Laura Núñez y Victoria Espinosa, psicólogas, alertan de la trampa del 'niño bueno': «Si no se queja y siempre ayuda puede estar sufriendo»
Publican un cuento sobre parentificación, una inversión de roles en la que niños y niñas terminan cuidando de los adultos

Los peligros de la parentificación | Freepik
Hay niños que dan problemas y otros que nunca los dan. Los primeros suelen preocupar a padres y profesores. Los segundos, en cambio, reciben elogios: son responsables, maduros, obedientes, ayudan en casa y siempre están pendientes de los demás. Pero ¿qué ocurre cuando un niño parece demasiado bueno para su edad?
A veces, detrás de esa madurez precoz no hay una personalidad excepcional, sino una carga invisible. Una responsabilidad emocional que nunca debió recaer sobre sus hombros. Es lo que los psicólogos llaman parentificación: una inversión de roles en la que niños y niñas terminan cuidando de los adultos, mediando en conflictos familiares o asumiendo tareas y preocupaciones que no les corresponden.
Esta realidad, tan frecuente como poco conocida, es el punto de partida de ¡Eso no me toca a mí!, el primer cuento infantil que aborda de forma directa este fenómeno. La protagonista es Maca, una niña a la que le encanta ayudar. Cada vez que lo hace, le crece una capa que al principio la hace sentirse como una superheroína. Sin embargo, poco a poco, esa capa empieza a pesar demasiado: le impide jugar, dibujar, expresarse o incluso dormir. Al final, lo que parecía un superpoder acaba convirtiéndose en una carga.
El libro, publicado por la editorial Peonza e ilustrado por Sara del Arco, nace de años de experiencia clínica acompañando a menores y familias en situaciones complejas de dos profesionales: Victoria Espinosa Lorenzo, doctora en Psicología e investigadora en el Parc Sanitari Sant Joan de Déu, y Laura Núñez Moreno, psicóloga y terapeuta EMDR especializada en infancia, adolescencia y adultos. Hablamos con ellas sobre la peligrosa ‘trampa del niño bueno’, la carga invisible que sostienen muchos menores y la importancia de aprender a decir, sin culpa: «Eso no me toca a mí».
La ‘trampa’ del ‘niño bueno’
La parentificación suele esconderse detrás de comportamientos que los adultos tienden a premiar. Niños que ayudan demasiado, que parecen más maduros que sus compañeros o que nunca causan problemas pueden estar asumiendo responsabilidades emocionales impropias de su edad. Los expertos distinguen entre la parentificación instrumental —cuando el menor asume tareas domésticas o de cuidado— y la emocional, que se produce cuando se espera que el niño sostenga el bienestar psicológico de los adultos. Esta última suele asociarse a consecuencias más negativas para el desarrollo.
Numerosos estudios han demostrado que crecer bajo esta dinámica puede aumentar el riesgo de ansiedad, depresión, estrés crónico, baja autoestima y dificultades en la regulación emocional. Una investigación publicada en 2017 halló que quienes habían asumido mayores niveles de cuidado emocional o instrumental durante la infancia presentaban también mayores niveles de ansiedad, depresión y estrés en la vida adulta. Asimismo, estudios más recientes han confirmado la relación entre la parentificación y diversos problemas de salud mental, especialmente cuando el menor percibe que la carga asumida fue injusta o excesiva.
No se trata de que los niños no hagan nada o no colaboren, sino de que puedan identificar qué les corresponde y qué no
Las consecuencias no terminan en la infancia. La ciencia también ha observado que los niños parentificados pueden desarrollar dificultades para establecer límites, pedir ayuda o construir relaciones equilibradas en la edad adulta. Algunas investigaciones han hallado asociaciones entre la parentificación temprana, estilos de apego inseguros, problemas de intimidad, tendencia a priorizar constantemente las necesidades de los demás y un mayor riesgo de relaciones poco saludables. Sin embargo, los expertos matizan que no toda experiencia de asumir responsabilidades tiene efectos negativos, ya que cuando estas son temporales, proporcionadas a la edad del niño y reconocidas por los adultos, pueden favorecer la empatía, la responsabilidad y la autonomía. El problema surge cuando la infancia queda relegada y el menor se convierte, de forma permanente, en quien cuida en lugar de ser cuidado.

PREGUNTA. ¿Por qué escribir y publicar un cuento sobre la parentificación? ¿Creéis que es un problema del que se habla poco?
RESPUESTA. Nosotras nos conocimos trabajando en un centro de psicología en el que atendíamos tanto a niños, niñas y adolescentes con sus familias como a personas adultas. Y aunque con frecuencia observábamos parentificación en sus historias de vida, no encontramos recursos para trabajar esta realidad, así que decidimos crear uno. Tras la publicación del cuento, estamos confirmando que se habla poco de la parentificación, ya que nos encontramos desde personas que desconocían el término, hasta otras que no eran conscientes de las consecuencias de que niños y niñas asuman responsabilidades que no les corresponden. También hemos recibido comentarios sobre la necesidad de que existiera un recurso así, tanto de personas que se han visto reflejadas con la historia de Maca como de profesionales.
P. En el cuento, Maca se siente como una superheroína al principio. ¿Cómo pueden detectar los padres o profesores cuando esa ‘satisfacción de ayudar’ se convierte en una carga tóxica para el niño?
R. La satisfacción por ayudar es algo positivo que debemos cultivar en los menores. Colaborar y sentirse útiles dentro de la familia ayuda a desarrollar la empatía, la responsabilidad y el sentido de pertenencia. Sin embargo, el problema aparece cuando esa ayuda no es acorde a su edad o pasa a convertirse en una responsabilidad imprescindible para el funcionamiento familiar. Algunas señales de alerta aparecen también reflejadas en el cuento. Sin desvelar demasiado, vemos cómo Maca se preocupa en exceso por el bienestar de los adultos o cómo le cuesta jugar y relajarse. En esos casos, la “capa” que al principio parecía algo positivo puede estar convirtiéndose en una carga demasiado pesada.
La satisfacción por ayudar es algo positivo que debemos cultivar en los menores. Sin embargo, el problema aparece cuando esa ayuda no es acorde a su edad o pasa a convertirse en una responsabilidad imprescindible para el funcionamiento familiar
P. ¿Es más común que esto ocurra en niñas que en niños?
R. Falta todavía mucha investigación sobre la parentificación, pero entre los estudios que hemos revisado hay algunos que hablan de que las niñas son parentificadas con más frecuencia que los niños y otros que detallan de que no hay diferencias significativas en cuanto al género. Lo que sí nos encontramos es que las dificultades que viven las familias de estos niños y niñas, sumadas a la falta de recursos con la que se encuentran, son importantes factores de riesgo.
Un niño que ‘no molesta’ o que parece muy maduro puede resultar más fácil de gestionar. Pero cuando únicamente reforzamos estos aspectos podemos fomentar que los niños relacionen su valía con lo que hacen y no con quiénes son
P. Solemos alarmarnos cuando un niño se porta ‘mal’, pero socialmente premiamos al niño que no molesta. ¿Qué riesgos tiene reforzar constantemente al niño ‘perfecto’, ‘maduro’ o ‘responsable’?
R. Es comprensible que los adultos refuercen estos comportamientos. Vivimos en un mundo muy adultizado, donde muchas familias tienen dificultades para conciliar y donde, por ejemplo, en el ámbito educativo, los y las docentes están sobrecargados. En ese contexto, un niño que “no molesta” o que parece muy maduro puede resultar más fácil de gestionar. Sin embargo, cuando únicamente reforzamos estos aspectos podemos fomentar que los niños relacionen su valía con lo que hacen y no con quiénes son. Esto puede llevarles a desarrollar niveles muy altos de autoexigencia, a sentir que siempre tienen que estar a la altura y a no permitirse descansar, disfrutar o expresar otras necesidades. Todo ello, poco a poco, puede generar una desconexión de sus propias necesidades y una tendencia a poner siempre a los demás por delante, incluso cuando eso implica un coste.
P. ¿Por qué es tan importante que un niño aprenda a decir esta frase sin sentir culpa?
R. El título del cuento, ¡Eso no me toca a mí!, resume muy bien el objetivo que buscamos: que los niños y niñas puedan llevarse un mensaje asertivo y aprender a poner límites. Pero no se trata de que los niños no hagan nada o no colaboren, sino de que puedan identificar qué les corresponde y qué no. Además, sabemos que una de las principales dificultades de los niños y niñas que asumen demasiadas responsabilidades es expresar su malestar o enfadarse. Por eso, cuando un niño puede decir “esto no me toca” sin sentir culpa, al igual que otro límite, está desarrollando una base muy importante para su autoestima y su autonomía.

Parentificación y carga mental
Cuidar hermanos pequeños, actuar como mediador en conflictos familiares, convertirse en el apoyo emocional de un progenitor o asumir tareas propias de los adultos son algunas de las formas que puede adoptar la parentificación.
P. ¿Qué consecuencias tiene crecer siendo el “cuidador” de la familia? ¿Y cómo afecta eso a la vida adulta?
R. Por nuestro ámbito de especialización podemos ver más niños y niñas que intentan cuidar emocionalmente a los adultos, guardar secretos familiares o mediar en conflictos, pero también existen capas que tienen que ver con cuidar a familiares con enfermedades físicas, asumir gestiones como la traducción al llegar a un nuevo país, etc. Hoy vemos grandes dificultades para conciliar, con frecuencia debidas a las condiciones sociolaborales, que causan que las personas adultas de las familias no puedan dedicar todo el tiempo necesario a la crianza y por tanto que niños y niñas tengan que asumir situaciones como mucho tiempo solos, hacerse cargo de hermanos/as pequeño/as, etc. Es necesario que las familias cuenten con más apoyos.
Cuando se produce la inversión de roles y los niños y niñas cuidan en lugar de ser cuidados, sin tener espacio para la expresión y satisfacción de sus necesidades, pueden crecer desconectados de lo que sienten y necesitan, con dificultades para expresarse y desarrollar su identidad
P. ¿Soléis verlo más, o es más común, en padres divorciados o separados? ¿Y en hermanos mayores?
R. La causa de la parentificación no es la separación de los padres en sí misma sino cómo esta se gestiona. Si el niño o la niña intenta mediar entre ellos o sostenerlos emocionalmente es cuando encontramos la parentificación. En cuanto a los hermanos, es cierto que puede ser más probable que aparezca en los hermanos mayores, ya que de forma más natural se les atribuyen más responsabilidades que a los pequeños. Sin embargo, tendremos que ver el contexto. Por ejemplo, puede ocurrir que un hermano mayor tenga más necesidades, debido a una enfermedad física, problemas de salud mental o a un trastorno del neurodesarrollo, y que sea el hermano pequeño quien termine asumiendo un rol de cuidado. Por eso, más que el orden de nacimiento, lo relevante es la dinámica que se establece dentro de la familia.
P. ¿Hay alguna relación entre parentificación infantil y dificultad para pedir ayuda en la adultez? ¿Y con la ansiedad, depresión…?
R. No podemos hablar de un perfil porque cada persona y situación son diferentes y hay distintas variables que median entre la realidad vivida y la parentificación. Cuando se produce la inversión de roles y los niños y niñas cuidan en lugar de ser cuidados, sin tener espacio para la expresión y satisfacción de sus necesidades, pueden crecer desconectados de lo que sienten y necesitan, con dificultades para expresarse y desarrollar su identidad, es decir, saber quiénes son más allá de lo que hacen. En la edad adulta podemos encontrar dificultades en la regulación emocional, trastornos emocionales, como ansiedad o depresión entre otros, y una vulnerabilidad para entrar en relaciones abusivas.
El papel de los adultos
La parentificación no suele surgir por mala intención, sino por dinámicas familiares complejas, falta de apoyos o dificultades para conciliar. Por eso, detectar el problema a tiempo resulta fundamental. Padres, madres, profesores y otros adultos cercanos pueden desempeñar un papel clave para evitar que la carga siga creciendo.
P. A veces los padres vuelcan sus frustraciones en los hijos sin darse cuenta. ¿Qué trabajo personal deben hacer los progenitores para evitar ponerle esa ‘capa’ a sus hijos?
R. Principalmente, conocer el desarrollo de niños y niñas, qué pueden esperar y qué necesita la infancia en cada etapa. A veces los adultos repiten la crianza que vivieron cuando eran niños/as sin saber que hay algo que no está bien. Y, en ocasiones, pueden necesitar un proceso terapéutico para trabajar su historia de vida y que las dificultades no pasen de generación en generación.
Puede ocurrir que el niño continúe funcionando “bien” durante años, pero a costa de un gran esfuerzo interno. En esos casos, las consecuencias pueden aparecer más adelante, en la adolescencia o en la vida adulta.
P. ¿Qué edades suelen tener los niños cuya ‘capa’ pesa tanto que ya hay síntomas visibles?
R. Los síntomas pueden aparecer a distintas edades, incluso en la infancia temprana, pero con frecuencia se hacen más visibles en la etapa escolar. Por eso el libro está recomendado a partir de los 6 años, aunque también tenemos muchos lectores más pequeños que lo leen acompañados de un adulto, ya que las ilustraciones ayudan mucho a comprender la historia. La prevención es muy importante. Cuanto antes se pueda hablar de este tema, de una forma sencilla y divertida, como a través de este cuento, mejor.

P. En el libro, la profesora es la clave para que los padres se den cuenta de que no lo están haciendo bien. ¿Qué señales de alerta debería ver un docente para sospechar que un alumno está sufriendo de parentificación? ¿Creéis que los profesores podrían darse cuenta de esto?
R. Las señales de alerta pueden verse observando niños y niñas que parecen demasiado maduro/as, responsables, que están muy pendientes de los demás, que tienen dolores de tripa o cabeza sin explicación, que no juegan, etc. Y mirando más allá de dichas señales, explorando qué está pasando en casa, por ejemplo. Los profesores pasan muchas horas con los niños y las niñas y pueden observar, además del rendimiento académico, cómo se relacionan, cómo se expresan, cómo hablan de lo que pasa en casa, si llegan cansados, etc. El mayor obstáculo puede tener que ver con que en muchas ocasiones los profesores no cuentan con todos los recursos necesarios, pero hay familias que llegan a terapia por recomendación de los profesores, así que sí, son clave para darse cuenta y pueden hacerlo.
P. ¿Y qué ocurre cuando nadie se percata de la carga que sufre el niño? ¿Cómo pueden darse cuenta las personas que le rodean?
R. Algunas señales de alerta aparecen reflejadas en el cuento. De nuevo, sin desvelar demasiado, vemos cómo, la “capa” de la protagonista que al principio parecía algo positivo se convierte en una carga pesada. Maca comienza a tener dificultades para jugar, atender en clase… incluso dormir. También puede ocurrir que el niño continúe funcionando “bien” durante años, pero a costa de un gran esfuerzo interno. En esos casos, las consecuencias pueden aparecer más adelante, en la adolescencia o en la vida adulta.
El libro como herramienta terapéutica
Reconocer que un niño está cargando con responsabilidades que no le corresponden es el primer paso. El siguiente consiste en reparar. A través de la historia de Maca, las autoras ofrecen una herramienta para que familias, docentes y profesionales puedan poner nombre a esta realidad y comenzar a transformarla.
P. ¿Cómo influyen las propias heridas de infancia de los padres en esta dinámica?
R. Pueden influir en cómo se relacionan con sus hijos, pero debemos analizar cada caso de manera individual. Cuando identificamos que existe parentificación, trabajamos junto con los padres para comprender la causa. En algunos casos, los propios adultos han crecido teniendo que asumir responsabilidades excesivas o sin haber contado con modelos de crianza, por lo que pueden repetirlo de forma inconsciente. Por eso, revisar la propia historia personal puede ser un trabajo necesario.

P. ¿Qué mensaje les daríais a los padres que, al leer el cuento, se sienten identificados y culpables? ¿Qué trabajo personal recomendaríais a los adultos que se reconocen en esta historia?
R. Durante la creación del cuento, para nosotras ha sido importante no buscar culpables. La parentificación tiene que ver, en muchas ocasiones, con una falta de recursos y herramientas, no con una intención de dañar. Recomendamos a los adultos que se sientan identificados con los padres de Maca que busquen las causas de lo que está ocurriendo, pidan ayuda para obtener los recursos que necesiten y reparen lo ocurrido, empezando por reconocerlo a sus hijos e hijas. Y a los adultos que se identifiquen con Maca, que validen lo vivido, que reflexionen sobre las consecuencias que ha tenido y que busquen una reparación que puede pasar por compartir su historia con personas de confianza o por buscar un proceso terapéutico.
P. ¿Cómo se empieza a reparar una dinámica de parentificación ya instaurada?
R. Uno de los objetivos del cuento, así como de las actividades y talleres que estamos realizando, es que los progenitores, otros adultos y profesionales que trabajan con menores puedan reconocer estas señales. Como ocurre con muchos fenómenos psicológicos, el primer paso es ponerle nombre y reconocerlo. En ese sentido, sabemos que los cuentos pueden ser una herramienta muy útil, tanto para los adultos como para los niños, porque permiten hablar de temas complejos con un lenguaje sencillo y accesible.
A partir de ahí, dependiendo de las causas y de las consecuencias de la parentificación, las intervenciones pueden variar. En algunos casos puede ser suficiente con una reflexión individual o familiar y con hablar abiertamente de lo que está ocurriendo. En otros, puede ser necesario un proceso de psicoterapia que acompañe tanto al niño o la niña como a los padres.
P. Sin hacer mucho spoiler, Maca, al final, se quita la capa. ¿Cómo cambia la vida de un niño cuando se le devuelve el “permiso” para ser simplemente un niño? ¿Qué ocurre psicológicamente cuando un niño recibe el mensaje claro de que no tiene que cuidar a los adultos?
R. Es reparador. En primer lugar, el niño o la niña se siente visto, comprende qué ha estado ocurriendo y por qué se sentía de determinada manera. Cuando este reconocimiento, además, se acompaña de cambios en la dinámica familiar, observamos cómo los síntomas comienzan a disminuir. En el caso de Maca, por ejemplo, vemos cómo puede volver a dormir y recuperar poco a poco espacios propios de su infancia.. En el cuento se ve de forma muy clara la reparación desde la familia con ayuda de la profesora.
P. Y, por último, ¿qué ocurre cuando un adulto se da cuenta de que ha llevado una ‘capa’ pesada desde su niñez? ¿Cómo se siente? ¿Qué protocolo ha de seguir?
R. Darse cuenta puede tener un impacto que incluya emociones como vergüenza, culpa o rabia, hacia uno mismo o hacia los cuidadores. Es importante darse tiempo, entender por qué ocurrió lo que ocurrió, reflexionar sobre las consecuencias que ha tenido y sobre qué se necesita ahora: desde compartir la experiencia con alguien de confianza o las personas implicadas, hasta buscar un proceso terapéutico.
