The Objective
Tecnología

En la guerra ruso-ucraniana se está usando a un nuevo tipo de soldado sin saberlo: adolescentes

Participan en lo que creen que son juegos sin mucho valor, pero les está llevando a altos tribunales o a perder la vida

En la guerra ruso-ucraniana se está usando a un nuevo tipo de soldado sin saberlo: adolescentes

Adolescentes sospechosos.

Un recado. O eso es lo que parecía. Una chica recoge un paquete, se lo entrega a un chico unos minutos después y él lo fija en los bajos de un coche aparcado, junto a un pequeño aparato del tamaño de un mechero. Para cuando terminan, el encargo está hecho y alguien, en algún lugar, ya puede seguir ese coche en un mapa. Ninguno de los dos ha cumplido los 18.

El paquete era un artefacto explosivo y el aparato, un rastreador GPS. Ocurrió el 9 de junio en el suroeste de Moscú, y el paquete fue adherido a un coche estacionado frente al parque tecnológico del instituto Stelmakh Polyus, una filial de la empresa Rostec, especializada en tecnología láser.

Los servicios de seguridad localizaron la carga antes de que explosionara y pudiera matar a nadie. Los artificieros de los servicios de seguridad rusos la detonaron de forma controlada. A los dos menores los detuvieron allí mismo y sobre ellos cayó de forma inmediata una pesada acusación: manipulación de explosivos y tentativa de asesinato.

Parece un juego que no lo es

El método es sencillo dentro de la complejidad técnica que encierra: una carga magnética en los bajos y un localizador que avisa al operador del momento exacto en que la víctima se sienta al volante. El blanco tampoco estaba elegido al azar. El instituto Polyus diseña sistemas láser para la maquinaria militar rusa.

El Comité de Investigación ruso no identificó al propietario del coche, pero el medio independiente Agentstvo situó el vehículo a las puertas del instituto en el que dos de sus empleados ya habían sufrido un ataque a navaja en marzo. Resulta obvio que el centro llevaba meses en una lista. Lo que ha cambiado es la tecnología. De la cuchilla improvisada se ha pasado al explosivo dirigido por GPS, una sofisticación que delata coordinación y no una ocurrencia adolescente.

Apenas unas horas antes, esa misma madrugada, otro coche había volado por los aires a las afueras de Moscú. En Balashíja, un BMW X3 estalló con la violencia de una potente carga cuando su conductor arrancaba. Dentro iba Damir Davýdov, el coronel que dirige el abastecimiento de misiles y munición de artillería al ejército ruso. No sobrevivió. Dos coches bomba, una sola mañana. No es coincidencia.

La campaña de atentados en pleno corazón de Moscú arrancó en agosto de 2022 con la bomba que mató a Daria Dugina. Siguió un patinete cargado de explosivos que acabó con el general Kiríllov, jefe de las tropas de defensa radiológica, química y biológica, en diciembre de 2024. Luego cayó el teniente general Moskálik en abril de 2025, en ese mismo Balashíja, a menos de kilómetro y medio de donde reventó el coche de Davýdov. El ritmo se ha acelerado hasta volverse casi mensual.

En diciembre de 2025, un artefacto bajo el coche mató al teniente general Sarvárov, responsable de instrucción en el Estado Mayor. En febrero de 2026, un hombre se inmoló junto a un coche patrulla cerca de una de las estaciones más concurridas de la capital. Cada pocas semanas, un aparcamiento moscovita amanece acordonado, con un cráter y una cámara de seguridad que lo ha grabado todo.

Lo que el caso del Polyus añade es un salto cualitativo. Hasta ahora, la diana eran generales, mandos y propagandistas. De un tiempo a esta parte, los atentados apuntan a nodos industriales y científicos que sostienen la maquinaria bélica del Kremlin. En uno de los coches viajaba el hombre que garantiza que los proyectiles lleguen al frente; en el otro, alguien ligado a quienes diseñan las armas del mañana. Ya no basta con destruir el misil: se persigue a quien los concibe.

El agente secreto perfecto

Pero la pregunta incómoda es por qué adolescentes. La respuesta es puramente operativa. No hace falta infiltrar a un agente curtido. Basta con captar por Telegram —la red social favorita de ese entorno— a un menor, pagarle poco o prometérselo, trocear la misión en pasos sueltos e inconexos y dirigirla desde un destino lejano. Uno recoge un paquete, otro lo coloca, o un tercero fotografía una matrícula. Es la logística del reparto a domicilio aplicada al sabotaje, salvo que aquí el repartidor no siempre sabe qué lleva en la mochila.

El adolescente resulta mano de obra fungible. Levanta menos sospechas que un adulto con antecedentes, sale barato y, si lo detienen, el coste para quien lo dirige es prácticamente nulo. Las tareas llegan compartimentadas, de modo que muchos ni siquiera comprenden la operación completa en la que participan.

Telegram y las criptomonedas hacen el resto: reclutan, instruyen, pagan, amenazan y borran el rastro con una velocidad que ningún manual de espionaje clásico había contemplado. La dimensión del fenómeno asusta, y hay datos. Desde el comienzo de la invasión, los tribunales rusos han condenado al menos a 158 menores por cargos de terrorismo o sabotaje, según datos del Tribunal Supremo analizados por el medio Verstka.

La mayoría ha cometido travesuras, más que atentados. Hasta hace poco había sido incendiar oficinas de reclutamiento o armarios de señalización ferroviaria a cambio de unos rublos, pero el asunto ha subido de nivel. Moscú ha respondido rebajando a 14 años la edad penal para estos delitos y amenaza con cadena perpetua a quien capte a los chavales.

Ocurre en ambos bandos

Pero sería injusto presentarlo como táctica de un solo bando. Rusia juega exactamente al mismo juego dentro de Ucrania, y con la misma frialdad. Allí, según la policía ucraniana y la misión de vigilancia de la ONU, decenas de menores han sido captados a través de aplicaciones de mensajería para esconder bombas en macetas junto al portal de un militar, prender fuego a vehículos del ejército o tender citas envenenadas a soldados. La materia prima de esta guerra es, a ambos lados, la adolescencia.

Kiev ha llegado a dar clases en los colegios para enseñar a reconocer al reclutador que escribe desde el otro lado, e incluso ha habilitado procedimientos para denunciar los intentos de captación. El propio SBU activó un bot de Telegram, «Quema al agente del FSB», que solo entre mediados de diciembre de 2024 y abril de 2025 recogió más de 1.300 denuncias. El frente ya no está solo en las trincheras, sino en el teléfono de cualquier chico de 15 años con ganas de ganarse un dinero fácil.

A cambio, el precio que pagan esos chicos no es una minucia. En marzo de 2025, un adolescente de 17 años murió en el oeste de Ucrania cuando el artefacto que transportaba estalló antes de tiempo; su amigo de 15 perdió las dos piernas. Quienes los dirigen no aparecen en las fotos de los hospitales ni en los juzgados.

Queda la cuestión más delicada, la de la autoría. Rusia atribuye la operación de Moscú a coordinadores ucranianos, pero no ha aportado pruebas verificables y Kiev guarda silencio, como en cada uno de estos episodios. Conviene no comprar entero el relato del Kremlin, que necesita un enemigo exterior y unas manos infantiles manipuladas para contarlo. Tampoco descartarlo del todo: el método encaja con un patrón documentado de sobra a ambos lados del frente.

Lo verdaderamente inquietante no es el petardazo frustrado de un aparcamiento, sino lo que anuncia. La guerra ha encontrado una munición que no cotiza en bolsa, no exige entrenamiento y se recluta con un mensaje de móvil. Tiene 14 años y cree que está haciendo un recado a un ciberamigo.

Publicidad