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Épica para ridículos

José Antonio Montano

Cuántas ocasiones nos viene dando en los últimos tiempos el nacionalismo catalán para que recordemos el aforismo de Nietzsche: “En las fiestas patrióticas también los espectadores forman parte de los comediantes”. Es desolador cómo el ridículo nacionalismo ha prendido entre una población que en otros ámbitos de su vida acierta a comportarse de un modo menos risible.

En el fondo de mi pesimismo antropológico encuentro, si sigo bajando, un optimismo antropológico que está convencido de que el ser humano en realidad se da cuenta. Una prueba es que a un nacionalista el mayor insulto que se le ocurre es el de nacionalista. Quienes no solo no somos nacionalistas, sino que somos antinacionalistas (antinacionalistas practicantes), estamos acostumbrados a que los nacionalistas no nos crean. Si para ellos el nacionalismo fuese un bien, entonces el insulto que nos dirigirían sería ese: ¡antinacionalistas! Pero no: nos llaman nacionalistas. Nacionalistas españoles, claro está. Pero lo de ‘españoles’ es secundario: en el fondo saben que el mal está en lo de ‘nacionalistas’.

Con lo de la ridiculez pasa lo mismo. Conforme más se va evidenciando el papelón, más se manifiesta el deseo de épica. Como si la épica fuese ya lo único que pudiera salvarles del ridículo. Una alcaldesa de la CUP, Montse Venturós, dijo hace poco esta barbaridad: “Que la gent es prepari perquè aquí hi haurà unes hòsties que pariran terror”. Hasta alguien menos rupestre como Enric Juliana ha tuiteado: “Observo en alguna prensa de Madrid el oscuro deseo de que se use la fuerza en Catalunya”.

Pero el único deseo que yo detecto “en Madrid” no es oscuro, sino transparente: el de que dejen de hacer el ridículo. Y de ser pesados. La épica está descartada. Toda proyección en ese sentido no hace más que incrementar la ridiculez. ¡Qué situación más embarazosa!

Lo posible y lo imposible

Daniel Capó

Foto: Manu Fernandez
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La negociación solo admite el registro de lo posible. Se diría que es la principal garantía del respeto a la libertad frente a todo tipo de abusos: la ruptura de las leyes y las ideologías utópicas, la confusión banal entre democracia y plebiscito o la pulsión de un deseo falto de límites. La idea misma de diálogo, de acuerdo y de consenso forma parte del mejor legado que recibimos de los padres de la democracia y que ahora, como sucede con tantas otras cosas, se ha visto vapuleada por la retórica pedestre de los populismos.

Hace apenas unos días, en su último ensayo, publicado poco antes de morir, Peter Augustine Lawler constató que “todas las instituciones que Tocqueville había registrado como medios para combatir el individualismo de los estadounidenses (gobierno local, familia, religión, etc.) han sido demolidas por una mutación en los valores culturales que afecta a todos los ciudadanos americanos sofisticados”.

La evolución europea es distinta, aunque haya amenazas comunes a la convivencia. En el caso español, el asunto crucial es el referéndum y la aparente imposibilidad de encontrar puntos de encuentro entre el Gobierno catalán y el central.

Parece lógico que Rajoy se niegue a dialogar sobre lo que la ley no autoriza y que además rompería los acuerdos básicos que sustentan la democracia en nuestro país. El empecinamiento de la Generalitat solo se explica desde una lectura maximalista de su posición, que se traduce en un “cuanto peor, mejor”; seguramente porque saben que la independencia exige una previa descomposición del Estado, algo que no parece plausible a corto plazo.

Frente a la hábil flexibilidad mostrada por los nacionalistas vascos a la hora de acordar con el Gobierno el voto favorable a los presupuestos generales, sorprende el dogmatismo que rige en la política catalana. Querer negociar fuera de la ley solo conduce al desastre. A no ser que lo que se pretenda sea otra cosa: pavimentar el suelo para unas próximas autonómicas.

Es la soberanía

Inaki Ellacuría

Foto: Paul White
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La conferencia del presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, el lunes pasado en Madrid, puro teatrillo para certificar la defunción de la “operación diálogo”, sirvió para alertar a los últimos despistados en la villa y corte de que la cuestión catalana, dulce eufemismo, no se soluciona con cuatro parches jurídicos y una lluvia de millones para infraestructuras y otros menesteres.

En el proceso independentista confluyen diferentes factores, como el deshilachamiento de las costuras constitucionales, la chapuza coral del Estatut, el adoctrinamiento en el “España nos roba”, el desprecio de ciertas élites mesetarias a la pluralidad del país o las llamas de un nacionalismo reaccionario que en Catalunya, como en Francia, Reino Unido y EE.UU., la crisis de la democracia liberal ha avivado, que lo convierten en un enredo que se aventura dañino para todas las partes en liza.

A pesar de que Puigdemont ha comunicado al Govern que quiere tener cerrada la fecha y la pregunta del referéndum antes del 15 de junio, amplios sectores del nacionalismo catalán ya han asumido que no gozan hoy del respaldo de una mayoría social ni del apoyo internacional para una ruptura unilateral. Y apuntan, como en 2014 con el referéndum, a la soberanía nacional con un relato difícil de rebatir en tiempos populistas: la voz de las urnas prevalece sobre cualquier ley.

Votar aunque el resultado sea adverso y la consulta no tenga carácter vinculante para carcomer uno de los pilares de la arquitectura constitucional, a la espera de tiempos y sondeos mejores. Esa sería la gran victoria nacionalista y esa es la verdadera “guerra democrática”, en palabras del prejubilado Homs, que plantea el independentismo. Primero, como vienen advirtiendo en discretos foros destacados independentistas, es “inevitable” que el próximo otoño se registre una colisión institucional sin precedentes que sirva de catarsis y abra un “nuevo escenario”. Algo tiene que pasar para poder sentarse a negociar, avisan, sin explicar exactamente la forma y alcance del anunciado acontecimiento. Improvisación de alto riesgo.

Una estrategia de mayor confrontación, en cambio, es por la que se decanta el flanco duro del Gobierno catalán, comandado por Artur Mas entre bambalinas. Con tres pasos en el calendario: aprobar a través del Parlament la convocatoria del referéndum como acto de presión; segundo y tras la anulación de la consulta, validar por la vía rápida y sin debate una ley de Transitoriedad con aromas de autoritarismo turco; tercero, darse un año de margen para ir aprobando leyes y medidas que pongan las bases del “nuevo Estado” –respondiendo a las inhabilitaciones con agitación callejera- y proclamar en otoño de 2018 el “catexit”.

Alertados están pues los partidos constitucionalistas, que deben decidir con premura si permanecen en el engañoso confort de la habitación del miedo, a la espera de una solución mágica, o aparcan el tacticismo de regate corto y las inquinas personales para abrir el proceso constituyente de la España del siglo XXI.

Un europeísmo "aggiornato"

Valenti Puig

El paso de Donald Trump por Europa, la OTAN y el G-7 ha tenido algo del pistolero que llega al last chance saloon, marca territorio sin guardar las formas y acaba solo en la barra. La relación entre los Estados Unidos y Europa nunca ha carecido de tensiones pero en general se apostaba por mantener las formas, incluso a costa de abusar de la hipocresía geoestratégica. Al margen de otras consideraciones, Hillary Clinton hubiese llevado las cosas de otra manera, al igual que el viejo establishment republicano, los realistas de Bush padre o los republicanos centristas. El propio Obama, a pesar de su fase mortecina, mantiene en Europa una apreciación muy por encima de la del actual presidente de los Estados Unidos. Según un sondeo del Pew Center, el nivel de confianza europeo en Obama es del 77 por ciento mientras que su sucesor se queda en un 7 por ciento.

Desde luego, todo el mundo sabe que la mayoría de miembros de la UE no cumplen con la debida contribución a la defensa común y que el paraguas defensivo europeo va en muy buena parte a cargo del contribuyente norteamericano. Aun así, salvo para contentar a sus votantes del Midwest o reafirmar su ego, ¿de qué le sirve a Trump atropellar al presidente de Montenegro? La vieja Europa es un paraje complicado pero para eso existen unos mínimos escenificables del lenguaje diplomático y no consisten en actuar como un elefante en la cacharrería. ¿Qué aporta al frágil orden mundial que a Donald Trump se le note tanto su incomodidad –impostada o real- con el modus vivendi de la integración europea? Incluso para las contiendas comerciales –y las habrá- los escenarios han de ser los apropiados.

Dicho esto, es comprensible que para la Casa Blanca a veces cueste entender las formalidades enrevesadas de la UE. En verdad, en la propia Europa hay quien considera que el europeísmo oficialista debiera transformarse en un europeísmo aggiornato, tanto de puertas afuera –China, por ejemplo- como de puertas adentro –crisis de la inmigración-. El embajador Von Ribbentrop dejaba la embajada alemana en Londres para ocupar el ministerio de exteriores del Tercer Reich. Winston Churchill asiste al almuerzo que el primer ministro Chamberlain ofrece al embajador alemán. Pasan los años y Churchill escribe: “Fue la última vez que vi a Herr von Ribbentrop antes de que fuese ahorcado”. Lo fue en la prisión de Spandau, en 1946. En el entreacto, toda la Segunda Guerra Mundial. En aquella conflagración, como en la Gran Guerra, la intervención norteamericana es a la vez afortunada y decisiva. Ocurrió lo mismo con los primeros pasos de la Comunidad Europea, cuando el totalitarismo comunista se había impuesto en medio continente. Por entonces se perfilaba la Alianza Atlántica que ahora suena a armamento oxidado y a generales ociosos, siendo en realidad la única gran alianza militar victoriosa sin haber disparado un tiro.

Dos años después de la ejecución de Von Ribbentrop, Europa ya estaba buscando un mejor horizonte entre sus propios escombros, contigua a las divisiones de Stalin que dominaban 22 millones de kilómetros cuadrados. Frente a esa magnitud, los entendimientos entre Adenauer, Schuman y De Gasperi tienen la estricta consistencia de la razón y de una cierta esperanza impensable mientras el plan Marshall comienza a ejecutarse. Sesenta años después del Tratado de Roma, las tareas pendientes que tiene la Unión Europea parecen haberla llevada al colapso: atañen a recursos energéticos, credibilidad institucional, flexibilización de los mercados de trabajo, la grave crisis migratoria, defensa y seguridad común, el dilema turco, el Brexit y ahora –last but not least– los modos de Donald Trump. La retórica prometeica del europeismo ha generado europesimismo. Incluso en plena postcrisis y solo en apariencia, Europa se asemeja a veces a un perrito faldero que come con manteles de hilo. Eso es lo que piensa Trump.

Finca de Indecentes, Fulleros y Amorales (FIFA)

Melchor Miralles

Leo en The Objective que el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, antes dedicado a los “sorteos”, sicario de Joseph Blatter, ha admitido que algunos trabajadores involucrados en la construcción del estadio de San Petersburgo para el Mundial de 2018 han sufrido violaciones de derechos humanos. En una carta enviada a los presidentes de cuatro asociaciones nórdicas, ha reconocido que algunos empleados norcoreanos, cuyas condiciones de trabajo son “habitualmente horribles”, han sido empleados en la construcción del Zenit Arena.

Los trabajadores, tratados como esclavos, vivían hacinados en contenedores abarrotados, y se conoce al menos un caso de uno de ellos que murió de un ataque al corazón sin recibir ninguna asistencia. La FIFA dice “estar al tanto” de que la ONU ha denunciado las condiciones de trabajo de muchos hombres en Corea del Norte en China, Rusia y Oriente Medio, “similares a la esclavitud, pues son enviados por el régimen totalitario a cambio de una miserable comisión”, y añade que lo “condena” y que “ha tratado con el contratista general y con la compañía” que construyó el estadio los “asuntos encontrados”. O sea, y esto lo digo yo, que no efectuó ninguna comprobación previa para evitarlo, y que, denunciado el caso por la prensa noruega, se ha limitado a lamentarlo y “tratarlo” con los responsables. Una conducta no sé si penalmente, pero sí moralmente cómplice, repugnante, una más de la FIFA y sus mandamases, desde hace años una banda de delincuentes corruptos hasta las cachas que van cayendo poco a poco ahora por una investigación puesta en marcha por el FBI.

Podríamos cambiarle el nombre y denominar a este gang “Finca de Indecentes, fulleros y amorales”, porque desde su fundación, es protagonista de uno de los mayores escándalos de corrupción jamás conocidos, sus dirigentes, una manada de corruptos insuperables, la gestionan como una finca, carecen de la más mínima y exigible decencia, son fulleros, porque han robado tanto y con tanto descaro que se les ha pillado hace tiempo, aunque hasta hace poco los tribunales les han dejado irse de rositas con la complicidad de los Gobiernos, y son amorales, porque además de robar, han tolerado en muchos países casos como este de San Petersburgo, y han sido cómplices de dictaduras horribles como la argentina de Videla, Massera y compañía. Un asco de FIFA, una organización que debiera desaparecer, pero que ahí sigue, moviendo los hijos del fútbol, que ya no es un deporte, sino un negocio multimillonario del que se benefician unos pocos aprovechando la fuerza de los miles de millones de seguidores que tienen en todo el mundo los clubes y las selecciones. Un asco de organización. Una banda, esta FIFA.

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