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Kant, filósofo, ya lo dijo a sus 60 años: «Una buena vida solo es posible si eres fiel a tus ideas. Ten el coraje de usar tu propio entendimiento»

¿Pensamos por cuenta propia o hemos elegido la comodidad de que otros —como algoritmos— lo hagan por nosotros?

Kant, filósofo, ya lo dijo a sus 60 años: «Una buena vida solo es posible si eres fiel a tus ideas. Ten el coraje de usar tu propio entendimiento»

Kant analizó el esfuerzo que supone pensar por cuenta propia

Nunca ha sido tan fácil acceder a respuestas… ni tan tentador dejar de hacerse preguntas. En una época en la que escribir una simple frase basta para que una máquina razone y responda por nosotros, el acceso inmediato al conocimiento y a la información convive con una cesión que estamos haciendo desde hace años: la del esfuerzo de pensar por cuenta propia. Immanuel Kant ya exploró esta realidad hace más de dos siglos.

¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia moral… entonces no necesito esforzarme. No me hace falta pensar si solo tengo que pagar. Otros asumirán por mí tan fastidiosa tarea

A finales del s. XVIII, el filósofo alemán definió la Ilustración como la salida del ser humano de su «minoría de edad». Con este concepto, Kant no se refería a una cuestión biológica, sino intelectual: la incapacidad de pensar por uno mismo sin apoyarse en la guía, la autoridad o el juicio de otros. Para el filósofo, el problema no era la falta de inteligencia, sino la falta de decisión para usarla con autonomía. Hoy, más de doscientos años después, la pregunta es inevitable: en plena era de la inteligencia artificial, ¿estamos avanzando hacia esa emancipación o regresando a una nueva forma de dependencia voluntaria?

Kant defendía el pensamiento propio

Immanuel Kant lo formuló con claridad: «¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la Ilustración», escribió en diciembre de 1784, a la edad de 60 años, en su ensayo Contestación a la pregunta: ¿qué es la Ilustración?.

No es que el ser humano no pueda pensar, sino que muchas veces prefiere no hacerlo

Hoy ese llamado choca la tentación de delegar nuestro propio pensamiento. Kant hablaba de libros o autoridades; nosotros tenemos algoritmos. Y la advertencia que dejó escrita parece dirigida a nosotros: «Si tengo un libro que piensa por mí… no necesito molestarme. No me hace falta pensar, siempre que pueda pagar». El «libro» ha sido sustituido por internet, algoritmos, IA y sistemas automatizados. La comodidad, al final, sigue siendo la misma.

La pereza (y cobardía) de pensar

Kant identificó dos causas fundamentales de lo que él llamaba «minoría de edad»: la pereza y la cobardía. No es que el ser humano no pueda pensar, sino que muchas veces prefiere no hacerlo. En ese sentido, su ironía resulta sorprendentemente actual: «¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia moral… entonces no necesito esforzarme. No me hace falta pensar, si solo puedo pagar; otros asumirán por mí tan fastidiosa tarea».

Si traemos esta tesis a la actualidad, vemos cómo la inteligencia artificial no nos obliga a dejar de pensar, sino que somos nosotros mismos quienes, por comodidad, elegimos no hacerlo. En ese gesto aparentemente inocente —pedir a una máquina que escriba, busque, resuma odecida— puede esconderse una renuncia a nuestra propia autonomía.

Las redes sociales, desarrolladores o sistemas de IA moldean cómo pensamos sin que apenas lo notemos

Kant también advertía sobre los «tutores», esas figuras que mantienen a otros en la dependencia: «Después de haber entontado a sus animales domésticos y procurar cuidadosamente que estas pacíficas criaturas no den un paso fuera de las andaderas donde las metieron, les muestran luego el peligro que les amenaza si intentan caminar solos». Hoy, esos tutores ya no son solo instituciones o autoridades religiosas, pues también pueden ser redes sociales, desarrolladores o sistemas que moldean cómo pensamos sin que lo notemos.

La Ilustración, en este contexto, no consistiría simplemente en usar tecnología, sino en saber cuándo dejar de hacerlo. La verdadera autonomía en 2026, por tanto, no sería no acceder a respuestas inmediatas, sino decidir cuándo merece la pena formularlas por uno mismo.

El imperativo categórico frente al algoritmo

Pero la filosofía de Kant no se detiene en el pensamiento individual. Su ética plantea un desafío aún mayor en la era digital: ¿puede una máquina ser moral? En su obra Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785), el filósofo formuló uno de los principios más influyentes de la historia: «Obra solo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal». La moralidad, para él, no depende de los resultados, sino de la intención y de la posibilidad de universalizar una regla.

En el reino de los fines todo tiene o un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad

Aplicado a 2026, el dilema es evidente. Si un algoritmo de selección de personal discrimina en función de datos históricos sesgados, ¿podría esa lógica convertirse en una ley universal sin destruir la idea misma de justicia? La respuesta, desde la perspectiva de Kant, es clara. Aquí aparece una diferencia clave: una inteligencia artificial puede actuar conforme al deber (seguir reglas), pero no por deber (tener una voluntad moral). Carece de autonomía, así que, por definición, es heterónoma, porque obedece leyes impuestas por programadores o datos.

Esto conecta con otra distinción fundamental del filósofo: «En el reino de los fines todo tiene o un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad». Hoy, en un mundo gobernado por datos, el riesgo es tratar a las personas como variables intercambiables, reducidas a métricas cuantificables. Para Kant, eso implica alejarse de los principios básicos de la ética. Por eso, la pregunta que quizá deberíamos hacernos no es solo si la tecnología cumple su función, sino si la manera en que esta decide sería aceptable si se aplicara siempre y a todos. Porque, según el filósofo, no basta con que algo funcione bien, pues también debe ser justo.

El diagnóstico de Kant sobre la pereza intelectual, como vemos, puede seguir analizándose en la actualidad. Ahora la cuestión no es si usamos las máquinas o la inteligencia artificial, sino cómo la usamos. O, mejor dicho, si estamos permitiendo que otros —personas, algoritmos…— piensen por nosotros. La Ilustración, al final, no fue un simple momento histórico, sino un cambio en la forma de entender el pensamiento; de atreverse a razonar por uno mismo sin depender de otros. Así, la pregunta que Kant dejó abierta sigue vigente: ¿tenemos el valor y las ganas de pensar por nosotros mismos?

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