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Internacional

La fiebre petrolera en Venezuela es amenazada por la realidad

«Venezuela es, para los ojos de Washington y las multinacionales, poco menos que una estación de gasolina en el Caribe»

La fiebre petrolera en Venezuela es amenazada por la realidad

Ilustración generada con IA.

En las horas frenéticas que siguieron al derrocamiento de Nicolás Maduro y la entronización de Delcy Rodríguez como la nueva mejor amiga de Washington, comenzaron a disiparse los sueños de una transición hacia la democracia tras 27 años del régimen autoritario chavista. Poco después quedó claro el verdadero objetivo de Donald Trump al ejecutar una espectacular operación militar que llevaba meses anunciada, pero que fue sorprendente por su precisión: el petróleo.

«Desde enero, hay bancos y fondos de inversión dando vueltas a Venezuela, a la caza de oportunidades, buscando financiar a privados para aumentar la producción con repago en forma de crudo», señala un contratista petrolero que prefiere mantener el anonimato por temor a represalias. «Hay mucha actividad que antes del 3 de enero no existía. Esto es irreversible, no tiene vuelta atrás», dice al estimar que será una ola de inversiones muy superior a la de la apertura petrolera de los años noventa, que fue truncada por Hugo Chávez.

En hoteles de Caracas, los acentos de ejecutivos e ingenieros petroleros se entremezclan y empresas extranjeras buscan oficinas, mientras negocian con el gobierno interino, reanimando el mercado inmobiliario. Algunas grandes firmas esperan verdaderos cambios políticos, institucionales y legales, como que se revisen regalías y tasas, para decidirse a invertir, pero enfrentan un dilema porque temen perder las mejores oportunidades. «Hay una urgencia para aumentar la producción [nacional] y presiones fuertes para lograrlo a finales de año. El que no aumente, lo multan o le quitan el contrato», advierte esta fuente.

Venezuela es, a ojos de Washington y las multinacionales del petróleo, poco menos que una estación de gasolina en el Caribe, herrumbrada por años de abandono y que ahora hay que rehabilitar. En medio del acoso y bloqueo impuesto por EEUU en la segunda mitad de 2025, el país debió paralizar campos petroleros mientras se desbordaban sus inventarios de crudo en tierra y en alta mar. Como resultado, la caída del PIB petrolero se extendió hasta el primer trimestre de este 2026.

En momentos en que el mundo vive la incertidumbre de los mercados de hidrocarburos, primero por las secuelas de la guerra de Rusia contra Ucrania, y después por el enfrentamiento de Israel y EEUU contra Irán, cobra renovado valor el papel de Venezuela como otro centro petrolero mundial fuera de zonas de conflicto, como es América. Después de todo, antes de la llegada de la plaga chavista, ya este país llegó a ser el sexto exportador dentro de la OPEP, y en la II Guerra Mundial los cargamentos de combustibles venezolanos jugaron un papel importante en el triunfo de los aliados sobre  el Eje.

Por eso, cuando en medio de la euforia por el triunfo sobre el chavismo Donald Trump anunciaba supuestas inversiones por hasta 100.000 millones de dólares (unos 86.200 en euros) en Venezuela e invitaba a grandes petroleras para que pusieran la pasta, se despertaron enormes expectativas sobre un rápido aumento de la producción que hoy también chocan con la realidad. Otra de las limitaciones es la falta de personal calificado.

«Habrá que importar gente», dice un ejecutivo petrolero al advertir que los profesionales del petróleo se fueron con la diáspora, y si no hay condiciones estables para regresar, ni apostarán por el país ni arriesgarán la estabilidad alcanzada afuera. Como una de sus primeras acciones de gobierno, el chavismo, con la impronta de Delcy, reformó la Ley de Hidrocarburos para abolir tres décadas de proclamas socialistas principistas que prohibían por completo la participación de empresas privadas en las fases neurálgicas del negocio, como extracción y comercialización del petróleo.

Por lo pronto, EEUU controla las exportaciones de crudo de Venezuela, a través principalmente de dos grandes navieras, Trafigura y Vitol Group. Los dineros producto de estas ventas son depositados en un fondo especial controlado por el Departamento del Tesoro de EEUU, en un modelo inédito de tutoría sobre el principal motor de la economía venezolana. Una reconversión que necesita tiempo y dinero.

En medio de esta extraña situación geopolítica, en los campos petroleros de Venezuela queda claro que la industria necesita reformas profundas, institucionales y cotidianas para dejar atrás un modelo ineficiente, corrupto y precario que llevó a desperdiciar o a dejar bajo tierra las que se suponen son las mayores reservas de crudo del mundo en un solo lugar, con unos 302.000 millones de barriles. Venezuela posee el 20% de las reservas mundiales de petróleo, y eso bien le ha valido a EEUU más que una misa, un desembarco militar.

Por lo pronto, Trump ha ordenado dejar fuera a los nuevos negocios petroleros a compañías de Rusia, China, Irán y Cuba, con lo que se anotó su primer triunfo estratégico comercial. Ya por aquí han reforzado sus operaciones gigantes conocidos en la plaza como Repsol, ENI, Chevron, Shell y BP.

El regreso de ExxonMobil, que desde hace semanas comenzó a buscar oficinas en Caracas, según fuentes de la competencia, será un abreaguas. El NYT reporta que la mayor petrolera del mundo negocia el regreso al país para operar seis bloques, en un acuerdo que pondría fin a un largo conflicto legal y monetario con el Estado venezolano, iniciado cuando hace 20 años el fervoroso militar populista Hugo Chávez ordenó expropiarle sus activos.

Pero, aunque la transición democrática en Venezuela está lejos, al igual que unas elecciones libres y una reforma institucional, la industria petrolera espera su propia transición mientras enfrenta los problemas típicos del país, que van desde los apagones diarios hasta la corrupción y los constantes accidentes de gravedad.

El segundo mayor productor privado de petróleo en Venezuela después de Chevron es la firma mixta Petrozamora, con 120.000 barriles por día. La empresa socia de PDVSA es controlada por el empresario venezolano Alejandro Betancourt, un recordado bolichico, a través de su firma North American Blue Energy Partners.

Betancourt, ya denunciado por supuestos sobreprecios en compras de equipos para la arruinada red termoeléctrica nacional, aparece como imputado por el juzgado de instrucción número 5 de la Audiencia Nacional de España, que investiga una presunta red de blanqueo de capitales procedente de PDVSA.

Pero ha sido beneficiario de uno de los mecanismos de asignación directa de contratos petroleros operativos, dados sin licitación por el chavismo entre sus allegados. Este mecanismo ha sido clave en el aumento de la producción en los últimos años, hasta 1,2 millones de barriles diarios, pero sigue siendo opaco y fuera de cualquier licitación, auditoría, contraloría o publicación de información oficial certificada.

«El problema más grave de la industria petrolera venezolana es la corrupción», dice el empresario al denunciar que tienen que pagar a funcionarios la mitad del valor de un contrato si quieren cobrar una obra o servicio pendiente de PDVSA. Según el dirigente sindical Iván Freites, la seguridad industrial en la estatal Petróleos de Venezuela está colapsada. «Hoy los accidentes ocurren diariamente en refinerías a instalaciones petroleras», reporta en sus redes Freites, quien se atrevió a regresar del exilio hace pocas semanas.

Los índices de accidentabilidad superan todos los límites internacionales: más de 20 eventos por cada millón de horas, según las fuentes sindicales, comparado con 0,35 de Saudi Aramco o 0,16 de Shell. Hace pocos días estalló una planta de compresión de gas natural en el lago de Maracaibo, llamada Lamargas, dejando un muerto y seis heridos. La unidad es operada por la empresa China Concord. El accidente, además, compromete los planes para elevar la producción de crudo en esa provincia petrolera, pues en Venezuela el gas es principalmente reinyectado a los yacimientos de crudo, o simplemente quemado y arrojado a la atmósfera.

Mientras, una alta ejecutiva de Chevron en Venezuela, Susana Brugada, advierte por primera vez en público el impacto de los constantes apagones en la producción petrolera. Cada pestañeo de la luz saca de operaciones hasta 40 pozos de una sola vez y después se requiere tiempo para ponerlos en marcha, señala.

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