El malestar en la cultura contemporánea
Estamos diseñados para angustiarnos por la muerte y eso no mejora ni empeora con el capitalismo

Cuando la vida era más sencilla y la abundancia menor, ¿éramos más felices? En la imagen, interior de una tienda de Toy Planet en Madrid. | Ricardo Rubio (EP)
En El loco de Dios en el fin del mundo, su relato del viaje de Francisco a Mongolia, escribe Javier Cercas: «Yo tengo una envidia enorme de mi madre. ¿Cómo no vas a envidiar a alguien que está seguro de que esta vida no es la única, y de que cuando muramos hay algo que no es como esto, sino muchísimo mejor que esto?».
No hay nada como la certeza y, durante un tiempo, también yo creí que la ignorancia procuraba esa fe del carbonero, que acepta acríticamente el relato consolador de la salvación. Y el progreso material experimentado por nuestras sociedades capitalistas no ayudaba, porque liberados de la mera economía de subsistencia, dedicábamos el ocio a cuestionar todo.
Pero el propio Cercas explica que una de las condiciones que impuso para aceptar el encargo editorial fue disponer de unos minutos con el Papa «para preguntarle si mi madre verá a mi padre más allá de la muerte y para llevarle a mi madre su respuesta». O sea, que su madre dudaba. ¿Sigue siendo, entonces, mejor saber que no saber, tener que no tener? En realidad, la desazón que nos inspira la muerte no tiene que ver ni con una cosa ni con otra.
Meterme debajo de la cama y llorar
María la Carrasca era completamente analfabeta. Durante gran parte de su vida adulta, ella y su marido vivieron junto al pesebre que tenía la familia de mi mujer, en un chamizo con el suelo de tierra pisada. No tenían luz ni calefacción ni agua corriente, y una caseta de madera en medio del corral les servía de letrina.
Con el tiempo y el despegue de España, su bienestar mejoró. Pudieron comprarse una humilde vivienda en las afueras del pueblo y mandaron a sus hijos a la escuela. Alguno de sus nietos llegó a la universidad. Aquella prosperidad no mejoró, sin embargo, la satisfacción de María. Todo lo contrario. A finales de los años 90 cayó en una profunda depresión. «Lo único que me apetece —decía— es meterme debajo de la cama y llorar».
A mi suegra siempre le desconcertó tanta desesperanza en alguien tan elemental. Asociaba la ansiedad con la educación y el progreso. La gente iletrada y humilde gozaba de más paz interior porque no tenía tiempo para plantearse las cuestiones últimas: quiénes somos, de dónde venimos, qué sentido tiene todo. Los existencialistas habían llevado este ejercicio estéril al extremo de asegurar que una vida auténtica no fantasea con la idea de la eternidad y asume que el final es completo e irreversible. Mientras las personas sencillas campan por el mundo ajenas a toda inquietud que no sean las propias del día a día, los listos braceamos patéticamente en busca de razones a las que asirnos para mantenernos a flote.
Si solo le quedara una hora
«No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio —escribe Albert Camus—, y ese es el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía».
Camus (igual que mi suegra) daba por supuesto que las personas necesitamos razones para vivir, pero ¿de verdad las necesitamos? Y en caso contrario, ¿qué nos impele a vivir?
Imaginen que el médico los desahucia y les da un año, un mes, un día. ¿A qué lo dedicarían? Ante semejante tesitura, la realidad se escinde en dos: lo que importa y lo que no. El filósofo Roger-Pol Droit examina en Si solo me quedara una hora de vida las fuentes convencionales de satisfacción que generalmente se aducen y va descartándolas una tras otra. Ante el último trance, no ofrecen un consuelo duradero ni la sabiduría, ni la notoriedad, ni mucho menos el dinero.
Todo lo contrario. Si acaso, aumentan la conciencia pesarosa de que nada de lo que tenemos o sabemos va a librarnos de la enfermedad.
Una ilusión animal
¿Y qué nos queda, entonces? ¿Por qué merece la pena vivir?
En su introspección y por debajo del ruido de las pasiones, Droit detecta un murmullo, una corriente, algo que «sigue su curso, solo, que no se alimenta de nada». Es el puro afán de persistir. «El alma […] se esfuerza por perseverar en su ser», dijo Spinoza, y Droit añade: «Lo que nos ata a la existencia es un apetito […] interminable, feroz, sordo, voraz, una voluntad de más y más». Es una ilusión animal, diseñada por la naturaleza para «soportar sufrimientos, enfermedades y desgracias». Sin ella, «todo el mundo pondría fin a sus días al primer rasguño, a la primera congoja». Por ella, nos resulta tan difícil morir.
Esa ilusión animal, y no la educación y el progreso, era lo que desazonaba a la madre de Cercas y le impedía entregarse sin reservas a su sueño ultraterreno. Y esa ilusión animal, y no razones, era lo que María la Carrasca buscaba debajo de su cama.
