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Épica para ridículos

José Antonio Montano

Cuántas ocasiones nos viene dando en los últimos tiempos el nacionalismo catalán para que recordemos el aforismo de Nietzsche: “En las fiestas patrióticas también los espectadores forman parte de los comediantes”. Es desolador cómo el ridículo nacionalismo ha prendido entre una población que en otros ámbitos de su vida acierta a comportarse de un modo menos risible.

En el fondo de mi pesimismo antropológico encuentro, si sigo bajando, un optimismo antropológico que está convencido de que el ser humano en realidad se da cuenta. Una prueba es que a un nacionalista el mayor insulto que se le ocurre es el de nacionalista. Quienes no solo no somos nacionalistas, sino que somos antinacionalistas (antinacionalistas practicantes), estamos acostumbrados a que los nacionalistas no nos crean. Si para ellos el nacionalismo fuese un bien, entonces el insulto que nos dirigirían sería ese: ¡antinacionalistas! Pero no: nos llaman nacionalistas. Nacionalistas españoles, claro está. Pero lo de ‘españoles’ es secundario: en el fondo saben que el mal está en lo de ‘nacionalistas’.

Con lo de la ridiculez pasa lo mismo. Conforme más se va evidenciando el papelón, más se manifiesta el deseo de épica. Como si la épica fuese ya lo único que pudiera salvarles del ridículo. Una alcaldesa de la CUP, Montse Venturós, dijo hace poco esta barbaridad: “Que la gent es prepari perquè aquí hi haurà unes hòsties que pariran terror”. Hasta alguien menos rupestre como Enric Juliana ha tuiteado: “Observo en alguna prensa de Madrid el oscuro deseo de que se use la fuerza en Catalunya”.

Pero el único deseo que yo detecto “en Madrid” no es oscuro, sino transparente: el de que dejen de hacer el ridículo. Y de ser pesados. La épica está descartada. Toda proyección en ese sentido no hace más que incrementar la ridiculez. ¡Qué situación más embarazosa!

Madrid se viste de Sevilla

Lidia Ramírez

Foto: Marcelo del Pozo
Reuters

Sólo quedan unos días para que arranque la Feria de Abril o Feria de Sevilla. Cantar, bailar y disfrutar del ‘pescaíto’ frito, los adobos y el jamón acompañados de un fino o un rebujito es premisa estos días en la capital andaluza. Sin embargo, no sólo en Sevilla se podrá disfrutar de la auténtica fiesta de la primavera, ‘la madre de todas las ferias’, que este año cumple 170 años, también estará presente en Madrid. Símbolo del arte de vivir la vida y máxima expresión de alegría y diversión, los faralaes y farolillos vestirán Madrid durante toda esta semana hasta el 7 de mayo para que los sevillanos y andaluces de pura cepa residentes en la capital de España se sientan como en casa. Por ello, The Objective recopila algunos lugares de la capital madrileña para disfrutar de la pasión, la alegría y la tradición andaluza.

Mercado de San Ildefonso

El próximo 30 de abril, con el tradicional encendido de las luces, comenzará la Feria de Abril de Sevilla que tendrá su réplica, del 30 de abril al 7 de mayo, en el Mercado de San Idelfonso, que durante una semana vestirá de Sevilla cada uno de sus puestos. Andalucía y la Feria de Sevilla estará presente en sus paredes, en su decoración, en su música e incluso en sus bartenders. Para celebrar ‘la semana grande de la capital de Andalucía’, los distintos puestos del mercado han preparado platos muy especiales, con un toque muy andaluz. Así, Granja Malasaña ofrecerá unos exclusivos huevos camperos fritos con atún rojo de Barbate y DP Tapas propone salmorejo y ensaladilla con picos de Jerez. Por su parte, La Arepera ha preparado un delicioso pescaíto frito. La oferta se completa con otros platos estrella como las croquetitas de jamón de Tassi Gourmet, las brochetas andaluzas de La Brochette y las manzanillas, los finos, los blancos, los tintos, los dulces. . . de TaninosAdemás, durante esta semana, las barras del Mercado tendrán un protagonista muy especial, el rebujito.

La Encarna Bistró Andaluz 

Restaurante ideal en El Viso (Recaredo, 2) con patio perfecto para disfrutar del solecito y de sus tapas, raciones y medias raciones y su magnífica carta de vinos andaluces y de Jerez.  La nueva propuesta de La Encarna incluye: ‘Noches de flamenco’, ‘Sherry nights’, ‘Brunch en el patio’… donde la música, el buen ambiente y los sabores del Sur inundan cada rincón de este espacio.
Madrid se viste de Sevilla
Mejillones en cocotte y Manzanilla de Sanlúcar de Barrameda. | Foto: La Encarna Bistró Andaluz

Tradición y presente conviven en este restaurante referencia del estilo del Sur, una combinación que se manifiesta tanto en su carta, en la que están reflejadas recetas de toda la vida con presentaciones actualizadas y algunos guiños a la gastronomía francesa, como en su interiorismo. Como reflejo del espíritu andaluz, en La Encarna Bistró Andaluz no pueden faltar los fritos, elaborados con aceite de oliva y una mezcla de harinas ecológicas de cereales como trigo, garbanzo y maíz, entre los que destacan los salmonetes con chutney de tomate, los boquerones con emulsión de limón, las puntillitas con mayonesa de wasabi o la croqueta del choco. Las denominaciones de Jabugo, Medina Sidonia y Cumbres avalan los platos de la tierra, como las carrilleras ibéricas, guisadas en oloroso y crema de coliflor; los tacos de solomillo de ternera de pasto al whisky y papas; el corte de lomo de vaca retinta de Medina Sidonia o el magret de pato braseado.

Dirección: C/Recadero, 2

Precio medio: 25 euros

El Espigón

Es referente de la mejor mesa andaluza en la capital. Su decoración a base de excelentes maderas y efectos navales, nos aportan el escenario perfecto donde saborear los mejores pescados, mariscos, frituras, arroces, etc. Sus recetas andaluzas traen toda la frescura de la cocina mediterránea a través de sus productos frescos y de temporada en donde toman especial protagonismo sus pescados a la sal y los platos de carne como el solomillo Strogonoff. Un mundo lleno de distinción y elegancia en pleno centro financiero de Madrid.

Dirección: C/ Orense, 68
Precio medio: 50 euros

Bocaíto

La tradición de Bocaíto, la primera barra de tapas de Madrid, con más de 50 años de historia, se une a la tradición de una de las fiestas españolas con más solera. Por esa razón, Bocaíto ha diseñado una carta que transportará sensorialmente a sus clientes al recinto ferial sevillano. Los sabores de la Feria de Abril se trasladan a este pintoresco lugar que celebra esta fiesta con platos típicos, como el salmorejo, el gazpacho, las chacinas ibéricas, el rabo de toro, el potaje, la tortilla de patatas, la tortillita de camarones, las coquinas, los boquerones, los bienmesabes, las pijotas, los calamares y los salmonetes.
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Fritura de pescaíto. | Foto: Bocaíto

Todo ello acompañado de cañas, vinos, manzanilla de Sanlúcar de Barrameda, fino de Jerez y rebujito.  Al frente de Bocaíto se encuentran Chris y Paco Bravo, la tercera generación de una saga familiar que ha estado al frente de este espacio durante más de 50 años, pero que en todo este tiempo ha mantenido la misma filosofía. Este leitmotiv es la perseverancia en buscar la mejor calidad en la materia prima, en la destreza de las mejores técnicas de corte de cuchillo, en la elaboración de los productos al momento y, por último, en no abandonar la esencia de la cocina tradicional castellana y andaluza.

Dirección: C/ Libertad, 6
Precio medio: 30 euros

La Gaditana

Según recoge en su web, alguien lo definió simplemente como ‘un rincón de Cádiz en Madrid’. Desde hace tiempo esta familia con raíces gaditanas tenían una ilusión que era montar una taberna como las que había en la antigua Cádiz. Sobre todo en lo concierne a la cocina y a la manera de preparar los antiguos platos gaditanos. Considerado como uno de los restaurantes referencia de la comida andaluza de la capital, situado en pleno centro de Madrid, en el barrio de Salamanca, la cocina tradicional del sur nunca había estado tan cerca y a unos precios tan competitivos. Las ortiguillas o las típicas tortillitas de camarón, además del cazón o el atún rojo son sus platos cumbre.

Dirección: C/ Lombia, 6
Precio medio: 25 euros

¡Que viajen más!

Andrea Mármol

Foto: Manu Fernandez
AP

El pasado miércoles acudí a dar una conferencia en la sede barcelonesa del Colegio de Periodistas de Cataluña a un grupo de estudiantes holandeses. Los alumnos, del Máster de Políticas Públicas, habían fijado la visita de final de estudios en Barcelona, interesados en conocer más acerca de la situación política en Cataluña. En realidad, la charla tomó la forma habitual de debate entre partidarios y detractores de la secesión. Los holandeses, claro, habían considerado oportuno que los contertulios tuvieran opiniones encontradas respecto a la independencia de Cataluña.

No sabría decir por qué, pero a medida que, tal y como procuró mi contertulio, nos enzarzábamos en la sempiterna discusión sobre la inmersión lingüística y los hechos diferenciales, el público mostraba señales de fatiga, por lo que la moderadora no dudó en abrir un inusualmente largo turno de preguntas. Al contrario de lo que suele pasar en sesiones similares, las preguntas no hicieron sino arrojar luz a una conversación probablemente enviciada de las menudencias que monopolizan el debate público catalán.

“¿En qué sentido puede un catalán sentirse oprimido por España?”, preguntó uno de los asistentes, señalando hacia el exterior, como diciendo: “he estado paseando y nada parece indicar que esto sea una colonia”. Otro chico –todos muy jóvenes- alzó la mano para reflexionar en voz alta: “Parece lógico que no se permita hacer un referéndum contrario a la Constitución, al cabo, España es una democracia”. Obviedades, sí, pero olvidadas a menudo en las tertulias catalanas, donde defender la unidad constitucional de España y el proyecto común parece reservado a opiniones residuales y estrafalarias.

No pude evitar sentir cierta pena al comprobar que para que uno encuentre sus argumentos secundados en Barcelona hagan falta los observadores ajenos a la realidad catalana –y en algunos casos, española-. Sin embargo, que el episodio tuviera lugar apenas una semana después del ridículo internacional de los líderes separatistas intentado que algún dirigente democrático se enrole en su causa tuvo algo de alentador. Lejos del fervor patrio, el sentido común puede reservarse todavía unos cuantos reveses para quienes tienen el único plan de volar las leyes en Cataluña.

Defender la Constitución no es una extravagancia y sí lo contrario: Carles Puigdemont cada vez hace más el ridículo sólo en su nombre y no en el de todos los catalanes. Si no fuera porque sí somos todos nosotros quienes padecemos los efectos económicos de esos gastos, sería positivo animarles a que viajen más y sigan coleccionado proclamas contrarias a la ruptura proferidas por líderes internacionales. Las mismas, por cierto, que son tachadas de subalternas si se hacen desde dentro.

Alivio, y gracias, en Francia

Víctor de la Serna

Foto: PHILIPPE WOJAZER
Reuters

Emmanuel Macron, del que todos -salvo los cuatro gatos alocados que, por ejemplo, predijeron el triunfo de Donald Trump- esperan ahora que se convierta tras la segunda vuelta en el presidente más joven de la historia de la república francesa, es esencialmente un desconocido sin ideología claramente definida. Pero tal y como está el patio, ante rivales éticamente descalificados como François Fillon o políticamente deletéreos -antieuropeos, antiliberales -como Marine Le Pen o Jean- Luc Mélenchon, la probable victoria de Macron en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales es un bálsamo que este azacaneado mundo, que esta perturbada Europa, recibirán con alivio. El horno no está para muchos más bollos después de Trump, del Brexit, de Putin, de Kim, de Asad, del ISIS, de Maduro, del homicida Duterte…

Una cosa es el alivio y otra el futuro. Macron pertenece a esa generación un tanto indefinida que pasa de una carrera brillante en un banco de negocios a un Ministerio del Gobierno socialista de François Hollande y viaja, como Albert Rivera aquí, del “centro izquierda” al “liberalismo” sin dejar exactamente claro qué entiende por una cosa u otra. Habrá que esperar. Queda tras él una buena ley de comercio que liberalizaba bastante el corsé del sector, y eso representa una aceptable tarjeta de visita en un país tan intervenido, tan esencialmente antiliberal como es hoy Francia. Pero lo que le espera si gana la Presidencia es de otra magnitud. Empezando por la incógnita de la composición del Parlamento después de unas elecciones generales a las que Macron presentará un partido nuevo y sin respaldo definido.

La Francia que probablemente va a heredar Macron está empantanada social y económicamente, y el lastre de la feroz extrema derecha lepenista es su corolario político. No hay proyecto nacional claro y la asimilación de la población de origen inmigrante ha sido un fracaso doloroso, con esas ‘banlieues’ que son guetos apenas disimulados y fábricas de islamismo militante. La tarea será ingente. Y un inexperto político de 39 años va a tener que enfrentarse a ella.

Francia y Europa viven hoy, angustiadas, al borde de todo tipo de rupturas. Hasta el punto de que lo que no es más que un respiro es recibido con ciertas dosis de entusiasmo. Pero no nos engañemos: sólo se ha evitado lo peor. Y ojo a esa segunda vuelta…

Macron, primer presidente europeo

Antonio García Maldonado

Foto: BENOIT TESSIER
Reuters

Hay dos temas de los que es muy difícil hablar desde la emoción y el optimismo. Uno por definición: la seguridad. Otro, por coyuntura: la Unión Europea. Ambos han sido obligados y predominantes en la campaña electoral de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas. El marco en el que se iba a desarrollar la jugada era ideal para Marine Le Pen, candidata extremista del Frente Nacional, cuyo discurso antieuropeo y su insistencia en sacar tajada tras cada atentado islamista parecía conectar con una ciudadanía especialmente temerosa y reacia al cambio. El atentado contra una patrulla de policías apenas unos días antes en pleno corazón de París reforzaba esta impresión. En esencia, se daban todas las condiciones estructurales de Francia y coyunturales de Europa para que ganara un candidato conservador o reaccionario, Fillon o Le Pen.

Sin embargo, y según el recuento hasta ahora, Marine Le Pen competirá contra un liberal de centro-izquierda, Emmanuel Macron, exministro del Gobierno saliente, muchos de cuyos miembros, empezando por el presidente, lo han apoyado tácitamente cuando no con entusiasmo. Francia ha votado en estado de emergencia política, y las siglas partidistas no han servido de nada en el centro-izquierda francés. Macron era su candidato, sin importar qué otro nombre utilizaba el puño y la rosa en su papeleta. Y, vista la evolución de los sondeos y cómo Le Pen los ha encabezado durante muchos meses, hay algo de honor salvado en Francia en el hecho de que Macron quede unas décimas por encima de la candidata del Frente Nacional.

El hecho diferencial ha sido Macron, el candidato, que trae de vuelta algo tan francés como la gaullista providencialidad de un líder que, por naturaleza, convoca a un rassemblement apartidista. A falta de estudiar los datos de participación y voto por ubicación ideológica y cohortes, no parece aventurado sospechar que ha tenido dos apoyos clave: el de votantes naturales y cuadros socialistas acuciados por ese mencionado estado de emergencia política; y el de los jóvenes en un país cerrado y hostil a reformas que vayan en su interés. Macron es, de alguna forma, el primer presidente de otra generación en Europa, y en gran medida, el primer presidente europeo por su instancia en la necesidad del proyecto comunitario.

Los mítines del candidato de En Marche! eran música para los oídos de aquellos que, sin renunciar al orgullo por la historia francesa, entienden que el futuro pasa por acompasarla con la europea; para los que están inquietos por los atentados pero no quieren que la respuesta sea acabar con Schengen; para los que critican la burocracia desmedida de Francia sin que eso signifique renunciar a una protección social sólida y a una educación de excelencia. Los mítines de Macron no decaían en entusiasmo ni cuando solemnizaba su tono para decir que “el primer deber de un presidente es el de garantizar la seguridad de sus ciudadanos”, ni cuando sacaba una bandera europea para decir que estaba orgulloso de ella aunque se hubieran hecho muchas cosas mal.

Los candidatos perdedores Hamon y Fillon se han apresurado a decir que votarán por Macron en la segunda vuelta. El ‘pacto republicano’ parece reeditarse, con más entusiasmo en el caso de Hamon que de Fillon. El candidato de La Francia Insumisa, Mélenchon, dice que consultará a las bases, en un gesto que no por menos esperado deja de ser elocuente de algunas concomitancias proteccionistas y nostálgicas en los extremos del arco ideológico.

Queda la segunda vuelta, aunque hay pocas dudas de que Macron será el claro vencedor de las presidenciales. Más dudas se plantean para las legislativas del mes siguiente. Macron ha ganado en gran medida con los votos socialistas (no se explica de otra forma que su candidato esté en el 6%) y sin ellos no podrá aplicar ningún programa reformista. Su apoyo en el parlamento vendrá del centro-izquierda, no de los republicanos de centro-derecha, que lo ven, de facto, como un presidente rival, a diferencia de los gobernantes salientes. Por tanto, será interesante ver qué alianzas establece su movimiento En Marche! con el Partido Socialista. Si esto no se resuelve de manera eficaz, Macron está condenado a decepcionar a los suyos, y por tanto a dar otra oportunidad a Le Pen dentro de cinco años.

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