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La lección psicológica que nos deja la derrota de Ilia Topuria: «Las personas que no saben perder y se hunden ante el fracaso cometen errores de base»

La psiquiatra Ana Isabel Sanz explica por qué algunas personas se hunden mientras otras salen fortalecidas

La lección psicológica que nos deja la derrota de Ilia Topuria: «Las personas que no saben perder y se hunden ante el fracaso cometen errores de base»

Topuria

La derrota de Ilia Topuria ha ocupado titulares, análisis deportivos y debates entre aficionados de las artes marciales. Pero más allá de lo ocurrido dentro del octógono, el combate deja una reflexión que trasciende el deporte: ¿qué ocurre cuando una persona acostumbrada a ganar se enfrenta de repente al fracaso? ¿Cómo se gestiona una caída cuando se produce ante millones de espectadores y cuando la propia identidad parece construida alrededor del éxito?

La forma en que afrontamos las derrotas dice mucho más de nosotros que nuestras victorias. Mientras algunas personas interpretan un revés como una prueba de incapacidad o una amenaza para su autoestima, otras son capaces de convertirlo en una oportunidad para aprender, reajustar expectativas y seguir avanzando.

Para entender qué sucede psicológicamente cuando la realidad rompe la imagen que tenemos de nosotros mismos, en THE OBJECTIVE hablamos con la psiquiatra Ana Isabel Sanz, especialista en trastornos afectivos, ansiedad y comportamiento. Con ella analizamos por qué nos cuesta tanto aceptar los fracasos, qué diferencia a quienes se hunden de quienes crecen después de una caída y qué enseñanzas puede dejar una derrota tan pública como la sufrida por Topuria.

Cuando el fracaso se convierte en una amenaza personal

Según explica la psiquiatra, las personas que peor gestionan las derrotas suelen cometer un error muy concreto: confundir los resultados con su propio valor personal. «Tienden a pensar que el éxito, la capacidad o el talento son rasgos que se tienen o no se tienen, en lugar de entenderlos como el resultado de un proceso de aprendizaje y mejora constante», señala.

Cuando algo no sale como esperaban, la interpretación suele ser especialmente dura. En lugar de analizar qué ha fallado, aparecen pensamientos relacionados con la culpa, la vergüenza o la sensación de incapacidad. «Las personas más resilientes entienden que equivocarse forma parte del camino y son capaces de preguntarse qué ha fallado y qué pueden mejorar para intentarlo de nuevo», explica.

A ello se suma otro factor habitual: las expectativas poco realistas. «Quienes peor toleran las derrotas suelen partir de expectativas excesivamente altas. Buscan la perfección desde el principio y olvidan que el aprendizaje requiere tiempo, experiencia y también errores».

La diferencia entre el error de hundirse y la posibilidad aprender

Para la doctora Ana Isabel Sanz, la clave no está tanto en lo que ocurre como en el significado que damos a lo ocurrido: «Las personas que se hunden ante una decepción suelen centrarse en el dolor emocional que les provoca el resultado y lo interpretan como una prueba de incapacidad o fracaso personal».

En cambio, quienes consiguen recuperarse de una caída importante suelen adoptar una perspectiva diferente. Analizan los factores que han influido en el resultado, identifican aspectos mejorables y elaboran nuevas estrategias para seguir avanzando: «No se quedan atrapadas en la culpa, sino que utilizan la experiencia como una fuente de información para crecer». Esta diferencia resulta especialmente visible en ámbitos altamente competitivos como el deporte profesional, donde la línea que separa el éxito del fracaso puede ser extremadamente fina.

Las derrotas también sirven para poner el ego en su sitio

Aunque solemos percibirlas únicamente como experiencias negativas, las derrotas también pueden desempeñar una función importante en el desarrollo personal. De hecho, Sanz considera que son una oportunidad para revisar la imagen que tenemos de nosotros mismos: «Las derrotas deberían ayudarnos a vernos de una forma más realista. No se trata de pensar peor de nosotros mismos, sino de desarrollar una visión más equilibrada».

La psiquiatra Ana Isabel Sanz
La psiquiatra Ana Isabel Sanz

La especialista explica que todas las personas tenemos fortalezas y limitaciones, pero a menudo tendemos a ignorar una de las dos caras: «Ninguna persona es perfecta ni tampoco un desastre absoluto. Todos tenemos áreas en las que destacamos y otras en las que todavía podemos mejorar». Cuando no hacemos ese ejercicio de autoconocimiento, corremos el riesgo de quedarnos atrapados en una imagen distorsionada, ya sea excesivamente idealizada o excesivamente negativa.

El choque entre lo que creemos ser y lo que ocurre

Las derrotas o fracasos suelen resultar especialmente dolorosas cuando cuestionan la imagen que hemos construido sobre nosotros mismos. «Cuando una persona tiene una visión muy exagerada de sus capacidades o, por el contrario, una autoestima excesivamente baja, el choque con la realidad suele ser más difícil de gestionar», explica.

Sin embargo, también puede convertirse en una oportunidad: «Confrontar la imagen que tenemos de nosotros mismos con los hechos reales es un ejercicio muy saludable. Nos ayuda a identificar dónde estamos realmente y hacia dónde queremos dirigir nuestros esfuerzos de mejora».

La psiquiatra recuerda que el crecimiento personal no consiste en alcanzar una perfección definitiva, sino en seguir evolucionando: «Cuando creemos que ya no nos queda nada por aprender o mejorar, corremos el riesgo de perder la ilusión y el sentido de seguir avanzando».

El error que solemos cometer: escapar de lo que sentimos

La humillación, la frustración o el sentimiento de haber decepcionado a los demás suelen ser algunas de las emociones más difíciles después de una derrota importante. Ante ellas, la psiquiatra recomienda evitar una reacción habitual: intentar escapar de lo que sentimos: «Lo primero es no negar esas emociones ni intentar huir de ellas. La vergüenza, la frustración o la decepción forman parte de la experiencia humana».

Aceptar esas emociones no significa resignarse, sino comprender qué nos están diciendo y permitir que sigan su curso. Asimismo, la especialista también subraya la importancia de relativizar: «Equivocarse no es algo excepcional. Es una experiencia que todos vamos a vivir antes o después».

En este sentido, destaca dos herramientas especialmente útiles: la aceptación y el sentido del humor: «Ser capaces de reírnos de nuestros propios fallos, sin ridiculizarnos, ayuda a disminuir el malestar y recuperar perspectiva». Además, atravesar experiencias difíciles suele hacernos más comprensivos con los errores de los demás.

Por qué necesitamos equivocarnos para crecer

En una sociedad obsesionada con el éxito, resulta fácil olvidar que el aprendizaje está íntimamente ligado al error. «Un niño aprende a caminar a través de caídas constantes. Lo mismo ocurre con muchas otras áreas de nuestra existencia», recuerda la psiquiatra. Aprendemos sobre relaciones después de decepciones. Aprendemos sobre nuestro trabajo después de equivocarnos. Y aprendemos sobre nosotros mismos cuando la realidad no coincide con nuestras expectativas.

Desde el punto de vista psicológico, los errores obligan al cerebro a adaptarse y buscar nuevas soluciones: «No existe desarrollo personal sin equivocaciones. Lo importante no es evitar todos los errores, algo imposible, sino aprender a interpretarlos como oportunidades de mejora y no como una descalificación global de nuestra persona».

La lección que deja Topuria

Más allá del resultado deportivo, la psiquiatra Ana Isabel Sanz considera que la reacción de Ilia Topuria puede dejarnos una enseñanza valiosa: «Llegaba con una enorme preparación y grandes expectativas, y después sufrió una derrota muy dolorosa tanto física como emocionalmente». Sin embargo, destaca que ha sido capaz de aceptar públicamente lo ocurrido y asumir la incertidumbre sobre lo que vendrá después. «Su actitud transmite una idea importante: aspirar a grandes objetivos implica aceptar también la posibilidad de perder».

La psiquiatra considera que esa es una de las lecciones más difíciles de interiorizar en una cultura que suele celebrar las victorias y ocultar los fracasos: «Nos enseña la importancia de tolerar la frustración, convivir con la incertidumbre y mantener abiertos los proyectos de futuro incluso cuando las circunstancias no salen como esperábamos». Porque, al final, una derrota puede cambiar muchas cosas, pero no tiene por qué definir el valor de una persona ni determinar el resto de su trayectoria. Y quizá esa sea la enseñanza más útil de todas.

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