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Por qué la izquierda es moralmente inferior

Miguel Ángel Quintana Paz

Foto: DYLAN MARTINEZ
Reuters

Es probable que si usted ha convivido con personas políticamente “de izquierdas” haya notado que suelen sentirse moralmente superiores a las demás. Hay también, naturalmente, gente de derechas que adolece de ese mismo hábito: aunque mi impresión, y la de Nietzsche, es que son cada vez menos. En un reciente artículo publicado en otro medio (Ctxt) su autor, Ignacio Sánchez-Cuenca, coincide conmigo en la idea de que los que más se prodigan en sentir superioridad moral sobre los demás son los izquierdistas. Lo curioso de Sánchez-Cuenca es que él mismo se adscribe a la izquierda. ¿Por qué entonces no le cuesta reconocer que él y los suyos sienten superioridad moral? Sencillo: porque cree que ese sentimiento de superioridad moral está plenamente justificado. Dicho con sus propias palabras: “las personas de izquierdas tiene (sic) una mayor sensibilidad hacia las injusticias que las personas de derechas y por eso desarrollan un sentimiento de superioridad moral”.

La columna de Sánchez-Cuenca está poco argumentada: es solo un esbozo de lo que este autor espera, en textos ulteriores, desarrollarnos. Ahora bien, mi impresión es que ese artículo (y los que puedan subseguir) parten de una base errónea. En realidad, la explicación de que la izquierda se sienta moralmente superior no es que, de hecho, sea moralmente superior. Por el contrario, creo que la izquierda se siente moralmente superior porque, en realidad, es moralmente inferior. Es más, sostengo que existen argumentos académicos para apoyar esta tesis: opino que, dado nuestro grado de conocimientos sobre psicología actuales, lo más razonable es concluir que la izquierda está lejos de ser moralmente superior.

Sánchez-Cuenca, y otros muchos izquierdistas, dan por supuesto que la gente de izquierdas es “más exigente” con la justicia y, por ello, “sus ideas son moralmente superiores a las de la derecha” (le cito de nuevo). Pero no proporcionan ningún argumento que apoye esta superioridad, más que la propia convicción de los izquierdistas de su propia superioridad moral y de su inmensa “preocupación por la justicia”. Es como si admitiésemos que un tipo que se cree Vladímir Lenin es ya, solo por ello, Lenin; y que, como le preocupa mucho tomar el Palacio de Invierno, ya solo por eso ha tomado el Palacio de Invierno. Mi posición, por el contrario, es que sí existen argumentos (ni de izquierdas ni de derechas, sino intelectuales) que nos permiten distinguir cuál de esas dos tendencias ideológicas es éticamente mejor. Y que, cuando conocemos esos argumentos académicos, la conclusión razonable es admitir que la derecha tiene una posición moral más rica, más interesante y, por lo tanto, preferible a la de la izquierda.

Estoy hablando todo el rato de “mi posición” pero eso no significa, naturalmente, que sea yo el que haya descubierto los argumentos que voy a defender. (De hecho, no creo haber descubierto solito ninguna de las ideas que poseo). Hablo de “mi posición” como una abreviatura de “la posición que voy a mostrar en este artículo”. Sus orígenes están en los descubrimientos que durante estos últimos años han venido testándose en el área de la psicología moral. En este sentido, es meritoria la labor realizada por Jonathan Haidt y su equipo, y que ya describí hace algún tiempo en este otro artículo. Resumiré brevemente su contenido, para no repetirme: lo que estos investigadores han descubierto es que las personas de izquierdas son muy capaces de detectar (y de condenar éticamente) situaciones en que se hace daño a otras personas o situaciones en que se oprime a otras personas. En esto creo que estaría de acuerdo Sánchez-Cuenca.

Ahora bien, ¿hace esto a las personas de izquierdas más perceptivas en asuntos éticos que las de derechas? Lo cierto es que no, pues lo que estos investigadores están mostrando es que los individuos de derechas se desempeñan igual de bien que los de izquierdas al detectar (y reprobar) situaciones en que se causa daño u opresión a los demás. Lo que pasa es que las personas de derechas, además de ver esos dos factores morales, son también capaces de detectar otros que pasan más desapercibidos para los izquierdistas. Así, una persona de derechas se dará cuenta de que en muchos casos hay que tener también en cuenta cosas como si se está engañando a alguien con quien deberías ser justo. O si se está traicionando a alguien a quien deberías lealtad. O si se están respetando la autoridad debida. O si se está cayendo en algo que nos degrada como personas. En otras palabras: la gente de izquierdas cree que la moralidad se reduce a dos asuntos (no oprimir y no hacer daño), pero la de derechas, asumiendo también esos dos aspectos, incorpora otros cuatro “fundamentos morales” (como los llama Haidt) que acabo de citar.

Como los izquierdistas no ven esos otros cuatro factores morales (o los ven más borrosos), llegan a la conclusión de que no existe más que lo que ellos ven y se creen superiores pues ellos, esos dos aspectos, los ven muy bien. Pero es su propia ceguera moral lo único que los conduce a creerse moralmente mejores.

Esta teoría parece que se está corroborando bastante bien en los experimentos que sobre ella hacen los psicólogos morales. Ahora bien, aquí podemos ir un paso más allá y preguntarnos: ¿implica esta teoría que la gente de derechas tenga una moralidad preferible a la de izquierdas? ¿No muestra, simplemente, que ambas tienen formas de pensar distintas, que ambas tienen en cuenta factores distintos al analizar una situación? (Algo que ya sabíamos desde el principio, por cierto: que la gente de derechas e izquierdas opina distinto sobre un montón de cosas).

Creo que sí cabe extraer de estos datos que he citado la conclusión de que la posición moral de la derecha es preferible a la de la izquierda. En el fondo, lo que Haidt y otros nos están mostrando es que la gente de derechas es capaz de percibir más cosas (en moralidad) que la de izquierda. Y, normalmente, ser más perceptivo es preferible a ser menos perceptivo. Es preferible que una persona utilice el sentido de la vista y del olfato a que utilice solo el del olfato; y si en vez de solo el olfato es además capaz de utilizar otros cuatro sentidos (vista, oído, gusto o tacto), sin duda ello es preferible a limitarse solo a uno o solo a dos. O, por poner otro ejemplo, siempre consideramos preferible que una persona posea un ángulo de visión amplio (en el ser humano puede llegar a los 180 grados) en vez de que, por la carencia que sea, solo sea capaz de captar 60 o 40 grados de visión.

Por este motivo, que las personas de derechas sean capaces de captar muchos más matices en las situaciones morales es una ventaja indudable que poseen con respecto a los que, debido a su izquierdismo, limitan su ángulo de visión a no hacer daño o a no oprimir. Naturalmente, esto no significa que todas las personas de derechas sean moralmente superiores a todas las de izquierdas: aunque un amigo mío tenga el sentido de la visión intacto y yo sin embargo sea bastante miope, eso no significa que él no pueda sufrir en un momento dado una ilusión óptica o ver un espejismo (y yo no). Solo significa que, en general, será más fiable él que yo (sobre todo si yo no llevo mis lentillas correctoras de mis docenas de dioptrías puestas). Y significa que, en términos de vista general, él es más agudo que yo, su visión es superior a la mía. Y haré bien en dejarme aconsejar por él si no veo algo claro.

Del mismo modo, las personas de derechas pueden portarse en ciertos momentos peor que las de izquierdas: pueden, sin duda, no hacer caso a su visión ética y portarse, nítidamente, como meros truhanes. Pero, en general, un análisis ético de una persona de derechas incorporará más factores y será, por ello, más rico que un análisis izquierdista. Y, por tanto, será preferible.

Esto no significa que las personas de derechas deban irse pavoneando por ahí de su superioridad moral. De hecho, como han notado casi todas las grandes figuras morales de la historia, blasonar de tu superioridad moral es ya una forma de empezar a perderla. (Esto, curiosamente, no lo han percibido izquierdistas como Sánchez-Cuenca, que nos narran a los demás cuán moralmente superiores se sienten, sin darse cuenta de que justo eso ya les quita lustre moral). Lo que esto sí significa es que las personas que tengan una visión más amplia de la moral, porque no son de izquierdas, deberán esforzarse por ser magnánimos (que es otra importante virtud ética) y tratar de hacer ver a esas otras personas más miopes, las izquierdistas, que la moral incluye más factores de los que ellas creen. Reconozco que a veces este trabajo de intentar mostrar a quien no ve algo que ese algo está ahí y es importante es una tarea hercúlea. Pero Hércules, precisamente, se puso a menudo en la tradición clásica como modelo de buena visión moral. Es decir: Hércules, seguramente, no era de izquierdas.

Pues mira que aquel 1967...

Víctor de la Serna

Con esto de las elecciones del 77 hemos tenido estos días en los periódicos una racioncilla de recuerdos de hace 40 años, y yo mismo he rebuscado en algunos de ellos y los he publicado aquí. Puesto ya a la nostalgia, ansiando hallar en ella algo de solaz y también alguna clave del monumental caos en el que angustiadamente nos encontramos hoy -y como he cumplido ya demasiados años- me deslizo traicioneramente y sin apenas intentarlo hasta otra efeméride aún más redonda. Medio siglo: mi verano de 1967. O, lo que es lo mismo, lo que fue conocer en un instante las experiencias del inmigrante indeseado, del europeo integrado y esperanzado y del descubridor de remotas culturas culinarias. Pensándolo bien, cada una de ellas tiene algo que ver con el resto de mi vida…

Terminaba yo Segundo de Derecho en la Complutense, la dictadura seguía en pie y sin haber sufrido aún los embates de ETA, y yo salía cada vez que podía de aquel país nuestro, estrecho y pacato. Me apunté al curso de verano de la Academia de Derecho Internacional de La Haya, aun a sabiendas de que sólo me darían un papelito como asistente pero que no podría optar a sacar el diploma oficial, ya que éste era para graduados. Pero, todavía indeciso entre la diplomacia y el periodismo, me lancé con mucho entusiasmo a ello.

La cosa pudo terminar antes de empezar, y es que en 1967 los españoles no es que fuésemos como los pobres refugiados sirios de hoy, pero sí lo más parecido a los rumanos o los marroquíes o los ecuatorianos que hoy buscan una vida mejor en la próspera Unión Europea. No nos vendría mal recordarlo alguna vez.

A partir de 1960 los españoles nos habíamos lanzado a la emigración, en una oleada sin parangón desde el exilio de 1939, y esta vez hacia Europa, no hacia América. En las fronteras no éramos bien recibidos si no presentábamos contratos de trabajo, y en el aeropuerto de Schiphol pasé media hora bastante desagradable bajo la mirada hosca de un poli holandés que no acababa de creerse las explicaciones de un chaval español que decía algo tan raro como que iba a estudiar Derecho Internacional. Tras presentar el papel de la Academia y la dirección de mi pensión, y mostrar los pocos florines que llevaba en el bolsillo, por fin conseguí que me sellara el pasaporte tras enseñar el único documento que de verdad le interesaba: mi billete de vuelta para el mes siguiente.

En La Haya aprendí más en la calle, tomando cafés o cervezas con los compañeros, o visitando la maravillosa Mauritshuis para reencontrarme con el inigualable Vermeer y descubrir esa chica de la perla y esa vista de Delft, que en unas clases muy por encima de mi nivel académico primerizo. Sí que me esforcé con los conflictos entre Bolivia y Chile o con la caza de criminales de la II Guerra Mundial, pero todo eso era de Primera División y yo daba el nivel de alevín, y gracias. La mayoría de los alumnos eran mayores, ya con la licenciatura en el bolsillo, e incluso me susurraron, señalando a una menuda chica española: “Tiene 27 años y ya es doctora. Se llama Elisa Pérez Vera”. Nunca más nos hemos vuelto a encontrar, pero estoy bien enterado, como todos, de su distinguida carrera posterior, que incluye unos años en el Tribunal Constitucional.

Pese a mi insuficiencia académica, fue un buen verano, rodeado de chicos y chicas llegados de países más libres que el mío y a los que no me cansaba de hacer preguntas, porque ya estaba convencido de que pronto íbamos a dejar de ser los parientes pobres de la Europa democrática y había que empezar a ponerse las pilas.

Y, miren por donde, en ese país supuestamente tan poco gastronómico como es Holanda empecé yo a descubrir mi otra vocación: aquel delicioso arenque fresco, el ‘groene haring’, que te vendían los de los carritos al borde de la playa de Scheveningen y te tomabas de un bocado con una cañita de cerveza, y aquella revelación asiática, la noche en que los tres compañeros de piso quisimos invitar a nuestra encantadora casera, una viuda muy mayor que soñaba con cenar en el Garoeda, el clásico restaurante indonesio de la Lange Voorhout. (La Haya fue, tras la independencia de su colonia asiática en 1956, el lugar de refugio de gran parte de la burguesía de Yakarta que optó por el exilio).

Aquella noche, justo antes de regresar a Madrid, ante los innumerables platillos de una ‘rijsttafel’ o ‘mesa de arroz’ -que es lo que nosotros llamaríamos ‘menú de degustación’-, entre ‘nasi goreng’ y ‘bami goreng’, disfrutando hasta de los picantes algo salvajes de alguno de ellos, me preguntaba yo si sabría explicar esas sensaciones inéditas a los amigos. Tardé unos años, pero no mucho más tarde ya reseñaba yo mis cenas y almuerzos en letra de molde.

Quizá, sin saberlo, empezaba yo ese verano de 1967 más cerca de la diplomacia y lo acababa girando hacia el periodismo…

Los escandalizaditos

Miguel Ángel Quintana Paz

Contaba el filósofo Leszek Kołakowski un chiste que luego Fernando Savater ha retomado en alguna de sus obras, acaso porque sea una broma especialmente exitosa entre filósofos. Versa así: una anciana solterona, de mentalidad escrupulosamente puritana, telefonea un día, alarmada, a su policía local. “Agentes, hay unos jóvenes bañándose en el arroyo que corre al lado de mi casa, ¡y están desnudos! ¿No podrían hacer algo contra semejante escándalo?”. Los policías acuden hasta el lugar de los hechos, explican a los mozalbetes el problema y estos, muy comprensivos, se desplazan corriente arriba a un paraje más despoblado, donde su desnudez no pueda escandalizar. Sin embargo, a los pocos minutos la comisaría recibe una nueva llamada de la misma señora: “Agentes, ¡desde mi casa se sigue viendo a los impúdicos jovenzuelos esos! ¡Incluso se pueden oír a veces sus lujuriosos gritos! ¿No les habían advertido bien al respecto?”. De nuevo un coche de policía se traslada hasta donde los inocentes muchachos chapotean y ríen, inconscientes del marasmo en que están sumiendo a una respetable mujer. Como son buenos chicos, no tienen problema en volver a desplazar su lugar de juegos, esta vez varias millas arriba por el refrescante arroyuelo. Pero, unos instantes más tarde, la policía local vuelve a recibir una llamada de nuestra querida amiga: “Agentes, me temo que he de molestarles de nuevo por el mismo asunto. Y es que, si me subo a la azotea de mi casa y utilizo unos prismáticos, ¡sigo viendo a esos indecentes!”.

Aunque imaginamos a la escandalizada dama de chiste como vestigio de un remoto pasado, nada podría llamarnos más a engaño. Si el lector recapacita un momento sobre ello, probablemente notará que vivimos en una sociedad donde proliferan quienes se sienten escandalizaditos constantemente por todo tipo de asuntos, asuntos que hubieran parecido intrascendentes a nuestros ancestros.

Un caso curioso se produjo hace unos años, cuando a los miembros de selección olímpica española de baloncesto en Pekín 2008 se les ocurrió acabar cierto spot publicitario con una broma: estiraron con los dedos sus ojos para que estos adoptaran una forma rasgada y,  por tanto, aludieran al tipo de ojos que suelen tener los habitantes del que sería su país anfitrión. Puede recordar el lector el resultado de tal chaza en este enlace. Y quizá también recuerde el escándalo que se produjo entonces entre la prensa anglosajona: periódicos respetables como The New York Times, The Guardian o Los Angeles Times acusaron a los jugadores españoles de un sañudo racismo antichino. ¿Tenían razón estos medios de lengua inglesa, o simplemente se adentraron así en el campo de los escandalizaditos? La respuesta no pudo ser más concluyente: cuando a alguien, por fin, se le ocurrió preguntar a los propios periodistas chinos o a la federación china qué opinaban de toda esta vicisitud, su respuesta vino a ser que les parecía un gesto muy divertido de unos cuantos españolitos y que, en modo alguno, veían ofensa ahí. Los anglosajones esta vez, al intentar ofenderse en el nombre de otros, habían desatinado.

Debemos, pues, distinguir entre el ofendidito, que ya examinamos en otra ocasión, y el escandalizadito: el primero se ofende por cosas que presuntamente le atañen; el escandalizadito, en cambio, ha ascendido a nivel PRO y consigue ofenderse por cosas que ni siquiera le conciernen realmente. A veces se escandaliza por cosas que hipotéticamente ofenden a otros (como los sesudos periodistas de The New York Times), a veces por cosas que ofenden “la moral” o “la corrección” o “la bondad” (como algunas solteronas que viven junto a arroyuelos).

Esto nos puede llevar a sospechar que un escandalizadito en realidad extrae algún tipo de satisfacción en su escándalo, al igual, de nuevo, de lo que intuimos que le pasaba a nuestra vieja amiga célibe. Aunque, precisamente porque dice estar escandalizado, nos pretende convencer de todo lo contrario, de que tal escándalo le provoca angustias insufribles. Por consiguiente, un escandalizadito es, ante todo, un embustero. Que quizá ha empezado por mentirse a sí mismo (no puede aceptar que contemplar unos cuerpos lozanos en flor no le provocan escándalo, sino otra cosa; o que comprobar el afable humor con que se tratan entre sí chinos y españoles tampoco le provoca escándalo, sino acaso envidia).

Nada de esto implica que escandalizarse por lo que acaece en el mundo sea siempre erróneo o hipócrita. Nuestros afanes y nuestros días están repletos de cosas que bien merecen nuestra denuncia ética o nuestro pasmo moral. Lo que ocurre, simplemente, es que hemos de diferenciar entre aquellas cosas que sí que merecen nuestro justo repudio y aquellas otras que, al modo de ancianas señoras con prismáticos en la azotea, no son más que alimento para escandalizaditas. Presentemos entonces algunas pistas, pues, para distinguir al escandalizadito y no confundirlo con alguien que simplemente denuncia algo malo con buenas razones.

1)      En primer lugar, reconocerás a un escandalizadito porque no desea explicar o argumentar el motivo de su “escándalo”: prefiere dedicarse a otras actividades, como rasgarse las vestiduras, grititar condenas (copio el verbo a García Máiquez) o, en los casos más virulentos, agredir incluso a quien haya osado llevarles la contraria. En este sentido, reconoceré que adolezco del hobby de asistir a cursos sobre feminismo radical y, trascurridos unos minutos, plantear a la ponente algún dato científico que desmonte diez o doce cosas de las que lleva dichas. Su reacción, escandalizadita, suele ser la de acusarme de machismo a mí y a la autora del estudio científico, hacer alguna alusión a Donald Trump y dejar el dato mondo y lirondo sin refutar. Lo cual, naturalmente, es muy ilustrativo para aquellos a los que nos importan los datos y no los exabruptos de señoras.

2)      Un segundo rasgo por el que reconocerás al escandalizadito es su tendencia a preocuparse por lo que les sucede a personas de tierras lejanas y exóticos rincones, mientras que le embarga mucha menor emoción cuando de ponerse manos a la obra con alguien cercano se trata. Aunque ya hemos hablado aquí de ello, no me resisto a volver a recordar el dato: un 62 % de los españoles afirma que acogería gustoso a un refugiado sirio en su casa, y muchos de ellos se muestran escandalizados porque el Estado español aún no ha recibido a cuantos se comprometió a alojar. Ahora bien, la encuesta se hizo mientras esos refugiados están aún en Siria, o en Alemania. Será interesante comparar esa cifra de 62 %, y esos escándalos, con la cifra real de domicilios que se ofrezcan a las primeras decenas de miles de refugiados que pisen nuestro suelo. De hecho, hace unos años, cierta cadena televisiva hizo ya un miniexperimento social muy divertido: una presunta ONG pedía en la calle firmas para alojar a los sintecho. Todos los transeúntes a los que se les solicitaba firmaban encantados. Unos metros después, otra miembro de esa ONG, acompañada de un presunto sintecho, pedía a esos firmantes alojo para él en sus domicilios. Todos rehusaron. Con una excusa unánime: “Es que vivo con mi familia en casa”. Lo cual arroja la conclusión de que todos los españoles somos muy generosos, pero todas nuestras familias son despiadadas.

3)      La tercera característica que te permitirá reconocer a un escandalizadito es que no es feliz. Hay que tener una vida triste para ir a buscar placer en el escándalo, en vez de en todas las cosas buenas que hoy pululan por la Tierra. Naturalmente, un escandalizadito negará la premisa mayor de este razonamiento, y berreará que vivimos en uno de los momentos históricos más depauperados, con peores expectativas para los pobres y con menos paz. Le suele sentar mal que los datos digan lo contrario. Y por ello, si empiezas a aducírselos, suele acallarte con el chasquido de su túnica rasgada.

4)      Una cuarta señal de que te encuentras ante un escandalizadito es la siguiente: el escandalizadito a menudo gana dinero gracias a su es-cán-da-lo, es un escándalo.

Por último, cabe plantearse: ¿cómo hemos de reaccionar ante un escandalizadito? Ante todo, evitemos caer en su mismo error: lo suyo es contagioso, y sería paradójico que nos escandalizásemos demasiado por la existencia de seres de su jaez. En este sentido resulta ejemplar la actitud de los muchachos de la historia con que hemos empezado: ante una escandalizadita, recoge tus aperos y vete a seguir jugando con tus amigos río arriba. En cueros, por supuesto.

Los hombres maravillosos

David Lopez

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Algunos filósofos e historiadores rodean de prodigios la cuna de la soberanía. Presentan a fundadores como Moisés, Licurgo, Numa, Mahoma o Carlomagno investidos de un poder extraordinario y bajo un ascendiente divino; todos ellos son genios inspirados y hombres portentosos; tal es la condición, nos dicen, para reconocer al verdadero conductor de pueblos, lo cual explica la dificultad en la que nos hallamos a la hora de reputar como tal a un Mas, a un Puigdemont o a un Junqueras.

Es rasgo de nuestro tiempo que los legisladores sean reemplazados por funcionarios y por agitadores electorales desprovistos de fatalidad. Seríamos sus cómplices, no obstante, si su ardor fuera verdadero, si tuvieran un destino y corrieran hacia él en pos del martirio, pero no tienen ni siquiera la excusa de ser destructores genuinos; en la economía de cada uno de sus gestos está implícita la necesidad de la fuerza para consumar sus designios, pero carecen de la osadía y del vigor necesarios; de hecho, al querer darle una pátina de legalidad a lo que sólo puede ser disruptivo y violento, los nacionalistas le hacen el juego a su adversario y acaban enredándose en sus argumentos, en sus razones legales, en un toma y daca ocioso, en una querella dialéctica sobre posiciones perdidas de antemano; así, cuando los nacionalistas cifran sus aspiraciones en el derecho a la autodeterminación y en la soberanía, los constitucionalistas les recuerdan que la existencia del Estado nacional impide que se pueda ejercer la autodeterminación de una parte de su territorio; cuando los constitucionalistas alegan que no hay nacionalidades, sino caracteres nacionales, que cada parte está obligada a mantener el Estado tal cual es, pues sus principios constituyentes se penetran, los nacionalistas responden que las mismas leyes no convienen a pueblos distintos, que Cataluña y España ni tienen alma general ni unidad moral y que no se puede hablar de pacto desde el momento en el que existen muchos principios nacionales en el mismo territorio; y sentencian que no quieren tener la nación invadida por un usurpador empeñado en pasar por ley lo que es desafuero o injusticia. Conforme con estos extremos, Puigdemont insiste, por su parte, en que no hay una voluntad explícita de vivir juntos bajo un mismo gobierno en el presente, y tiene la ambición de darle independencia jurídica a Cataluña; Puigdemont cree que una Cámara territorial como el Parlament puede decretar por mayoría de votos que un pueblo no tenga tal Estado, sino tal otro; no sin engaño, confía en la eficacia de una Cámara cuya legitimidad limitada viene prescrita por el poder que la Constitución española le otorga, una Constitución que hace que el propio Puigdemont sea actualmente un gobernante de derecho y no de hecho.

La obra instituyente que impulsa el President es puramente humana, huérfana de milagros y de esas personalidades pasmosas que describen los historiadores y los filósofos de antaño en torno a la fundación de los pueblos; como todas las cosas humanas, está plagada de defectos y de insuficiencias, pero posee una gran capacidad movilizadora y el potencial de suscitar choques violentos; por ello, sólo cabe anhelar esa prudencia que aconseja no alimentar ansias y pasiones, y, a falta de prohombres, conformarse con una mano habilidosa.

Las guerra de las espartanas

Teodoro León Gross

Foto: Darren Whiteside
Reuters

Días atrás resultó bastante ridículo oír algunas voces invitando a rasgarse colectivamente las vestiduras al ver que las espartanas de Coca-Cola, tras años de conflicto laboral, habían logrado captar la atención de la gente sólo al desnudarse en Interviú. Almas de cántaro, pero si esa es una lección de 1º de Sociedad del Espectáculo. No hay que ponerse estupendos con las lecturas pedagógicas; sencillamente las espartanas se han desnudado a sabiendas de que era un método directo para ser trending topic y poder mostrar su larga batalla en las Termópilas de los tribunales. De hecho, no se han cuestionado sus motivos: “Seis mujeres de trabajadores de Coca-Cola son portada de ‘Interviú’ para reclamar los derechos laborales que sus maridos ganaron en los tribunales”.

Claro que es más fácil prestar atención a las espartanas por ese posado que por el tortuoso conflicto laboral. Y sobre todo con un periodismo que compite cada vez más en el negocio del entretenimiento, como ayer enarbolaba Eli Pariser, fundador de Upworthy, sitio de viralización. Desnudarse conserva un plus de noticiabilidad aunque carezca de novedad –ya no queda gremio por despelotarse en un calendario, desde estudiantes o deportistas de todas las disciplinas a octogenarias entusiastas– y las espartanas han aprendido cómo va esto, porque desde hace tres años el mayor hit mediático del conflicto ha sido el desliz hipocritilla de Espinar. En realidad no hay noticia que resista tres años, y menos un embrollo judicial que se dirime de instancia en instancia, de recurso en recurso. Hay que ser creativos y provocadores.

Esas mujeres saben que no es fácil identificarse con un conflicto judicial lleno de tecnicismos, pero que es fácil simpatizar con ellas, por su tenacidad y porque es un duelo demasiado desigual. Coca-Cola, bajo la lógica de Goliat, con recursos de sobra para doblegar a los trabajadores de la planta de Fuenlabrada, ha convertido esto en una cuestión de autoridad. Marcos de Quinto incluso se reunió con tres ministros para aquel ERE que pelearon hasta el Tribunal Supremo y perdieron; por eso, al aplicar la sentencia, castigaron a los demandantes recolocándolos con su salario pero en definitiva poniéndolos a pasar botellas vacías a cajas. Ahora un juzgado de lo social les da la razón en eso, y habrá más recursos. En definitiva la batalla jurídica es larga y tediosa; en cambio, funciona bien el relato de ‘las espartanas desnudas por sus derechos’.

Claro que siempre habrá quien vea un cierto cinismo en llevar la batalla laboral a un posado en la portada en Interviú. Pero ‘en el amor y en la guerra todo vale’… sobre todo cuando se pelea en desventaja. Por demás entre la lógica mártir, como esas heroínas de La Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine, o desnudarse, la elección parece fácil: mejor posar como guerreras semidesnudas o de pin-up de la marca. Eso sí, el riesgo de usar los resortes de ‘la sociedad del espectáculo’ es que se pueden sufrir las consecuencias de la ‘sociedad del espectáculo’: desnudarse para defender unos derechos laborales, y que se vean sólo unas señoras desnudas.

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