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Crónicas disfrutonas

Los viejos amigos que cierran sin despedirse: Galatea, Edelweiss y una memoria de Madrid

«¡Qué es eso de dejar caer la persiana sin pedir permiso a los viejos clientes, caramba!»

Los viejos amigos que cierran sin despedirse: Galatea, Edelweiss y una memoria de Madrid

Fachadas de Galatea y Edelweiss.

Hay, como escribí en una Crónica pasada, amigos cuya falta es más triste que otras. Citaba Edelweiss y Galatea, ambos de esos lugares que uno considera como algo casi propio y cuyo cierre sin aviso previo cae dentro de la desconsideración. ¡Qué es eso de dejar caer la persiana sin pedir permiso a los viejos clientes, caramba! Y cuando digo viejos, quiero decir que quizá, de Galatea, uno era el más antiguo cliente, entiéndase que en vida. Y de Edelweiss, poco menos.

Vivíamos a una manzana de Galatea y, camino del colegio, pasábamos indefectiblemente por delante. Lo malo (o lo bueno, según se mire) es que también pasábamos a la vuelta y, al filo de las seis de la tarde, la tentación era demasiado fuerte y con facilidad nos dejábamos llevar. El requisito era llevar dinero encima, que normalmente no teníamos. El primer precio que recuerdo era de 5 pesetas el perrito caliente, ostensiblemente anunciado en la fachada, que tenía un forillo con siluetas de tamaño natural de una joven pareja, sentados en taburetes como si estuvieran en una brauerei alemana, con su perrito a los pies. El precio aumentaba año a año, peseta a peseta, y se anunció hasta que se suprimió la decoración de la fachada. 

El interior era austero, con un zócalo de madera y una repisa con banderitas que le daban colorido. Recuerdo la barra de madera rematada de mármol… Es fácil que le tachen a uno de nostálgico y, según escribo, pienso que quien lo dice puede o no albergar intención peyorativa, pero me trae al fresco. El local, mismo que su curiosa fachada, tenía un encanto que desapareció de la noche a la mañana, cuando la propiedad decidió modernizarlo.

Y ¡viva la nostalgia! se lo cargó, convirtiéndolo en una impersonal y vulgar cafetería, de fachada de granito negro pulido y mucho acero inoxidable en la barra y aledaños. Pero ahí seguían, laus Deo, los perritos calientes y las hamburguesas. Los primeros se servían con mostaza y tomate, con acompañamiento de cebolla, chucrut, queso y patatas fritas («un completo») según gusto del cliente. La mostaza era estupenda, cuando en España teníamos sólo la Louit (finas hierbas o estragón) y poco más. Las hamburguesas llegaban acompañadas también bajo demanda, con huevo incluido si así se pedía.

Hasta que el afán arboricida y traficófilo del ínclito Arias Navarro levantó el bulevar de que gozábamos en General Mola (hasta 1939 Príncipe de Vergara, nombre que repuso la alcaldía de Tierno en 1981), Galatea disponía de una magnífica terraza en el bulevar. Los camareros se jugaban el tipo cruzando con las fuentes de perritos y de los estupendos barros de cerveza; nada de paso de cebra ni bobadas parecidas: sorteando el tráfico. Me contaba uno de los camareros que un buen sábado servían hasta 5.000 perritos.

El siguiente viejo amigo en el triste rol de los desaparecidos es Edelweiss, el alemán abierto en los años 30 por Josep Rothfritz en la calle de Jovellanos, detrás de las cortes. Le sucedió su hijo Jorge, que estuvo al frente cosa de 15 o 20 años y que acabó vendiendo a Arturo, dueño del Grupo Cantoblanco. En Edelweiss no se reservaban mesas. Según llegabas, se situaba uno cerca de la mesa que le parecía más cercana al café y allí se quedaba, mirando a la mesa con ojos codiciosos. Preguntado en su día al patrón, me dijo que estaba harto de quedarse con mesas colgadas, así que a espabilar. Con Cantoblanco se instauraron las reservas.

Las raciones eran pantagruélicas y se imponía compartirlas. Eran famosos los codillos con chucrut, los wienerschnitzel (escalopes empanados, fritos en mantequilla) que servía con abundante puré de patata, los arenques Bismarck, el goulash a la húngara… todos platos de la cocina centroeuropea. Este pecador fue cliente de Edelweiss desde los años 70 hasta su cierre. 

La decadencia fue progresiva. Las raciones disminuyeron ostensiblemente, el steak tartar pasó a ser picado a máquina en lugar de cortado a cuchillo, un arroz blanco sin interés sustituyó al spätzle que acompañaba el goulash (se estropeó la máquina, dijeron, y nunca se arregló), los vinos alemanes desaparecieron, y quedó solo un liebfraumilch carente de interés… Se diría que el declinar fue paralelo al de Arturo Fernández, cuya caída arrastró al restaurante, cerrado en 2014, creo. Con el tiempo, lo compró un grupo catalán, el Andilana Grup, dueño de varios restaurantes no especialmente reseñables. 

Hoy, el nuevo Edelweiss sirve en su carta gyozas, tempuras y tatakis. Cierto que hay un «menú Baviera» con especialidades del antiguo local, pero modernizadas, me dicen. La también austera antigua decoración, con fotos de época, se ha reformado recargándola mucho. Uno vio el renacer con ilusión, pero poco dura la alegría en casa del pobre. Mis espías me han disuadido de visitarlo…

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