Cuando todos prueban los límites de Washington
«El siglo XXI parece encaminarse hacia un equilibrio inestable, caracterizado por la superposición de crisis»

fotografía de archivo de la Casa Blanca.
El mapa geopolítico contemporáneo parece fragmentado en crisis que parecen independientes. Una guerra prolongada en Europa, tensiones persistentes en Oriente Medio y una creciente rivalidad en Asia-Pacífico. La dinámica actual responde a la lógica de la policrisis. Se define como un sistema en el que los conflictos no solo coexisten, sino que se entrelazan, se amplifican mutuamente y generan efectos en cascada, difíciles de contener.
Varios actores están probando los límites del poder estadounidense en un contexto de crisis simultáneas. Cabe preguntarse hasta qué punto puede EEUU sostener múltiples frentes, sin que su poder relativo sea puesto a prueba. El riesgo no es que Washington sea débil, sino que parezca demasiado ocupado. Y en geopolítica, una percepción equivocada puede bastar para cambiar el equilibrio del siglo XXI.
La idea de la policrisis ha dejado de ser un concepto académico para convertirse en una descripción precisa del orden internacional actual. A diferencia de otras etapas históricas, el sistema global ya no se enfrenta a crisis aisladas, sino a una red de tensiones simultáneas que interactúan entre sí, dificultando cualquier resolución estable.
Cada conflicto redefine el equilibrio antes de resolverse
El conflicto en Ucrania ilustra esta dinámica. Lo que comenzó como una invasión convencional se ha transformado en una guerra de desgaste que mide no solo la capacidad militar de Rusia, sino también la cohesión política y militar de EEUU y sus aliados. Siguiendo la lógica del equilibrio de poder desarrollado por Henry Kissinger, cada conflicto redefine el equilibrio antes de resolverse.
El apoyo de EEUU a Ucrania ha demostrado las tensiones inherentes en una estrategia de largo plazo. La oportunidad política, las divisiones internas y las presiones presupuestarias no son meras variables domésticas: son factores geopolíticos, que son observados con atención por adversarios potenciales. Ucrania es un campo de batalla europeo y un laboratorio donde se evalúa la consistencia del liderazgo estadounidense y la capacidad de la autonomía estratégica europea.
Al mismo tiempo, la creciente tensión en torno a Taiwán refleja cómo las crisis regionales están insertas en una competencia global más amplia. La pugna entre China y EEUU va a definir el equilibrio de poder del siglo XXI. En este contexto, incluso conflictos aparentemente locales adquieren una dimensión sistémica global.
El conflicto y las tensiones con Irán, por ejemplo, no solo plantean riesgos militares, sino que amenazan rutas energéticas clave, con efectos inmediatos sobre los precios globales y la estabilidad económica. Así, la geopolítica vuelve a situarse en el centro de la economía mundial, revirtiendo décadas de relativa desconexión tras el final de la Guerra Fría. Cada foco de tensión influye, condiciona y amplifica a los demás. En ese entramado, una pregunta empieza a imponerse en los cálculos estratégicos de las grandes potencias: ¿hasta dónde puede llegar el poder de EEUU, antes de mostrar fisuras?
Lo que distingue a la situación actual no es únicamente la simultaneidad de los conflictos, sino su interconexión y la erosión de los mecanismos tradicionales de gestión. Instituciones multilaterales debilitadas, una creciente fragmentación del poder, un sinnúmero de decisiones impredecibles y la proliferación de actores no estatales han reducido la capacidad de respuesta coordinada. La incertidumbre se convierte en la norma. Las decisiones estratégicas ya no pueden evaluarse en función de un único escenario, sino de múltiples variables interdependientes.
Convergencia de conflictos: de Kiev a Taiwán, pasando por Oriente Próximo
Si durante la segunda mitad del siglo XX el mundo estuvo definido por la tensa estabilidad de la Guerra Fría, el siglo XXI parece encaminarse hacia un equilibrio inestable, caracterizado por la superposición de crisis y la ausencia de un orden claro. En esta nueva era, el mayor riesgo no proviene de un único conflicto, sino de la convergencia de muchos.
La agresión de Rusia a Ucrania ha sido el epicentro inicial de esta dinámica, midiendo la resiliencia de Occidente frente a Rusia. Washington y Bruselas han logrado sostener a Kiev militar y financieramente, pero con un coste político y estratégico. El apoyo prolongado exige recursos, cohesión interna y disciplina entre aliados, tres variables que rara vez se mantienen intactas con el paso del tiempo. Debemos estar atentos a la próxima Cumbre de la OTAN en Ankara.
Al mismo tiempo, Oriente Medio vuelve a reclamar atención, emergiendo como un foco de inestabilidad estructural. Las tensiones con Irán, junto con sus múltiples proyecciones regionales, introducen una dimensión adicional de complejidad. La firma de un MOU entre EEUU e Irán parece haber tranquilizado los mercados globales. Se ha abierto un periodo de sesenta días, que quizás se alargue, donde lo importante no es el inicio, sino la transición y la consecución de un acuerdo.
La volatilidad energética derivada de conflictos en la región tiene efectos inmediatos sobre la inflación global, el crecimiento y la estabilidad financiera. Cada crisis regional se convierte así en un problema sistémico. Y para EEUU, esto implica algo más que una crisis adicional: supone la necesidad de redistribuir atención, capacidades militares y capital diplomático.
Es precisamente en esa redistribución donde otros actores perciben oportunidades. China observa con cautela, pero también con interés. La cuestión de Taiwán no es simplemente un asunto territorial. Es el punto de fricción más delicado en la rivalidad con EEUU. Es, en este entorno, donde China calibra sus movimientos con particular cautela. La cuestión de Taiwán representa el núcleo de su ambición estratégica, pero también el mayor riesgo potencial.
A diferencia de Ucrania, donde el apoyo occidental es indirecto, un conflicto en Asia-Pacífico implicaría una confrontación directa entre grandes potencias. Una intervención militar abierta sería uno de los escenarios más disruptivos para el orden global desde 1945. Sin embargo, la estrategia china no parece orientarse hacia una acción inmediata, sino hacia una acumulación progresiva de ventajas.
En este contexto, la percepción de una posible sobreextensión estadounidense —derivada de su implicación simultánea en Europa y Oriente Medio— puede actuar como incentivo, no necesariamente para una invasión, pero sí para intensificar la presión. Sin embargo, una intervención directa continúa siendo una apuesta de alto riesgo. Las consecuencias económicas, el posible aislamiento internacional y la incertidumbre militar convierten cualquier movimiento abrupto, en una decisión de enormes costes. Esto no significa inacción.
Más plausible es una estrategia gradual: presión constante, demostraciones de fuerza, erosión psicológica y política. Cuando Washington divide su atención entre múltiples crisis, incluso pequeños avances pueden alterar el equilibrio a largo plazo. La tentación no es tanto atacar, sino probar, medir reacciones, identificar límites y explorar zonas grises.
Y Corea del Norte añade una capa adicional de complejidad. Su papel es el de un actor periférico en términos de poder global, que desempeña un papel desestabilizador desproporcionado. Su capacidad nuclear y su imprevisibilidad estratégica le permiten explotar momentos de distracción internacional.
Quizás en la guerra, la incertidumbre es la única certeza. En el caso norcoreano, esta incertidumbre es deliberadamente cultivada como herramienta de presión: pruebas nucleares, lanzamientos de misiles o escaladas retóricas pueden intensificarse precisamente cuando la atención estadounidense está concentrada en otros frentes. No busca desencadenar una guerra total, pero sí maximizar su capacidad de negociación.
El todo es más peligroso que la suma de las partes
En este tablero de ajedrez mundial, la opción más peligrosa no es necesariamente la confrontación directa entre grandes potencias, sino un fallo en las percepciones. La historia demuestra que las guerras más graves no siempre surgen de planes deliberados, sino de percepciones equivocadas. Si algún actor interpreta la implicación de EEUU en múltiples crisis como una señal de debilidad –y no como lo que podría ser, una sobreextensión gestionable–, el riesgo de escalada aumenta considerablemente.
Aquí es donde la noción de policrisis adquiere toda su relevancia analítica. Como sostiene Adam Tooze, el problema no es la existencia de múltiples crisis, sino su interacción: «El todo es más peligroso que la suma de las partes». Cada conflicto no solo añade presión, sino que modifica las condiciones en las que se desarrollan los demás.
Conviene evitar conclusiones simplistas. Sería un error concluir que el sistema internacional se encamina inevitablemente hacia una confrontación mayor. EEUU mantiene una superioridad significativa en múltiples dimensiones. La cuestión no es tanto su capacidad absoluta, sino su capacidad relativa para gestionar la complejidad. El desafío quizás no sea el poder en sí, sino su correcta aplicación en un entorno cambiante.
EEUU sigue siendo la principal potencia global, con capacidades militares, económicas y tecnológicas que superan a las de cualquier rival individual. El problema no es la debilidad absoluta, sino la presión acumulativa. Gestionar simultáneamente Europa, Oriente Medio, Iberoamérica y Asia es muy difícil e introduce fricciones y dilemas estratégicos. De ahí el «desenganche norteamericano» gradual en determinadas zonas.
La verdadera transformación del sistema internacional no radica en la aparición de un bloque cohesionado que desafíe a Washington, sino en algo más difuso: una convergencia de intereses entre actores que, sin coordinarse plenamente, se benefician de un entorno más fragmentado. Rusia, China, Irán, Corea del Norte y otros países no forman una alianza formal equiparable a la de la Guerra Fría, pero comparten un objetivo tácito: limitar el margen de maniobra estadounidense. El patrón emergente no es el de una ofensiva coordinada, sino el de una serie de pruebas simultáneas. Cada actor tantea los límites, explora oportunidades y evalúa respuestas.
El peligro no reside en una única decisión estratégica, sino en la acumulación de múltiples decisiones tácticas y operacionales que, sin estar coordinadas, pueden converger hacia una desestabilización mayor. En ese delicado equilibrio entre percepción y realidad se juega, hoy, el futuro del orden internacional.
Cada crisis actúa como un experimento estratégico, un intento de responder a una misma pregunta desde distintos ángulos: ¿cuánto puede abarcar EEUU, antes de verse obligado a elegir o quizás a renunciar? La respuesta, por ahora, sigue siendo incierta. En un sistema donde múltiples actores tantean los límites al mismo tiempo, el mayor riesgo es la suma de muchas pequeñas decisiones que, en conjunto, empujan al mundo hacia un equilibrio cada vez más inestable.
Futuras situaciones, futuros equilibrios
Imaginemos por un momento, la posible saturación estratégica de EEUU, donde su capacidad de respuesta se erosiona: la guerra en Ucrania continúa sin resolución clara, aunque en algún momento terminará en un armisticio; Oriente Medio entrando en una fase de conflicto con «sus idas y venidas» sin una resolución clara, Iberoamérica en un impasse y China intensificando la presión sobre Taiwán, sin proceder a una invasión.
El resultado no es una derrota estadounidense, sino una sobrecarga operacional en distintos teatros de operaciones. ¿Cuál sería la respuesta de la OTAN, de los aliados de EEUU? ¿Vamos a una «estrategia de zona gris global»? Puede no haber guerras abiertas adicionales, sino una intensificación de acciones indirectas. Rusia incrementa ciberataques y presión en el flanco oriental de la OTAN, China rodea Taiwán con presión militar constante e Irán, aun en su debilidad, continúa protegiendo a sus proxis y firmando un MOU con EEUU para ganar tiempo. Es un mundo sin guerra total, pero con conflictos permanentes de baja intensidad.
Existe una situación más inquietante: uno o varios de los adversarios de Occidente decide o deciden, por oportunismo estratégico, que es el momento más propicio para ir más allá: China impone un bloqueo parcial a Taiwán, Rusia prueba una provocación más directa en los Bálticos, Irán realiza alguna acción realmente grave sobre los países del Golfo Pérsico y Corea del Norte genera una crisis militar regional. Entraríamos en la advertencia clásica de Carl von Clausewitz: «La guerra es el reino de la incertidumbre». El riesgo no es sólo la grave intención inicial, sino la escalada no controlada.
Dada la actual impredecibilidad del liderazgo estadounidense, uno de esos adversarios interpreta mal la reacción de EEUU. Cree que no responderá y se equivoca. Este futuro impredecible recuerda a momentos históricos, donde pequeñas decisiones desencadenaron grandes conflictos. No es una guerra buscada, sino una guerra provocada por una percepción errónea. Pero también existe un escenario más estable, donde EEUU logra priorizar estratégicamente su posicionamiento e intervenciones, reduciendo la exposición en algunos teatros de operaciones, reforzando y no destruyendo sus alianzas clave. Se mantendría el equilibrio sin una escalada mayor.
No veo a China, Rusia, Irán, Corea del Norte y algún otro país actuando como un bloque coordinado. Lo que existe es algo más sutil: una convergencia oportunista de intereses. Cada actor observa, calcula y actúa en función de sus propios intereses. Pero el efecto agregado es el mismo: presión simultánea sobre el sistema liderado por EEUU.
Para finalizar y a modo de conclusión, de Kiev a Taipéi, pasando por Tel Aviv, Riad o Dubái, el mundo no se encamina necesariamente hacia una gran guerra, pero sí hacia algo más complejo: un entorno donde múltiples actores prueban, de forma paralela, los límites del poder estadounidense. La tentación no radica en destruir ese poder, sino en medirlo, tensarlo y, si es posible, erosionarlo sin desencadenar una confrontación directa. Los grandes cambios en el orden internacional no ocurren de golpe, sino gradualmente, hasta que de repente suceden.
El orden internacional no se está rompiendo de golpe; se está desgastando por acumulación. Distintas crisis avanzan al mismo tiempo y obligan a EEUU a demostrar, una y otra vez, hasta dónde alcanza realmente su poder. Rusia, China, Irán, Corea del Norte y otros actores no necesitan actuar como una alianza formal para alterar el equilibrio global. Basta con que presionen en paralelo, midan la respuesta de Washington y exploren sus zonas grises.
El problema no es solo la existencia de múltiples conflictos, sino la posibilidad de que todos ellos transmitan una misma señal: que el poder estadounidense sigue siendo inmenso, pero no ilimitado. La cuestión no es si EEUU puede gestionar múltiples crisis. La pregunta es cuánto tiempo podrá hacerlo, sin que alguien decida que ha llegado el momento de ir un paso más allá. Y en ese margen estrecho e incierto, nos jugamos el equilibrio del siglo XXI.
Carlos de Antonio Alcázar es analista del Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria.
