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Internacional

El desesperante atasco de la crisis venezolana

El interés de Washington son el petróleo y otras riquezas de Venezuela, no la democracia. Trump ya lo ha dejado claro

El desesperante atasco de la crisis venezolana

Delcy Rodríguez. | EP

En el chavismo 3.0, el régimen de Delcy Rodríguez hace alardes de una supuesta legitimidad, popularidad, control de las instituciones, normalidad y continuidad administrativa pese al defenestramiento el 3 de enero de su principal líder, el ya desdibujado Nicolás Maduro.

La arriesgada jugada geopolítica de Donald Trump para atrapar a un hombre que no tenía apoyo popular y era considerado ilegítimo en el cargo tras el alegado fraude electoral del 28 de julio de 2024, ha provocado daños colaterales que afectan a la institución de todo el Estado venezolano y la vida de cada uno de sus nacionales, a los que están dentro y los que están fuera del país.

La incursión de tropas de EEUU el 3 de enero no solo supuso una derrota militar del chavismo: en estos cuatro meses toda Venezuela perdió por completo su soberanía económica, la gestión de recursos por exportaciones, el control que le quedaba sobre su industria y reservas petroleras y el futuro uso de los yacimientos de minerales preciosos, estratégicos y convencionales en su territorio. 

El país también perdió la soberanía para decidir cuándo y de qué manera hacer unas elecciones presidenciales libres, democráticas y transparentes que sirvan para cubrir la falta absoluta de Maduro, que ejercía de facto la presidencia y jefatura de Estado. Hasta la oposición perdió su propio albedrío porque todas sus acciones estratégicas, como las necesarias negociaciones con el chavismo, el regreso al país de sus líderes o su propuesta de un cronograma electoral, deben ser consultadas y aprobadas por la administración de Trump. 

El interés de Washington son el petróleo y otras riquezas de Venezuela, no la democracia. Trump ya lo ha dejado claro. Su alfil Marco Rubio insiste en un plan de tres fases que incluye estabilización, recuperación económica y, ojalá algún día, transición hacia unas elecciones. Pero, como en un rompecabezas con fichas faltantes, cada día queda más claro que no hay recuperación económica.

Y sin legitimidad en el ejercicio del poder político que salga de unas elecciones libres, no será posible recuperar de manera sostenida la soberanía, la institucionalidad, la economía, ni las condiciones de vida de millones de personas. En Venezuela, hay que recordarlo, están las mayores reservas de petróleo concentradas en un solo país, con 20% del total mundial; también hay enormes yacimientos por cuantificar de oro, diamantes, coltán, alúmina y mineral de hierro.

El discurso pro-Trump y los ‘Magaven’ (hagamos a Venezuela grande otra vez) alegan que ya esos recursos estaban en manos de las malas compañías del chavismo, es decir, Rusia, China, Irán, Cuba y otros socios del club del mal, y que, puestos a escoger, es mejor estar en manos de compañías occidentales. Si son estadounidenses, mejor.

Pero en esta especie de neo-Puerto Rico sin derecho a visado, hasta el destino financiero de las futuras generaciones está en manos de Washington. Al hermano mayor le interesa reflotar la industria petrolera venezolana para asegurarse más flujos de petróleo fuera del escabroso Oriente Próximo. También le conviene que el país pague una deuda externa en mora de hasta $180.000 millones, donde los principales afectados, además de los propios venezolanos, son tenedores de bonos en el mercado financiero internacional, empresas estadounidenses expropiadas, organismos multilaterales y hasta China.  

Pero refinanciar esta deuda será un arduo y complejo proceso de negociaciones que, según la experiencia de otros países, necesitará al menos cuatro años para completarse. También necesitará del sello institucional y del compromiso de Estado de un gobierno legítimamente electo.

Pero esas elecciones no tienen fecha. Ni siquiera un calendario o cronograma, porque dependen del inescrutable oráculo de Trump y sus propios intereses. Mientras, los enormes flujos financieros que requiere el país no tienen cómo llegar porque justamente nadie invierte masivamente ni le presta a un país que debe hasta el modo de andar y no tiene instituciones sólidas. 

Y el refinanciamiento de esta deuda y las formas de hacerlo también dependen de Washington y de su entramado de sanciones y licencias con las que administra la economía venezolana y hasta la reputación de los dirigentes chavistas.

Mientras tanto, Delcy, la consentida de Donald Trump, recorre el país como en campaña electoral anticipada, con caravanas de su séquito de funcionarios y militantes de su Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). En sus cuentas de redes sociales y en el mendaz aparato estatal de propaganda y desinformación, promueve sus actos públicos e intenta proyectar tranquilidad, calma y capacidad. 

Se esfuerza por querer convencer a millones de empobrecidos venezolanos de que las cosas por aquí andan mejor imposible. Su mensaje afirma que solo hace falta que Estados Unidos y la Unión Europea terminen de levantar de una vez todas las sanciones para que este país de marras se encuentre bailando el vals de la fortuna en un futuro luminoso.

Pero Delcy tiene un 25% de aprobación y un 58,7% de desaprobación, según la encuesta de mayo Latam Pulse, de las firmas Atlas Intel y Bloomberg. En febrero pasado, cuando hasta los indecisos le daban el beneficio de la duda, llegó a tener un 37% de aprobación y un 44% de rechazo.

La presidenta interina tiene una imagen negativa para el 59% de los entrevistados, y solo el 22% le dan una positiva. En contraste, el 55% le otorga una imagen positiva a la líder opositora María Corina Machado, con un 24% viéndola con malos ojos. Lo cierto es que el 48,9% ya considera el Gobierno de Delcy como «malo o muy malo» (33% en febrero), y un 38% «regular». El 79% considera la situación del país como «mala».

Los principales problemas superpuestos del país siguen siendo los mismos: la corrupción domina con 60,7%, seguida de la pobreza, desempleo y falta de oportunidades (35%) y falta de democracia (31%).

Autoritarismo 3.0 bendecido por Trump

 Este modelo avanzado del chavismo pos-3 de enero busca proyectar supuestos atributos que le han sido conferidos por Washington, no por los votantes venezolanos. Por aquí, el autoritarismo reencauchado quiere proyectar reconocimiento internacional, al paso que promociona visitas de ejecutivos petroleros, reuniones con embajadores extranjeros, anuncios de supuestas inversiones y hasta da pasos para abordar la deuda externa, una de las más altas del mundo en proporción al tamaño de la economía.

Pero dentro del país las familias promedio siguen sufriendo por el desempleo y el subempleo, la inflación, la constante devaluación de la moneda, la falta de oportunidades, los apagones diarios, la falta de agua, de combustibles, de asistencia social, hospitales públicos y escuelas que funcionen.

Desde el 1 de enero hasta el cierre de mayo, el precio del dólar oficial reportado por el Banco Central de Venezuela ha aumentado un 83% y la moneda se ha devaluado un 45%. El 30 de mayo se acumula una devaluación del 82% y la moneda estadounidense ha subido un 470% de precio.

Venezuela depende casi por completo de las importaciones. Por eso el aumento del dólar marca el ritmo de la tasa de inflación, que sigue siendo de muy lejos la más alta del mundo. La única política de compensación social del sistema chavista es el pago de unos bonos sin impacto en prestaciones salariales para completar un sueldo mínimo que equivale a unos 20 centavos de dólar (17 céntimos) por mes.

Ese ingreso mínimo total equivale a 240 dólares (unos 205 euros), lejos de la canasta familiar básica de alimentos, que cuesta 730 dólares (unos 626 euros) mensuales para un hogar de cinco personas. En Caracas la comida es más cara que en Madrid o en Londres; dan fe los que por aquí llegan a ver lo que está pasando.

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