Del cielo al infierno, un gol
«Todos cantaremos victoria. La haremos nuestra. Nos olvidaremos por un instante de nuestras calamidades»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Confiábamos en que, en el estercolero político en el que nos hemos acostumbrado a vivir —¿hay límites o rayas rojas?—, el Mundial de fútbol distrajera a la siempre sufrida opinión pública. Pan y circo. Olvidemos los escándalos y la corrupción con los que convivimos alegremente junto a un partido de los nuestros. Nos habían metido en la cabeza que la Selección somos todos, vaya, como Fernández Ordóñez inventó aquel eslogan de que Hacienda lo éramos y por eso instaba a hacer la declaración de la renta. Todos igual, sin atajos ni trapacerías. Luego ya se vio lo que era la igualdad a la hora de contribuir al desarrollo de un país.
Con el balón nos ha pasado lo mismo. Son jugadores muy buenos, y tal vez lo sean, nos lo han dicho hasta el machaque los medios de comunicación deportivos. ¡Ay, Dios mío, la objetividad de los comentaristas de prensa futbolera, que tan groseramente nos manipulan hasta enloquecernos y hacernos creer que somos los mejores! Y nos lo asegura el seleccionador nacional, Luis de la Fuente, con esa mirada y discurso de párroco de iglesia de barrio popular, que tuvo que quitarse la corbata al ver el ridículo que nuestros futbolistas hicieron frente a Cabo Verde. Su guardameta se ha hecho famoso a sus 40 años; hasta nos hemos aprendido su apellido, mientras que uno de sus compañeros fue seleccionado a través de LinkedIn.
Eran De la Fuente y los chicos los que nos convencían, a través de la cansina publicidad de la tele, de que esta vez sí, que íbamos a repetir la hazaña de hace 16 años (y aún es posible), cuando España conquistó su primera y hasta ahora única copa mundial gracias al histórico gol de Andrés Iniesta. «Iniesta de mi vida», como gritó emocionado en la tele el entrenador José Antonio Camacho. Nada que ver con la contención y educación del por entonces seleccionador Vicente del Bosque, hoy marqués de Del Bosque. Toda una categoría y una clase de la que carecemos en el fútbol y en tantos ámbitos de nuestra vida, empezando por la política.
¡Ay, Dios mío!, la política y nuestros políticos, que cada día chapotean en la porqueriza nacional y que han tenido que ver cómo el papa León XIV, en su intervención en las Cortes durante su visita, les leía la cartilla y ellos, hipócritas o simplemente oportunistas, le aplaudían a rabiar al final de su discurso durante siete u ocho minutos, que ya no sabemos cuánto duró su sensación de felicidad. No pasaron ni dos días para que los principales dirigentes volvieran al insulto. Ahí no se salva nadie, desde la ultraderecha hasta la extrema izquierda y los partidos nacionalistas. Una diputada de esos grupos retuvo durante unos instantes al Papa para pedirle que en Barcelona hablara catalán. ¿Sirve de algo recordar su nombre? No lo merece. Ella quiso enseñarle diplomacia a la madre mundial de la diplomacia.
Pero el fútbol es otra cosa, nos dicen. La pelota nos une porque, además, los chicos son muy buenos. Y quizá lo sean. Lo único que se le ocurrió al seleccionador al término del primer partido fue declarar que llevan no sé si 32 partidos sin perder. Nada. Ni una palabra de autocrítica. Uno de sus jugadores, que acaba de salir de una grave lesión y juega con el Arsenal en la Premier, me pareció inteligente cuando declaró que, según él, no ha habido ningún muerto después del empate con Cabo Verde, equipo que ocupa, creo, el puesto 67 en la clasificación de la FIFA.
Y es verdad, no ha habido ningún muerto. Ni «hemos» perdido ni «nos» han goleado. Que yo sepa, ni ustedes ni yo jugamos el partido, pero nos gusta integrarnos en el plural tan nuestro, tan solidario. Lo vivimos y lo sufrimos como si en ello nos fuera la vida. Por un instante olvidamos lo de las cloacas del PSOE, la carestía de la vida, la vivienda o la amnesia de Zapatero, nuestro joyero nacional. Exageraciones de una oposición política, mediática y hasta judicial, esa marrullera derecha que lo que desea desde el primer día es derribar a este Gobierno a cualquier precio. Tenemos a un grande que hace que la economía vaya como un cohete y nos tranquiliza asegurándonos que el año próximo iremos a votar. Gracias, presidente. De ti me fío más que de «nuestros chicos». Ellos son ciclotímicos; usted, mejor me callo.
Somos únicos en lo de destruir al contrario, queremos que caiga a la lona como un vapuleado Ilia Topuria ante un adormilado Donald Trump en ese ring provisional levantado en los jardines de la Casa Blanca para celebrar el 80 cumpleaños del presidente republicano. No lo supera ni el Cirque du Soleil.
Ahora aquí de lo que se trata es de marcar un gol más que el contrario mañana y que jueguen y goleen al próximo rival, Arabia Saudí, porque, según nos bombardea la campaña publicitaria, son muy buenos, y tal vez lo sean. Y que el párroco De la Fuente se descorbate no por frustración, sino de alegría, porque son muy buenos y merecen la victoria.
Los comentaristas deportivos, a esos a los que les falta un poco más de moderación, objetividad y hasta cultura, nos sacarán entonces de las tinieblas y nos llevarán emocionados de nuevo hasta la cúspide que nunca debimos abandonar. Nos harán olvidar el humillante primer partido, la maldita pesadilla que nos ha provocado un guardameta de 40 años y un jugador seleccionado gracias a LinkedIn.
Yo voy a enviar mi currículo a esa red social para entrar en el departamento de comunicación de la selección, nuestra selección, porque es la selección de todos y porque son muy buenos. Y porque esta vez sí, como hace 16 años, por ejemplo Lamine Yamal, nos haga emocionarnos como Iniesta. «Lamín de mi vida». ¿Qué pensará si así ocurre Santiago Abascal, tan radical en lo de la migración y la retórica de prioridad nacional? No se preocupen, algo encontrarán para justificar su injustificable discurso racista.
Todos cantaremos victoria. La haremos nuestra. Nos olvidaremos por un instante de nuestras calamidades, porque España, oé, oé, oé, es la mejor. Todos contentos. Tendremos que sufrir esa jaula de grillos de medianoche donde los comentaristas deportivos dictan sentencia, justa o no. Ellos ya lo dijeron. Nos lo anunciaron. Se veía venir. Perdón, ¿qué se veía venir? Cualquier cosa. Olvidan que sus palabras y sus berridos quedan grabados en la videoteca. ¿Objetividad, qué objetividad?
De los infiernos a la gloria nos distancia un gol. Todos mañana delante del televisor ante esos generosos saudíes que regaron a nuestro anterior monarca con tantos y tantos petrodólares. Todos, sin excepción, hasta el exiliado de Waterloo.
Si ganan, nos disparamos hasta la Luna con un Artemis futbolero, pero si pierden, nos hundimos un poquito más de lo que ya estamos.
Fútbol es fútbol, como decía Vujadin Boskov. Todo depende de que la pelota entre en la portería del contrario. ¡La de frustraciones que libera a gran parte de la sociedad, aunque resulte absurdo!
