Amaia, hija de Arguiñano: «Cuando iba al colegio desayunaba sopa de ajo; allí se sorprendían, no lo veían normal»
Aunque es una más en su familia, Amaia es la única que no se ha dedicado al mundo de la hostelería, eligiendo el motor

Amaia, junto a su padre, en una foto de las redes sociales.
La familia Arguiñano siempre fue una familia normal. Aunque eso sí, a ellos les une la comida. Y es que sus cenas y comidas en el caserío de los Arguiñano-Ameztoy se convirtió en su punto de encuentro, el momento en el que padres, hijos y ya nietos se reunían alrededor de la mesa para hablar de su vida, contar sus novedades y, sobre todo, pasar tiempo de calidad. Así, la gastronomía más allá de algo profesional también les ha unido en lo personal. Es más, sus hijos no solamente han querido seguir el legado familiar, sino que, también, han aprovechado para explorar otros caminos. Como le sucedió a Amaia, «la más inteligente», quien decidió formarse en el mundo de la ingeniería y del motor.
Aunque eso sí, siempre ha mantenido su pasión por la cocina, a pesar de no dedicarse de ello al completo. Ella misma ha contado, en varias ocasiones, que, cuando era pequeña sus compañeros se sorprendían. «Cuando iba al colegio desayunaba sopa de ajo; allí se sorprendían, no lo veían normal», contó al diario Deia. «Cuando vivíamos todos juntos mi madre cocinaba mucho. Recuerdo los revueltos de patatas que hacía, la pasta con queso y gratinada al horno. De aita me acuerdo de esos riquísimos bocadillos. Incluso recuerdo la sopa de ajo y la tortilla de patatas que nos hacía antes de ir al cole», explicó.
La infancia de Amaia Arguiñano en Zarauz
«Nadie desayunaba sopa de ajo. De los dos tengo muchos recuerdos de cocina muy buenos. ¿Quién cocina mejor? Los dos, mis padres son geniales», apostilló al mencionado diario. A diferencia de sus seis hermanos, Amaia no se decantó inicialmente por los fogones ni por la hostelería pura. Es la única con titulación universitaria superior. Estudió Ingeniería Técnica Mecánica e Ingeniería Industrial —en la especialidad de Materiales—. Su formación técnica la llevó a un mundo muy alejado de la cocina: el motociclismo de élite. Durante varios años trabajó en el equipo de su padre (AGR Team) como experta en telemetría, analizando datos y sensores de las motos en pleno mundial.
Tras años viajando por circuitos de todo el mundo, Amaia decidió frenar y volver a sus raíces en Aia (Gipuzkoa). Actualmente es la pieza fundamental de la Bodega K5, el proyecto de Txakoli de la familia. De esta manera, aplica su mentalidad de ingeniera para profesionalizar y modernizar la producción. Bajo su dirección, sus vinos han alcanzado puntuaciones altísimas en guías internacionales —como los 96 puntos Decanter—, elevando el txakoli a una categoría de lujo. Amaia es una firme defensora del papel de su madre, Luisi Ameztoy, de quien dice que «ha trabajado más que todos y siempre en la sombra».
«Nadie desayunaba sopa de ajo»
La relación con su padre es de una confianza absoluta. Él la define como un «soplo de aire fresco» para los negocios. Aunque Karlos es puro optimismo, Amaia es quien pone el orden, los datos y la estructura. Amaia ha confesado que a veces utiliza el apellido de su madre (Ameztoy) para que no la reconozcan y así poder manejarse con más libertad en su vida privada. Vive de forma muy sencilla en su tierra natal. Es madre —tiene un hijo pequeño— y forma parte de esa famosa «piña» de los Arguiñano que se reúne cada domingo para comer en el caserío. Como buena Arguiñano, sabe cocinar perfectamente —aprendió por pura supervivencia en sus años de estudiante en Mondragón—, le encanta la naturaleza y la vida tranquila del norte.
A pesar de ser ingeniera y gestionar una bodega de éxito, en las reuniones familiares los fogones se los deja a su padre y hermanos. Ella prefiere disfrutar de la mesa y de la compañía de los más de 30 miembros que se juntan en las celebraciones familiares. Amaia es, probablemente, la hija que más tierra firme aporta a la familia. La relación con su padre es de una admiración divertida. Mientras Karlos es la cara visible, el optimismo y la improvisación, Amaia es la estructura. Ella es quien ha profesionalizado proyectos como la bodega K5. Karlos siempre dice con orgullo que ella es «la lista de la familia» por ser ingeniera, y confía ciegamente en su criterio técnico.
No se dedica al mundo de la hostelería
Amaia es la mayor defensora del papel de su madre. Siempre recalca que Luisi ha sido el verdadero motor que ha sostenido el imperio Arguiñano mientras su padre estaba en la televisión. Comparten esa discreción guipuzcoana de trabajar duro sin necesidad de aplausos. Amaia es la pequeña de siete hermanos —seis biológicos y una adoptada—, y lo curioso de los Arguiñano es que no compiten entre ellos, sino que se complementan en el negocio familiar. Al ser cada uno responsable de un área distinta —como cocina, repostería, gestión e ingeniería/vino—, evitan los roces profesionales. Amaia suele decir que se llevan tan bien porque «cada uno tiene su trozo del pastel».
Los domingos en el caserío son una regla de oro. Todos se juntan a comer en familia. En esas reuniones, Amaia deja de ser la ingeniera y la gestora de la bodega para ser simplemente la hermana menor en una mesa donde se juntan más de 25 personas entre parejas y nietos. Además, a pesar de ser una familia con un patrimonio importante, han sido educados en la cultura del esfuerzo. Amaia siempre cuenta que, desde pequeños, todos han pasado por fregar platos o servir mesas antes de ocupar puestos de responsabilidad. Ese sufrimiento compartido en los inicios es lo que hoy los mantiene tan unidos.
