En cambio, pocas veces se ha mencionado que eran dos personas trabajadoras, capaces de gobernar rebaños de más de mil cabezas de ganado y con más de diez millones de pesetas en el banco, una cantidad muy respetable entonces. Por cierto, que tampoco se ha escrito mucho sobre el hecho de que se afiliaran al PSOE en 1986 y que tuvieran durante largo tiempo en la fachada de su casa un cartel electoral de Felipe González. ¿Esperaban conseguir algún trato de favor del todopoderoso Partido Socialista en Extremadura? Nunca se ha sabido.
Sus hermanas, Luciana y Ángela Izquierdo, fueron condenadas por los medios y la opinión pública desde el primer momento. Se las acusaba de haber instigado a sus hermanos para cometer el crimen, de manejarlos como a marionetas, incluso desde la distancia. Sin embargo, fueron absueltas por la justicia de cualquier cargo. Eran dos enfermas mentales de gravedad, eso sí, que fueron internadas en un psiquiátrico.
Luciana y Ángela habían abandonado Puerto Hurraco justo antes de la masacre, lo que levantó numerosas sospechas. Fueron a Puertollano, con la excusa de comprarse unas gafas, y luego recalaron en Madrid. Por tres veces, se dirigieron al Palacio de la Moncloa con intención de entrevistarse con Felipe González y las tres veces no consiguieron pasar de la puerta. Se desconoce por qué tanta insistencia en hablar con el presidente. Probablemente también para pedirle algún tipo de intercesión.
Fueron entrevistadas en Chamartín, a bordo del expreso Guadiana, por el periodista de El Mundo Fernando Mas (‘Extrañas en un tren’, tituló su artículo) y por un reportero de Antena 3. La imagen de aquellas dos señoras enlutadas, amedrentadas, sumidas entre sollozos y rezos, era la imagen que permanecería grabada para siempre en la retina de todos los españoles.
Entre los misterios que quedaron sin resolver, destaca el incendio de la casa de los Izquierdo en 1984, en el que murió la madre. Se demostró que el incendio había sido provocado, pero no se abrió una investigación que hubiera convertido la muerte en homicidio. Corrieron rumores de que había sido obra de la familia rival, los Cabanillas, lo que en teoría habría provocado como reacción la matanza de seis años después. Incluso se llegó a decir que los propios hermanos Izquierdo se afanaban en salvar la nevera y otros objetos mientras su madre era devorada por las llamas. Lo que está claro es que ningún vecino ayudó en las tareas de extinción.
Luis Roso sostiene que la tragedia de agosto de 1990 se veía venir y desde las administraciones no se movió un dedo. Tal vez hubiera sucedido igualmente, pero nadie hizo nada por evitarla. Los hermanos Izquierdo tenían permiso de armas concedido por la administración, que había considerado adecuadas sus condiciones «psicofísicas», pese a sus antecedentes violentos. Incluso pudieron comprar centenares de cartuchos días antes de la matanza.
Lo que queda claro para el autor es que la mayoría de los medios de comunicación ignoraron las más elementales normas éticas. Se tomaron imágenes del ataúd abierto de una de las niñas mientras era velada en su casa por sus familiares. Aprovechando que todo el mundo estaba en el entierro de las víctimas, unos reporteros se colaron en la casa de los Izquierdo para intentar robar algún objeto significativo. Un telediario del mediodía entrevistó a los hermanos en directo desde la cárcel.
«Una cobertura periodística en gran medida sonrojante», escribe Roso. Por si fuera poco, «nadie se tomó la molestia de corregir los excesos de entonces. Al revés: estos han continuado reproduciéndose de medio en medio hasta nuestros días». Puerto Hurraco. El espectáculo del horror viene a saldar una deuda con las víctimas, con la verdad y con el pueblo extremeño.
