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Épica para ridículos

José Antonio Montano

Cuántas ocasiones nos viene dando en los últimos tiempos el nacionalismo catalán para que recordemos el aforismo de Nietzsche: “En las fiestas patrióticas también los espectadores forman parte de los comediantes”. Es desolador cómo el ridículo nacionalismo ha prendido entre una población que en otros ámbitos de su vida acierta a comportarse de un modo menos risible.

En el fondo de mi pesimismo antropológico encuentro, si sigo bajando, un optimismo antropológico que está convencido de que el ser humano en realidad se da cuenta. Una prueba es que a un nacionalista el mayor insulto que se le ocurre es el de nacionalista. Quienes no solo no somos nacionalistas, sino que somos antinacionalistas (antinacionalistas practicantes), estamos acostumbrados a que los nacionalistas no nos crean. Si para ellos el nacionalismo fuese un bien, entonces el insulto que nos dirigirían sería ese: ¡antinacionalistas! Pero no: nos llaman nacionalistas. Nacionalistas españoles, claro está. Pero lo de ‘españoles’ es secundario: en el fondo saben que el mal está en lo de ‘nacionalistas’.

Con lo de la ridiculez pasa lo mismo. Conforme más se va evidenciando el papelón, más se manifiesta el deseo de épica. Como si la épica fuese ya lo único que pudiera salvarles del ridículo. Una alcaldesa de la CUP, Montse Venturós, dijo hace poco esta barbaridad: “Que la gent es prepari perquè aquí hi haurà unes hòsties que pariran terror”. Hasta alguien menos rupestre como Enric Juliana ha tuiteado: “Observo en alguna prensa de Madrid el oscuro deseo de que se use la fuerza en Catalunya”.

Pero el único deseo que yo detecto “en Madrid” no es oscuro, sino transparente: el de que dejen de hacer el ridículo. Y de ser pesados. La épica está descartada. Toda proyección en ese sentido no hace más que incrementar la ridiculez. ¡Qué situación más embarazosa!

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Yo quisiera ser vago…

Gregorio Luri

Foto: ALBERT GEA
Reuters

… y vivir siempre en estas lánguidas tardes de verano sin mañanas laborables en las que la acedia es casi una virtud teologal. Fijo mi interés en la cerveza que tengo delante y comprendo la sabiduría de Somerset Maugham: “nadie ha podido explicar nunca por qué el templo dórico de Paestum es más hermoso que un vaso de cerveza fría”.

Alzo la mirada. Un velero, con rumbo al horizonte me confirma las bondades del dolce far niente. Si yo tuviese un barco lo llamaría Benito Cereno, que es como llamarlo La nave del Estado, pero con galbana.

No se puede mirar al cielo. Tanta cantidad de luz no deja verlo. Orfeo de chiringuito, sólo puedo mirar hacia adelante, como los progres, pero yo apunto hacia el velero que navega sobre la espuma de la cerveza que me llevo a los labios.

No quiero ser un vago cualquiera, sino un vago íntegro, indolente, pero con estilo, no un vulgar perezoso mental. El vago no es un abandonado. Puede vestir pobremente, pero no sale a la calle con chancletas, descamisado o con una toalla de playa al cuello como cabezal de mula. Ha ganado su compostura aprendiendo, de verdad, a no esperar nada y, sin embargo, mantener como Shanti Andía “la avidez en los ojos”.

El vago sonríe ante la seriedad ajena, pero sin molestar, como si asintiera. Es un filósofo en día de fiesta. Mira a lo lejos, sin detenerse en las vanidades de la existencia.

Yo quisiera ser un vago en el Titanic y oír desde la cubierta lo que dicen que oyó Thamus cuando navegaba cerca de la isla de Paxis, una voz en la noche que proclamaba que el gran dios Pan ha muerto, y tomar este mensaje por un eslogan publicitario, no fuera a ocurrirme lo que a aquel campesino de Alma-Ata al que se le apareció Dios revelándole que “Dios no existe”, y que cuando se dio cuenta, estaba rodeado de tantos discípulos que las autoridades lo deportaron a una mina de cobre de Siberia, donde fue asesinado por una banda de ladrones que creía en el Dios Vivo.

Desvarío. Lo sé. Pero esto es lo que pasa cuando escribes una columna en un chiringuito a finales de julio.

El vago es inspector de nubes, registrador de los reflejos del cielo en los charcos, perito en el mecerse de las cañas, experto en epifanías de jóvenes diosas transeúntes. No aspira a comodidades, sino a no tener ningún vacío que llenar en el alma. Acepta las rutinas porque sabe que son arbitrarias, ama a su patria porque es débil y porque no le gusta y no derrama ni una lágrima por las cosas que pasan. Ni silba ni canta, porque la música es la voz de Satán llorando sobre el mundo al darse cuenta de que no puede detener el permanente hundimiento del instante en el olvido.

¡Ah, si yo supiese aprovechar la capacidad que sé que tengo para no hacer nada!¡Si yo me decidiese a hacerme a mí mismo a un lado y ser, como decía Bernardo de
Claraval del pobre Abelardo, un “homo sibi dissimilis”! Pero no sé. Así que cuando pierdo de vista a los veleros en el fondo de mi jarra, vuelvo taciturno a mis trabajos.

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El plasma pixelado

Ricardo Dudda

Foto: Chema Moya
Reuters

Las imágenes del juicio de Gürtel en las que ha declarado como testigo el presidente Mariano Rajoy están pixeladas, como granuladas, son de mala calidad. Son fotografías de pantallas de televisión, de la señal de vídeo de la Audiencia Nacional, porque no se permiten cámaras de la prensa en la sala. El efecto es potente. Rajoy se desenvuelve con chulería como si estuviera respondiendo a Pablo Iglesias en el Congreso (“No parece un razonamiento muy brillante”, “‘Hacemos lo que podemos’ significa que no hicimos nada”, “Lo siento mucho, pero las cosas son como son y a veces no son como a uno le gustaría que fueran”, “Las respuestas tienen que ser gallegas, no van a ser riojanas”) para defender su inocencia, pero visualmente parece culpable: sentado ante jueces, con mirada hostil, en imágenes como de cámara de seguridad u obtenidas clandestinamente, parece un Mubarak, o un Fujimori, o un
Hussein en sus respectivos juicios. La distancia entre los delitos de estos líderes y Rajoy es enorme, pero son imágenes que condenan.

El presidente del plasma acude para defenderse y controlar su discurso, no ha hecho el paseíllo de entrada a la audiencia ante la prensa porque condena mediáticamente, pero no puede controlar su imagen en el juicio. TVE parece que lo sabe, y no ha emitido la declaración en La1: hay un tuit entre divertido y amargo que muestra pantallas de varias cadenas, todas emitiendo el juicio excepto La1, que tiene un
programa de cocina.

El tuitero Tsevan Rabtan, que escribe siempre con rigor y seriedad sobre temas judiciales, comenta: “Lo que estamos viendo es un sainete. Un interrogatorio que solo busca que un testigo se incrimine”. Y sigue: “Esta declaración hace mucho rato que es un sainete. Los magistrados dan cuerda para que no se diga que favorecen a Rajoy.” ¿Por qué ha ido Rajoy a declarar? ¿Es porque sabe que no tiene nada que perder? La imagen que lo incrimina, lo sorprendente de su presencia en el juicio de un macrocaso de corrupción de su partido, quizá no le afecta porque ya nada parece afectarle. Por eso puede lo mismo hacerse el olvidadizo que afirmar que lo recuerda todo. A veces da la sensación de que lo que afectaría a un presidente cualquiera a Rajoy no solo le resbala sino que incluso le hace más fuerte.

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El último animal mitológico

José Antonio Montano

Foto: Juan Pablo Aparicio Vaquero
Flickr bajo Licencia Creative Commons

He buscado el mail que les escribí a los amigos cuando murió mi padre, con la emoción de entonces: “Venimos de enterrar a mi padre. Murió ayer sábado, 9 de agosto. Ha estado diez días en el hospital, aunque en los tres últimos ya sabíamos que el final era inminente. Estos tres días los ha pasado sedado, dormido y sin sufrimiento alguno. Durante los anteriores, aunque también estaba sedado, guardó un resto de conciencia, que le hacía sensible a las caricias, los besos y las palabras. A veces ponía una mirada como de melancolía infantil, como si fuese a cometer la travesura de morirse, cuando sin duda hubiera preferido quedarse. A veces sonreía. Una enfermera, al mirarlo una tarde, me dijo: ‘Tiene cara de ser muy bueno, muy noble’. Y noté cómo mi padre, con los ojos cerrados, puso una expresión de profunda satisfacción; una sonrisa ética. Ayer, cuando lo amortajaron en la cama del hospital, envuelto solo con la sábana, tenía un rostro sereno y limpio, de paz”.

Fue en 2014. Yo estaba convencido de que el párrafo terminaba con la frase: “Parecía un senador romano”. Ahora me doy cuenta de que no la escribí, aunque la pensé; y he seguido recordándola todo este tiempo. Había buscado el mail por ella. El domingo fui a ver el monólogo de Javier Gomá ‘Inconsolable’, en su última representación en el teatro María Guerrero de Madrid. El verano pasado leí el texto cuando se publicó en ‘El Mundo’; hoy forma parte del libro ‘La imagen de tu vida’ (Galaxia Gutenberg). El hijo –así comparece, sin nombre– dice en el momento culminante que su padre muerto parecía un patricio romano. Por este parecido, que fue mi parecido, en la obra se habla de la piedad filial. ‘Inconsolable’ es un profundo ejercicio de piedad filial. El efecto más compacto de la recreación del duelo del hijo –con las angustias y reflexiones que salen al paso acerca de la muerte, la fugacidad de la vida, el fin de la infancia, las sombras de la edad, la culpa por el comportamiento– es el de la restitución, en estos tiempos, de la figura del padre. Para Gomá, la conmoción que produce su muerte se debe a que el padre no es solo una persona: es “el último animal mitológico”.

La duda trágica de si se ha sido un buen hijo solo puede apaciguarse con la vida que viene: con la vida que le queda al que queda. Mediante la acción ejemplar que honre al padre muerto y transmita la posibilidad de una vida “digna y bella” a los hijos, y al prójimo. Gomá formula su imperativo así: “Vive de tal manera que tu muerte sea escandalosamente injusta”. La emoción de ‘Inconsolable’ está en que muestra con intensidad y brillantez ese desgarro: la obra es la escenificación de la injusticia de la muerte del suyo. Y del mío.

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Sobre la elegante desaparición de Miguel Blesa

Ignacio Vidal-Folch

Foto: Francisco Seco
AP

Sin ninguna ironía (y sin que me mueva, espero, el pueril afán de llamar la atención entre una opinión que en este asunto se ha mostrado despiadada, cuando no directamente vil) diré que todo, en la manera en que ha puesto punto final a sus cuitas el señor Miguel Blesa, es literario y elegante.

Ir a matarse lejos de casa, en un sitio donde había pasado horas muy felices; llevarse la propia escopeta, para no tener que recurrir, como solía hacer cuando iba allí de cacería, a las armas de sus amigos, y ahorrarles así por lo menos tener que dar molestas explicaciones a la policía; esperar hasta después del desayuno con el obvio propósito de no dejarles sin dormir; incluso esa última frase dicha como al desgaire, “apúntate el teléfono de mi mujer por si tienes que llamarla”; y abandonar el mundo sin dejar mensajes de despedida, sin reproches ni justificaciones, es la muerte de un romano, o de un japonés. Es el británico “never explain, never complain”.

Algunos analistas le reprochan esa muerte autoinfligida como un acto de “cobardía” o como una fuga, indignados de que así Blesa eluda la cárcel. En esto recuerdan al partido comunista soviético que detestaba que sus víctimas se suicidasen, sustrayéndose así traicioneramente a la Justicia bolchevique y a la propiedad estatal; pues el Estado debía poder disponer no sólo de la vida sino también de la muerte de sus ciudadanos.

Rabiosos por la fuga de Blesa, algunos se jactan de que esa muerte no les da pena ninguna; otros la celebran; otros dicen con mil formulaciones: “se lo tenía bien merecido”. En casi todo acontecimiento, sea pequeño o grande, es menos interesante el acontecimiento mismo que lo que éste revela sobre la calidad del respetable público asistente.

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