The Objective
Gastronomía

Un viaje sentimental por la Ruta 66

Esta carretera casi centenaria no nació como monumento sentimental, sino como una vía práctica

Un viaje sentimental por la Ruta 66

Un viaje sentimental por la Ruta 66. | Pixabay

El 11 de noviembre de 2026 la Ruta 66 cumplirá 100 años. ¿De qué estamos hablando? Pues de una carretera icónica que atraviesa los Estados Unidos y ha generado a su alrededor toda una mitología relacionada con el rock, el cine, la literatura y el concepto del viaje como experiencia: no para ver museos o comer en restaurantes gastronómicos, sino para (re)vivir lo que otros nos contaron y acaso protagonizar, con el Born to Be Wild (1968) de Steppenwolf como insustituible melodía sonando en los altavoces del descapotable, alguna aventura que poder contar a la vuelta del azaroso periplo.

Yo conozco, por circunstancias personales o profesionales, una treintena de estados de la Unión. Pero nunca he recorrido entera —sí unas cuantas veces por tramos— esta vía que conecta Chicago con Santa Mónica y atraviesa, a lo largo de 3.940 kilómetros, ocho estados del Medio Oeste y el Suroeste hasta llegar a la soñada California donde, como anunciaban los estribillos de los Beach Boys, siempre brilla el sol y hay dos chicas para cada chico. Quizá me lance a hacer el viaje completo este año, con la excusa del centenario…

Para mí, la Ruta 66 fue siempre esa canción escrita en 1946 por Bobby Troup y popularizada después por el Nat King Cole Trio, Chuck Berry, los Rolling Stones y otros grandes del rock’n’roll. Pero también aquella revista adictiva que fundaron en los ochenta Ignacio Julià y Jaime Gonzalo, en la que tuve la suerte de publicar algunos de mis primeros reportajes musicales. Y, por supuesto, es el escenario de relatos formidables de John Steinbeck (Las uvas de la ira, 1939) o Jack Kerouac (En el camino, 1957). Más que una carretera, es un símbolo de libertad y de itinerario en el que las vivencias se acumulan y casi todo parece posible.

Para los cinéfilos impenitentes, es una referencia incuestionable en películas legendarias de distintos géneros, desde la contracultural Easy Rider (Dennis Hopper, 1969) hasta el superéxito de animación Cars (John Lasseter, 2006), pasando por diversas road movies de serie B, entre las que no hay que perderse Roadhouse 66 (John Mark Robinson, 1984) y Buffalo 66 (Vincent Gallo, 1998), dos cintas de culto con actores como Willem Dafoe, Christina Ricci, Mickey Rourke o Anjelica Huston.

Llevo lustros preparándome, quizá sin saberlo, para el recorrido completo. Desde que, en uno de mis saltos transoceánicos, adquirí el libro Rock & Roll Traveller USA (1996), de Tim Perry y Ed Glinert, que reseña concienzudamente todos los landmarks que deben visitar los fans más irredentos de la subcultura rockera, ya estaba atesorando en mi biblioteca de friki la información necesaria para acometer la expedición. Luego descubrí, en Small World Books, una tienducha de libros usados en Venice Beach, el imprescindible Route 66: The Highway and Its People (1990), de Susan Croce Kelly y Quinta Scott, y la idea terminó de imprimirse en mi subconsciente. Algún día, yo también emprendería esa ruta. No un trocito de Arizona y otro de California —como hacen igualmente algunos peregrinos del Camino de Santiago—, sino el trayecto íntegro y sin atajos.

 En los últimos meses, para ir entrando en situación, he leído distintos reportajes sobre dicho itinerario, que me dejan a veces frío y otras expectante. Por supuesto, hay mucho de trampa para turistas incautos en la mayor parte de las paradas. Pero también, si eres curioso y no rehúyes un pequeño desvío, se pueden descubrir rincones fascinantes de esta vasta tierra de promisión que fue la América de siglos pasados. Ahora que los Estados Unidos están logrando ganarse la antipatía de medio planeta gracias a los desvaríos de la política exterior trumpista, la Ruta 66, con sus más y sus menos, simboliza un ideario de espacios abiertos y territorios por explorar, gasolineras pintorescas, moteles con neón rosa, barbacoa, cerveza, emisoras de música country y personajes dignos de una película de John Ford.

Esta carretera casi centenaria no nació como monumento sentimental, sino como una vía práctica. Fue aprobada oficialmente en 1926 para articular un largo corredor entre el corazón industrial del país y la tierra de promisión californiana. Su trazado diagonal la diferenciaba de otras rutas más rectilíneas: en vez de limitarse a unir dos puntos, cosía ciudades medianas, pueblos agrícolas, estaciones de servicio, talleres, moteles y pequeñas comunidades que necesitaban ser atravesadas para no quedar fuera del mapa. Antes de convertirse en icono, fue infraestructura; antes de ser postal, fue herramienta.

De ahí procede buena parte de su magnetismo. A diferencia de las autopistas modernas, que olvidan el paisaje humano y reducen el viaje a una operación de eficiencia, aquella vía obligaba a atravesar la calle principal. El automovilista no sobrevolaba el territorio: entraba en él. Compraba gasolina, preguntaba por una habitación, tomaba café, reparaba una rueda, conversaba con desconocidos y dejaba unas monedas en negocios familiares. La carretera fue, durante décadas, un sistema circulatorio para localidades que crecieron al calor del tránsito.

Durante la Gran Depresión adquirió una dimensión casi bíblica. Miles de familias expulsadas por la pobreza, la sequía y las tormentas de polvo emprendieron camino hacia el Oeste con lo puesto, imaginando que al otro lado del desierto habría trabajo, fruta, un clima benigno y una segunda oportunidad. Aquel éxodo convirtió la carretera en metáfora de supervivencia. Más adelante, la Segunda Guerra Mundial reforzó su importancia estratégica para el desplazamiento de tropas y material hacia el Pacífico. Y después llegó la edad dorada del turismo familiar: vacaciones en el Chevrolet Impala, con niños inquietos en el asiento trasero, nevera portátil, mapas desplegados sobre el capó y un país descubriéndose a sí mismo a velocidad moderada.

También entonces prosperó una estética propia, la llamada roadside architecture: estaciones de servicio de colores chillones, cafés con carteles gigantescos, moteles con piscinas mínimas, figuras publicitarias de fibra de vidrio, autocines, hamburgueserías, neones que prometían camas limpias y aire acondicionado… cosa que no siempre era cierta en los ochenta y puedo atestiguar. Buena parte de lo que ahora nos parece encantador fue, en origen, pura competencia comercial. Había que detener al viajero antes de que lo hiciera el negocio siguiente. El resultado, visto con un siglo de distancia, es uno de los museos involuntarios más reconocibles de la cultura popular estadounidense.

La decadencia comenzó cuando la red de autopistas interestatales, impulsada en los cincuenta, impuso otro modelo: más velocidad, menos contacto, mayor eficacia. El país que había aprendido a detenerse en cada pueblo empezó a rodearlos. Muchos tramos fueron absorbidos, sustituidos o abandonados. Los negocios que dependían del tráfico de paso quedaron heridos de muerte. La ruta fue retirada oficialmente del sistema federal en 1985, pero, como suele ocurrir con los mitos, su desaparición administrativa no hizo sino alimentar la nostalgia.

La recuperación llegó desde abajo. Comerciantes, vecinos y asociaciones locales comprendieron que aquel patrimonio disperso podía salvarse si se convertía en experiencia. En Seligman, Arizona, el barbero Ángel Delgadillo se erigió en portaestandarte de esa resurrección. Cansado de ver languidecer su comunidad tras la apertura de vías más rápidas, impulsó junto a otros vecinos la defensa del trazado histórico. Su barbería, hoy tienda-museo, resume muy bien la ambigüedad del fenómeno: hay souvenirs, sí, pero también una obstinación conmovedora por impedir que el viejo camino se borre del todo.

Entre los españoles que han convertido esa devoción en oficio figura Gon Castro, guía principal de Route 66 Experience y uno de los mayores conocedores de la carretera en lengua española. Desde 2007, acompaña viajes en moto por Estados Unidos, no como quien conduce una excursión turística al uso, sino como quien oficia una ceremonia de asfalto. En su caso, la anécdota tiene algo de reveladora: muchos viajeros llegan soñando con la postal (Harley, chupa de cuero, recta infinita, puesta de sol) y terminan descubriendo que rodar por allí exige otro aprendizaje: etapas razonables, compañerismo y espíritu de motociclista festivo pero sensato. 

Las paradas más famosas conviene asumirlas sin cinismo. En Chicago, la salida oficial permite calentar motores entre arquitectura, blues, pizza gruesa y aire de capital industrial con novela negra al fondo. En Illinois, el Cozy Dog Drive In, en Springfield, mantiene el culto al perrito caliente rebozado servido en brocheta. En Misuri, el Chain of Rocks Bridge, con su extraño quiebro sobre el Misisipi, recuerda que también la ingeniería puede tener una rareza fotogénica. En Kansas, tramo brevísimo pero jugoso, la antigua gasolinera Kan-O-Tex de Galena sigue convocando a familias, coleccionistas y devotos de la animación. En Oklahoma, el renovado Tee Pee Drive-In Theater permite regresar por unas horas a la edad dorada del autocine, mientras la gasolinera Threatt añade una capa menos complaciente al relato: fue refugio para viajeros negros en tiempos de segregación.

Texas comparece con su habitual vocación de exceso. En Amarillo, el Cadillac Ranch al que cantó Springsteen recibe a los peregrinos de la fotografía rápida: diez automóviles semienterrados en fila, convertidos en obra colectiva por capas y capas de pintura. Nuevo México ofrece un cambio de atmósfera: adobe, cultura indígena, chile verde, cielos enormes y tramos urbanos como el de Albuquerque, donde la vieja vía se confunde con avenidas comerciales, moteles supervivientes y memoria automovilística. Arizona, por su parte, concentra algunos de los paisajes más reconocibles del viaje: desierto, pueblos detenidos en el tiempo, carteles restaurados y la sensación de que, por fin, el Oeste empieza a parecerse al Oeste imaginado.

A mí, sin embargo, me interesan más los desvíos por carreteras secundarias, esos lugares donde el folclore, la decadencia y la mitomanía se mezclan con mayor naturalidad. Oatman, en Arizona, es una antigua localidad minera en las Black Mountains donde los burros salvajes campan por la calle principal como si fueran funcionarios del turismo local. Descendientes de los animales de carga abandonados cuando se cerraron las minas, se han convertido, al parecer, en celebridades de cuatro patas. El pueblo ofrece tiroteos teatralizados, fachadas de madera, tiendas de recuerdos y una leyenda fronteriza de las que mezclan tragedia real, explotación narrativa y exotismo decimonónico: la de Olive Oatman, joven cautiva de los nativos americanos cuya historia fue convertida en relato popular. El hotel local añade fantasmas, noches de bodas atribuidas a estrellas de Hollywood y fenómenos paranormales con olor a pólvora vieja. No sé si creo en esas apariciones, pero sí en la perseverancia de un pueblo que ha decidido sobrevivir representándose a sí mismo.

También he anotado en mi plan de viaje el Roy’s Motel & Café, en Amboy, California. Su rótulo de neón, aislado en mitad del Mojave, es una de las imágenes más fotografiadas de todo el recorrido. Allí el paisaje tiene algo de planeta abandonado: postes con zapatos colgados, billetes extranjeros dejados por viajeros, carreteras vacías, yucas con formas espectrales y una soledad que no necesita filtros. 

Más cerca de la cinefilia de culto, el Bagdad Café, en Newberry Springs, funciona como santuario melancólico. No hay lujo ni falta que le haga. La gracia consiste precisamente en encontrar, en medio de la nada, un establecimiento modesto que una película del alemán Percy Adlon convirtió, a partir de 1987, en destino sentimental para viajeros de medio mundo. A veces la cultura popular no embellece los lugares: simplemente les concede una segunda vida.

En Winslow, Arizona, una esquina vive de una canción —el Take It Easy (1972) de los Eagles— y eso no es poca cosa. El visitante se fotografía junto al mural, la estatua y el inevitable guiño musical, aceptando que la experiencia tiene algo de chiste compartido. La carretera entera funciona así: uno sabe que está obedeciendo a un ritual prefabricado, pero lo hace de todos modos porque determinados tópicos han llegado a ser verdaderos por acumulación de fe.

La ruta invita, además, a salirse de la ruta. Nadie debería recorrerla con mentalidad de notario. Cerca quedan el Gran Cañón, el Desierto Pintado, el Bosque Petrificado, Sedona, Flagstaff, el Monument Valley o el desierto de Mojave. Algunos desvíos pertenecen más al imaginario general del Oeste que al trazado histórico, pero sería absurdo renunciar a ellos por purismo cartográfico. El viaje perfecto no es el que respeta cada alineación con exactitud, sino el que sabe cuándo abandonar el carril para perseguir una intuición.

El Gran Cañón, por ejemplo, podrá estar lleno de visitantes, autobuses y palos de selfi, pero les aseguro que conserva intacta su capacidad de sobrecoger. Ninguna fotografía prepara para ese primer asomarse al abismo. Monument Valley, ya en territorio navajo, ofrece otro tipo de conmoción: sus mesetas rojizas parecen haber estado ahí no desde antes del cine, sino para que el cine pudiera existir. Sedona, con sus formaciones rocosas y su pasado de pequeño Hollywood del desierto, añade un tono más extravagante, entre misticismo, western y postal californiana desplazada tierra adentro.

Dicen que Nuevo México permite otra clase de desviación. Entre Santa Fe y Albuquerque, el Turquoise Trail atraviesa pueblos mineros, montañas, horizontes abiertos y paisajes que las series televisivas han convertido en tragedia moral. Uno de esos pueblos se llama Madrid, detalle que para un español con inclinación a la tontería sentimental no deja de tener su gracia. Allí, como en tantos puntos del Suroeste, conviven herencias hispanas, nativas, anglosajonas, hippies y turísticas sin llegar a fundirse del todo. Esa fricción también forma parte del viaje.

La Ruta 66 exige, además, aceptar su fealdad. No todo son rótulos restaurados, moteles fotogénicos y estaciones de servicio con encanto. Hay tramos descuidados, señalización confusa, gasolineras cerradas, pueblos dormidos y paisajes que durante horas no parecen ofrecer más que monotonía. Pero esa es precisamente una de sus virtudes. La carretera no se entrega al viajero como un decorado impecable de Instagram. A veces hay que buscarla, reconstruirla, intuirla bajo la interestatal, seguir una señal oxidada, preguntar a un camarero, equivocarse de salida o aceptar que el mito también tiene zonas muertas, me explica un amigo con más experiencia que yo en este itinerario.

Por eso nos convendrá viajar sin prisa. La Ruta 66 puede hacerse enterita en dos semanas, pero se entiende mejor si uno se permite perder tiempo. Parar donde no toca. Desayunar tarde. Comprar una botella en una tienda donde el dependiente parece salido de una novela de Cormac McCarthy. Escuchar una emisora local. Dormir en un motel limpio, pero sin encanto, o en uno encantador, pero quizá no tan limpio. Hacerse una foto ridícula. Hablar con alguien que no ha salido nunca del condado. Mirar pasar un tren de mercancías interminable. Sentir, por un momento, que el viaje no consiste en llegar a Santa Mónica, sino en prolongar la demora.

Y, por supuesto, comer. Porque si la Ruta 66 tiene un idioma verdaderamente democrático, ese idioma no es el inglés, sino el de los diners, los cafés de carretera, los desayunos pantagruélicos, las tartas caseras, las hamburguesas con queso, los batidos espesos, los huevos con beicon, las costillas, los tacos, la barbacoa tejana y los menús que parecen diseñados para camioneros, familias numerosas y adolescentes con metabolismo de atleta olímpico. Michelin lo recordaba, en su web, al abordar el centenario: la comida de carretera es inseparable de la experiencia. Y no por sofisticada, sino por exactamente lo contrario. Su valor reside en el rito.

En Chicago, Lou Mitchell’s, abierto desde 1923 cerca del arranque original de la ruta, sigue siendo una peregrinación imprescindible para desayunar como si uno fuera a cruzar el continente a fuerza de café, huevos y porciones generosas. En Illinois, el ya mencionado Cozy Dog Drive In, en Springfield, ofrece el tipo de papea que no se defiende con argumentos nutricionales. Dell Rhea’s Chicken Basket, cerca de Chicago, mantiene la tradición del pollo frito y las cenas a altas horas. Polk-A-Dot Drive In, con su estética retro, recuerda que la nostalgia puede ser un ingrediente tan potente como la mostaza.

En Misuri y Kansas, la cocina se vuelve más doméstica, más de confort. Missouri Hick Bar-B-Q atiende a quienes necesitan humo, carne y salsa; Fanning 66 Outpost mezcla comida sencilla con memorabilia; y, en el brevísimo tramo de Kansas, Cars on the Route, en Galena, convierte la cultura pop en parada digestiva. No se va allí buscando la revelación gastronómica, sino la confirmación de que una hamburguesa puede formar parte de una narrativa mayor.

Oklahoma tiene mucha carretera y mucha comida de cuchillo y tenedor. Rock Café, en Stroud, es uno de esos diners que parecen haber nacido para resistir incendios y modas. Clanton’s Café, en Vinita, presume de platos contundentes y tradición familiar. Waylan’s Ku-Ku Burger, con su arquitectura juguetona, pertenece al universo más delirante de las roadside attractions. Y en Reno, las hamburguesas con cebolla de Sid’s Diner merecen entrar en cualquier canon informal del viaje.

Texas no decepciona en su vocación de exceso. En Adrian, el Midpoint Café marca la mitad exacta de la ruta y ofrece tartas célebres, incluidas esas ugly pies que, como tantas cosas por estos lares, se venden mejor cuanto peor se presentan. En Amarillo, The Big Texan Steak Ranch propone el reto del chuletón de 72 onzas (más de 2 kilos), una barbaridad entre circense y antropológica: quien termina la carnaza con toda su guarnición en menos de una hora no paga. Cerca de allí, Tyler’s Barbeque permite tomarse más en serio el asunto del humo y la carne.

Nuevo México introduce chile, adobe y sabores del Suroeste. En Albuquerque, 66 Diner ofrece hamburguesas y decorado retro con solvencia fotográfica. En Gallup, el restaurante de El Rancho Hotel conserva ecos del Hollywood que atravesaba la ruta rumbo a los rodajes del Oeste. No es mala idea recordar allí que la Ruta 66 también fue una vía de circulación de técnicos, actores, productores y figurantes hacia los territorios donde se fabricaba la épica nacional.

Arizona quizá condensa como pocos estados la nostalgia de la carretera. En Seligman, Delgadillo’s Snow Cap Drive-In representa el humor, la extravagancia y el espíritu familiar de la ruta. En Kingman, Mr. D’z Route 66 Diner ofrece tortitas, hamburguesas y decoración años cincuenta con la falta de pudor cromático que uno espera en estos casos. Y Westside Lilo’s Café, menos aparatoso y más local, recuerda que no todo lo auténtico lleva neón.

California funciona como epílogo. En Newberry Springs, el Bagdad Café es más importante por su carga cinematográfica que por su propuesta culinaria. Peggy Sue’s 50’s Diner, cerca de Barstow, juega a fondo la carta retro. Y al acercarse al Pacífico, Mel’s Drive-In permite cerrar el círculo con milkshake, hamburguesa y esa alegría infantil de quien ha llegado hasta el final del mapa.

¿Es la Ruta 66 un tópico? Desde luego. ¿Una explotación turística de la nostalgia? También. ¿Un museo al aire libre de la América que se mira a sí misma con complacencia? A ratos. Pero sería injusto despacharla con superioridad europea. Pocas carreteras han conseguido representar tantas cosas a la vez: migración, pobreza, prosperidad, industria del automóvil, segregación, vacaciones familiares, cultura pop, moteles, neones, rock’n’roll, westerns, hippies, moteros, jubilados, mochileros y viajeros tardíos con biblioteca sentimental.

Quizá por eso sigue funcionando. Porque todos tenemos alguna carretera pendiente, un viaje que imaginamos antes de hacerlo, una melodía que nos empuja hacia el Oeste, aunque sepamos que el Oeste ya no existe como promesa virgen. La Ruta 66 cumplirá 100 años con tramos troceados, negocios cerrados, museos modestos, souvenirs horribles y algunas paradas maravillosas. Pero mientras alguien salga de Chicago rumbo a Santa Mónica con ganas de perderse un poco, la vieja Mother Road seguirá teniendo sentido. Aunque solo sea para recordarnos que viajar no siempre consiste en descubrir lugares nuevos, sino en comprobar si todavía somos capaces de habitar los mitos que nos educaron.

Publicidad